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martes, 3 de agosto de 2010

Eclipse: Capítulo 13 Neófito!!!

NEÓFITO



—Lo mismo que te ocurrió a ti en la mano —contestó Jasper con voz serena—, sólo que mil veces más —soltó una risotada amarga y se frotó el brazo—. La ponzoña de vampiro es lo único capaz de dejar cicatrices como las mías.

—¿Por qué? —jadeé horrorizada.
Me sentía grosera, pero era incapaz de apartar la mirada de su piel, de un aspecto tan sutil y a la vez tan devastador.

—Yo no he tenido la misma... crianza que mis hermanos de adopción. Mis comienzos fueron completamente distintos —su voz se tornó dura cuando terminó de hablar. Me quedé boquiabierta, apabullada—. Antes de que te cuente mi historia —continuó Jasper—, debes entender que hay lugares en nuestro mundo, Bella, donde el ciclo vital de los que nunca envejecen se cuenta por semanas, y no por siglos.

Los otros ya habían oído antes la historia, por lo que se desentendieron de la misma. Carlisle y Emmett centraron su atención en la televisión. Alice se movió con sigilo para sentarse a los pies de Esme.

Edward permaneció tan absorto como yo; sólo que podía sentir el escrutinio de sus ojos en mi rostro, leyendo cada estremecimiento provocado por la emoción.

—Si quieres entender la razón, has de cambiar tu concepción del mundo e imaginarlo desde la óptica de los poderosos, de los voraces... o de aquellos cuya sed jamás se sacia.

Eclipse: Capítulo 12 Tiempo!!!


TIEMPO











—He visto... —Alice comenzó en tono ominoso. Edward le dio un codazo en las costillas que ella esquivó limpiamente.

—Vale —refunfuñó—. Es Edward el que quiere que lo haga, pero intuyo que te encontrarás en más dificultades si soy yo quien te da la sorpresa.

Caminábamos hacia el coche después de clase y yo no tenía la menor idea de a qué se refería.

—¿Y por qué no me lo dices en cristiano? —requerí.
—No te comportes como una niña. Sin rabietas, ¿eh?
—Creo que me estás asustando.
—Tú..., bueno, todos nosotros, vamos a tener una fiesta de graduación. Nada del otro mundo ni que deba preocuparte lo más mínimo, pero he visto que te iba a dar un ataque si intentaba hacer una fiesta sorpresa —ella bailoteó de un lado a otro mientras Edward intentaba atraparla para despeinarla—. Y Edward ha dicho que te lo debía decir, pero no será nada, te lo prometo.

Suspiré profundamente.

—¿Serviría de algo que intentara discutir?
—En absoluto.
—De acuerdo, Alice. Iré, y odiaré cada minuto que esté allí, lo prometo.
—¡Así me gusta! A propósito, a mí me encanta mi regalo. No debías haberte molestado.
—¡Alice, pero si no lo tengo!
—Oh, ya lo sé, pero lo tendrás.



viernes, 30 de julio de 2010

Eclipse: Capítulo 11 Leyendas!!!

—¿Te vas a comer ese perrito caliente? —le preguntó Paul a Jacob, con los ojos fijos en el último bocado de la gran pila de alimentos que habían engullido los lobos.

El interpelado se echó hacia atrás, apoyó la espalda en mis rodillas y jugueteó con el perrito ensartado en un gancho de alambre estirado. Las llamas del borde de la hoguera lamían la piel cubierta de ampollas de la salchicha. Lanzó un suspiro y se palmeó el estómago. Yo no sabía cómo aún parecía plano, pues había perdido la cuenta de los perritos calientes devorados a partir del décimo, y eso sin mencionar la bolsa extra grande de patatas ni la botella de dos litros de cerveza sin alcohol.

—Supongo —contestó Jacob perezosamente—; tengo el estómago tan lleno que estoy a punto de vomitar, pero creo que podré tragármelo —suspiró otra vez con tristeza—. Sin embargo, no lo voy a disfrutar.

A pesar de que Paul había comido tanto como Jacob, le fulminó con la mirada y apretó los puños.
—Tranqui —Jacob rió—. Era broma, Paul. Allá va.
Lanzó el pincho casero a través del círculo de la fogata. Yo esperé que el perrito aterrizara primero en la arena, pero Paul lo cogió con suma destreza por el lado correcto sin dificultad alguna.

Iba a acomplejarme como siguiera saliendo sólo con gente tan hábil y diestra.

—Gracias, tío —repuso Paul, a quien ya se le había pasado su amago de ataque de genio.

El fuego chasqueó y la leña se hundió un poco más sobre la arena. Las chispas saltaron en una repentina explosión de brillante color naranja contra el cielo oscuro. Qué cosa más divertida, no me había dado cuenta de que se había puesto el sol. Me pregunté por primera vez si no se me estaría haciendo demasiado tarde. Habia perdido la noción del tiempo por completo.

Eclipse: Capítulo 10 El Olor!!!

Todo era de lo más infantil. ¿Por qué demonios se había dejado Edward convencer por Jacob para que viniera hasta casa? ¿No estábamos ya un poco creciditos para esa clase de niñerías?

—No es que sienta ningún tipo de antagonismo hacia él, Bella, es que de este modo resulta más sencillo para los dos —me dijo Edward en la puerta—. Yo permaneceré cerca y tú estarás a salvo.

—No es eso lo que me preocupa.

El sonrió y un brillo picaro se abrió paso en sus ojos. Me abrazó con fuerza y enterró el rostro en mi cabello. Sentí cómo su aliento frío se extendía por los mechones de mi pelo cuando exhaló el aire; la piel del cuello se me puso de gallina.

—Regresaré pronto —me aseguró.

A continuación, se echó a reír en voz alta como si le hubiera contado un buen chiste.
—¿Qué es tan divertido?

Pero él se limitó a sonreír y corrió hacia los árboles sin responderme.
Me dirigí a limpiar la cocina sin dejar de refunfuñar para mis adentros, pero el timbre de la puerta sonó incluso antes de que hubiera llenado de agua el fregadero. Resultaba difícil acostumbrarse a lo deprisa que llegaba Jacob sin su coche, y a que todo el mundo se moviera mucho más rápido que yo...

—¡Entra, Jake! —grité.

Estaba tan concentrada apilando los platos en el agua jabonosa Que se me había olvidado que Jacob solía moverse con el sigilo de un fantasma. Me llevé un buen susto cuando de pronto oí su voz a mis espaldas.

—¿Es necesario que dejes la puerta abierta de ese modo? —debido al sobresalto, me manché con el agua del fregadero—. Oh, lo siento.

—No me preocupa la gente a la que puede detener una puerta cerrada —le contesté mientras me secaba la parte delantera de la falda con el trapo de la cocina.

—Apúntate una —asintió. Me volví para mirarle con un cierto aire crítico.

—¿Es que te resulta imposible ponerte ropa, Jacob? —inquirí. Una vez más Jacob llevaba el pecho desnudo y no vestía más que unos viejos vaqueros cortados. En lo más profundo me preguntaba si no era porque se sentía tan orgulloso de sus nuevos músculos que no podía soportar cubrirlos. Tenía que admitir que eran impresionantes, pero nunca pensé que él fuera tan vanidoso—. Quiero decir, ya sé que no te vas a enfriar, pero aun así...

Se pasó la mano por el pelo mojado, que le caía sobre los ojos.

Eclipse: Capítulo 9 Objetivo!!!


OBJETIVO



Alice me dejó en casa a la mañana siguiente para seguir con la farsa de la fiesta de pijamas. No iba a pasar mucho tiempo antes de que apareciera Edward, que oficialmente regresaba de su excursión. Empezaba a estar hasta el gorro de tantos fingimientos. No iba a echar de menos aquella parte de mi vida humana.

Charlie echó un vistazo a través de la ventana de la fachada cuando me oyó cerrar con fuerza la puerta del coche. Saludó con los brazos a Alice y luego se dirigió a la entrada para recibirme.
—¿Te has divertido? —inquirió mi padre.

—Sí, ha estado bien, ha sido... muy de chicas. Metí mis cosas dentro de la casa y las dejé todas al pie de la escalera para dirigirme a la cocina en busca de un tentempié.
—Tienes un mensaje —me avisó Charlie, detrás de mí.

El bloc de notas del teléfono estaba sobre la encimera de la cocina, apoyado en una cacerola a fin de que se viera fácilmente.

«Te ha telefoneado Jacob», había escrito Charlie.

Me contó que no pretendía decir lo que dijo y que lo lamentaba mucho. Quiere que le llames. Sé amable y dale un respiro. Parecía alterado.

Hice un mohín. Era infrecuente que mi padre expresara su opinión acerca de mis mensajes.
Jacob podía estar agitado, pero saldría adelante. No quería hablar con él. Lo último que había sabido es que las llamadas del otro lado no eran bien recibidas. Si Jacob me quería muerta, sería mejor que se fuera acostumbrando al silencio.

Perdí el apetito, di media vuelta y me fui a guardar mis bártulos.
—¿No vas a llamar a Jacob? —inquinó Charlie, que me observaba recogerlos apoyado en la pared del cuarto de estar.
—No.
Empecé a subir las escaleras.
—Esa no es forma de comportarse, Bella —me sermoneó—. El perdón es sagrado.
—Métete en tus asuntos —murmuré lo bastante bajo para que no pudiera oírme.

jueves, 29 de julio de 2010

Eclipse: Capítulo 8 Genio!!!

GENIO




Terminamos yendo una vez más a la playa, donde vagabundeamos sin rumbo fijo. Jacob no cabía en sí de satisfacción por haber urdido mi fuga.
—¿Crees que vendrán a buscarte? —preguntó. Parecía esperanzado.
—No —estaba segura de eso—. Aunque esta noche se van a poner como fieras.
El eligió una piedra y la lanzó. El canto rebotó sobre la cresta de las olas.

—En ese caso no regreses —sugirió de nuevo.
—A Charlie le encantaría —repuse con sarcasmo.
—Apuesto a que no le importaría.

No contesté. Lo más probable es que Jacob estuviera en lo cierto y eso me hizo apretar los dientes con rabia. La manifiesta preferencia de Charlie por mis amigos quileute era improcedente. Me pregunté si opinaría lo mismo en caso de saber que la elección era en realidad entre vampiros y hombres lobo.

—Bueno, ¿y cuál es el último escándalo de la manada? —pregunté con desenfado.
Jacob resbaló al detenerse en seco y me miró fijamente con asombro hasta hacerme desviar la vista.
—¿Qué pasa? Sólo era una broma.
—Ah.

Miró hacia otro lado. Esperé a que reanudara la caminata, pero parecía ensimismado en sus pensamientos.

—¿Hay algún escándalo? —quise saber. Mi amigo rió entre dientes de nuevo.

A veces se me olvida cómo es el no tener a todo el mundo metido en mi cabeza la mayoría del tiempo y poder reservar en ella un lugar privado y tranquilo para mí.
Caminamos en silencio a lo largo de la rocosa playa durante unos minutos hasta que al final pregunté:

—Bueno, ¿de qué se trata eso que saben cuantos tienes a tu alrededor?
Él vaciló un segundo, como si no estuviera seguro de cuánto iba a contarme. Luego, suspiró y dijo:
—Quil está imprimado, y ya es el tercero, por lo que los demás pempezamos a estar preocupados. Quizá sea un fenómeno más común de lo que dicen las historias.

Eclipse: Capítulo 7 Desenlace desafortunado!!!


DESENLACE DESAFORTUNADO





Rosalie vaciló en la entrada con la indecisión escrita en aquellos rasgos arrebatadores.

—Por supuesto —repliqué. Mi voz fue una octava más alta de la cuenta a causa de la sorpresa—. Entra.

Me incorporé y me deslicé a un extremo del sofá para hacerle sitio. Sentí un retortijón en el estómago cuando el único miembro de la familia Cullen al que no le gustaba se acercó en silencio para sentarse en el espacio libre que le había dejado. Intenté imaginar la razón por la que quería verme, pero no tenía la menor idea.

—¿Te importa que hablemos un par de minutos? —me premunió—. No te habré despertado ni nada por el estilo, ¿verdad? Su mirada fue de la cama, despojada del cobertor y la almohada, a mi sofá.
—No, estaba despierta. Claro que podemos hablar —me pregunté si sería capaz de advertir la nota de alarma de mi voz con la misma claridad que yo.
Rió con despreocupación. Sus carcajadas repicaron como un coro de campanas.
—Edward no suele dejarte sola —dijo—, y he pensado que haria bien en aprovechar la ocasión.
¿Qué querría contarme para que no pudiera decirlo delante de su hermano? Enrosqué y desenrosqué las manos en el extremo del cobertor.
—Por favor, no pienses que interfiero por crueldad —imploró ella con voz gentil. Cruzó los brazos sobre su regazo y clavó la vista en el suelo mientras hablaba—. Estoy segura de haber herido bastante tus sentimientos en el pasado, y no quiero hacerlo de nuevo.
—No te preocupes, Rosalie. Soy fuerte. ¿Qué pasa?
Ella rió una vez más; parecía extrañamente avergonzada.

Eclipse: Capítulo 6 Suiza!!!


SUIZA





Mientras conducía de vuelta a casa, no prestaba mucha atención a la superficie mojada de la carretera, que resplandecía al sol. Reflexionaba acerca del torrente de información que Jacob había compartido conmigo en un intento de sacar algo en claro y lograr que todo tuviera sentido. Me sentía más ligera a pesar del agobio. No es que ver sonreír de nuevo a Jacob y haber discutido sobre todos los secretos hubiera arreglado algo, pero facilitaba las cosas. Había hecho bien en ir. Jacob me necesitaba y, obviamente, no había peligro, pensé mientras entrecerraba los párpados para no quedarme cegada.
El coche apareció de la nada. Un instante antes, en el espejo retrovisor no había más que una calzada reluciente y después, de repente, tenía pegado un Volvo plateado centelleante bajo el sol.
—Ay, mierda —me quejé.

Consideré la posibilidad de acercarme al arcén y parar, pero era demasiado cobarde para hacerle frente en ese mismo momento. Había contado con disponer de algún tiempo de preparación y tener cerca a Charlie como carabina. Eso, al menos, le obligaría a no alzar la voz.
El Volvo continuó a escasos centímetros detrás de mí. Mantuve la vista fija en la carretera.
Conduje hasta la casa de Angela completamente aterrada; no permití que mis ojos se encontraran con los suyos, que parecían haber abierto un boquete al rojo vivo en mi retrovisor.

Me siguió hasta que pisé el freno en frente de la casa de los Weber. Él no se detuvo y yo no alcé la mirada cuando pasó a mi lado para evitar ver la expresión de su rostro, y en cuanto desapareció, salvé lo más deprisa posible el corto trecho que mediaba hasta la puerta de Angela.

Ben la abrió antes de que yo dejara de llamar con los nudillos.
Daba la impresión de que estaba justo detrás.
—¡Hola, Bella! —exclamó, sorprendido.
—Hola, Ben. Eh... ¿Está Angela?
Me pregunté si mi amiga se había olvidado de nuestros planes y me achanté ante la perspectiva de volver temprano a casa.
—Claro —repuso Ben justo antes de que ella apareciera en lo alto de las escaleras y me llamara:
—¡Bella!



Eclipse: Capítulo 5 Imprimación!!!


IMPRIMACIÓN



—¿Te encuentras bien, Jake? Charlie dijo que lo habías pasado mal. ¿No has mejorado nada?
—No estoy tan mal —contestó.
Rodeó mi mano con la suya, pero evitó mi mirada. Anduvo despacio de vuelta a la plataforma de madera flotante sin apartar la vista de los colores cristalinos del arco iris, empujándome suavemente para mantenerme a su lado. Me senté de nuevo en nuestro árbol, pero él se repantigó sobre el húmedo suelo rocoso en vez de acomodarse junto a mí. Me pregunté si lo haría para poder hurtar el rostro a mis ojos con más facilidad. No me soltó la mano.
Comencé a parlotear para llenar el silencio.
—Ha pasado mucho tiempo desde que estuve aquí. Probablemente, me habré perdido un montón de cosas. ¿Cómo están Sam y Emily? ¿Y Embry? ¿Cómo se tomó Quil...?
Me interrumpí a mitad de frase al recordar que el amigo de Jacob era un tema espinoso.
—Ah, Quil —Jacob suspiró.

Entonces, había sucedido: Quil debía de haberse incorporado a la manada.

domingo, 25 de julio de 2010

Eclipse: Capítulo 4 Naturalezas!!!


NATURALEZAS





Estaba siendo una semana horrible.
Yo sabía que no había cambiado nada sustancial. Vale, Victoria no se había rendido, pero ¿acaso había esperado yo alguna vez que fuera de otro modo? Su reaparición sólo había confirmado lo que ya sabía, No tenía motivo para asustarme como si fuera algo nuevo.
Eso en teoría. Porque no sentir pánico es algo más fácil de decir que de hacer.
Solo quedaban unas pocas semanas para la graduación, pero me preguntaba si no era un poco estúpido quedarme sentada, débil y apetecible, esperando el próximo desastre. Parecía demasiado peligroso continuar siendo humana, como si estuviera atrayendo conscientemente peligro. Una persona con mi suerte debía ser un poquito menos vulnerable.
Pero nadie me escucharía.
Carlisle había dicho:
—Somos siete, Bella, y con Alice de nuestro lado, dudo que Victoria nos pueda sorprender con la guardia baja. Pienso que es importante, por el bien de Charlie, que nos atengamos al plan original.
Ksme había apostillado:
—No dejaremos nunca que te pase nada malo, cielo. Ya lo sabes. Por favor, no te pongas nerviosa —y luego me había besado en la frente.
Emmett había continuado:
—Estoy muy contento de que Edward no te haya matado. Todo es mucho más divertido contigo por aquí.
Rosalie le había mirado con cara de pocos amigos.
Alice había puesto los ojos en blanco para luego agregar:
—Me siento ofendida. ¿Verdad que no estás preocupada por esto? ¿a que no?
—Si no era para tanto, entonces, ¿por qué me llevó Edward a Florida? —inquirí.
—Pero ¿no te has dado cuenta todavía, Bella, de que Edward es un poquito dado a reaccionar de forma exagerada?
Jasper, silenciosamente, había borrado todo el pánico y la tensión de mi cuerpo con su curiosa habilidad para controlar las atmósferas emocionales. Me sentí más tranquila y los dejé convencerme de lo innecesario de mi desesperada petición.
Pero claro, toda esa calma desapareció en el momento en que Edward y yo salimos de la habitación.
Así que el acuerdo consistía en que lo mejor que podía hacer era olvidarme de que un vampiro desquiciado quería cazarme para matarme. Y ocuparme de mis asuntos.
Y lo intenté. Y de modo sorprendente, había otras cosas casi tan estresantes en las que concentrarse como mi rango dentro de la lista de especies amenazadas...
Porque la respuesta de Edward había sido la más frustrante de todas.
—Eso es algo entre tú y Carlisle —había dicho—. Claro, que yo estaría encantado de que fuera algo entre tú y yo en cualquier momento que quisieras, pero ya conoces mi condición —y sonrió angelicalmente.
Agh. Claro que sabía en qué consistía su condición. Edward me había prometido que sería él mismo quien me convirtiera cuando yo quisiera... siempre que me casara con él primero.
Algunas veces me preguntaba si sólo simulaba la incapacidad de leerme la mente. ¿Cómo había llegado a encontrar la única condición que tendría problemas en aceptar? El requisito preciso que me obligaría a tomarme las cosas con más calma.
Habia sido una semana malísima en su conjunto, y aquel día, el pero de todos
Siempre eran días malos cuando se ausentaba Edward. Alice no habia visto nada fuera de lo habitual ese fin de semana, por lo que insistí en que aprovechara la oportunidad para irse con sus hermanos de cacería. Sabía cuánto le aburría cazar las presas cercanas, tan fáciles.
—Ve y diviértete —le insté—. Caza unos cuantos pumas por mí.
Jamas admitiría en su presencia lo mal que sobrellevaba la separación, ya que de nuevo volvían las pesadillas de la época del abandono. Si él lo hubiera sabido, le habría hecho sentirse fatal y le hubiera dado miedo dejarme, incluso aunque fuera por la más necesaria de las razones. Así había sido al principio, cuando represamos de Italia. Sus ojos dorados se habían tornado negros y sufría por culpa de la sed más de lo normal. Por eso, ponía cara de valiente y hacía de todo, salvo sacarle a patadas de la casa, cada vez que Emmett y Jasper querían marcharse.
Sin embargo, a veces me daba la sensación de que veía dentro de mí. Al menos un poco. Esa mañana había encontrado una nota en mi almohada.
Volveré tan pronto que no tendrás tiempo de echarme de menos. Cuida de mi corazón… lo he dejado contigo.
Así que ahora tenía todo un sábado entero sin nada que hacer salvo mi turno de la mañana en la tienda de ropa Newton's Olympie para distraerme. Y claro, esa promesa tan reconfortante de Alice.
—Cazaré cerca de aquí. Si me necesitas, estoy sólo a quince minutos. Estaré pendiente por si hay problemas.
Traducción: no intentes nada divertido sólo porque no esté Edward.
Ciertamente, Alice era tan capaz de fastidiarme el coche como Edward.
Intenté mirarlo por el lado positivo. Después del trabajo, había hecho planes con Angela para ayudarle con sus tarjetas de graduación, de modo que estaría distraída. Y Charlie estaba de un humor excelente debido a la ausencia de mi novio, así que convenía disfrutar de esto mientras durara. Alice pasaría la noche conmigo si yo me sentía tan patética como para pedírselo, y mañana Edward ya estaría de vuelta. Sobreviviría.
No quería llegar a trabajar ridiculamente temprano, y me tomé el desayuno masticando muy despacio cada cucharada de cereales Cheerio. Entonces, una vez que hube lavado los platos, coloqué los imanes del frigorífico en una línea perfecta. Quizás estuviera desarrollando un trastorno obsesivo-compulsivo.
Los últimos dos imanes, un par de utilitarias piezas redondas y negras, que eran mis favoritas porque podían sujetar diez hojas de papel en el frigorífico, no querían cooperar con mi fijación. Tenían polaridades inversas; cada vez que intentaba ponerlas en fila, al colocar la última, la otra saltaba fuera de su sitio.
Por algún motivo ‑una manía en ciernes, quizá‑, eso me sacaba de quicio. ¿Por qué no podían comportarse como es debido? De una forma tan estúpida como terca, continué alineándolas como si esperase una repentina rendición. Podría haber puesto una más arriba, pero sentía que eso equivalía a perder. Finalmente, más desesperada por mi comportamiento que por los imanes, los cogí del frigorífico y los sostuve juntos, uno en cada mano. Me costó un poco, ya que eran lo bastante fuertes como para presentar batalla, pero conseguí que coexistieran uno al lado del otro.
—Ya veis —esto de hablarle a los objetos inanimados no podía ser síntoma de nada bueno—. Tampoco es tan malo, ¿a que no?
Permanecí allí quieta durante un segundo, incapaz de admitir que no estaba teniendo ningún éxito a largo plazo contra los principios científicos. Entonces, con un suspiro, volví a colocar los imanes en el frigorífico, a un palmo de distancia.
—No hay necesidad de ser tan inflexible —murmuré.
Todavía era muy temprano, pero decidí que lo mejor sería salir de la casa antes de que los objetos inanimados comenzaran a contestarme.
Cuando llegué a Newtons Olympic, Mike pasaba la mopa de forma metódica por los pasillos mientras su madre acondicionaba un nuevo escaparate en el mostrador. Los pillé en mitad de una disputa, aunque no se dieron cuenta de mi llegada.
—Pero es el único momento en que Tyler puede ir —se quejaba Mike—. Dijiste que después de la graduación...
—Pues vais a tener que esperar —repuso la señora Newton con brusquedad—. Tyler y tú ya podéis empezar a pensar en otra cosa. No vas a ir a Seattle hasta que la policía solucione lo que esta pasando, sea lo que sea. Ya sé que Betty Crowley le ha dicho lo mismo aTyler, así que no me vengas con que yo soy la mala de la película. Oh, buenos días, Bella —me dijo cuando se dio cuenta de que había entrado, alegrando su tono rápidamente—. Has llegado temprano.
Karen Newton era la última persona que podrías imaginar trabajando en un establecimiento de prendas deportivas al aire libre. Llevaba su pelo rubio perfectamente mechado y recogido en un elegante moño bajo a la altura de la nuca, las uñas de las manos pintadas por un profesional, lo mismo que las de los pies, visibles a través de sus altos tacones de tiras que no se parecían en nada a lo que los Newton ofrecían en el largo estante de las botas de montaña.
—Apenas había tráfico —bromeé mientras cogía la horrible camiseta naranja fluorescente de debajo del mostrador. Me sorprendía que la señora Newton estuviera tan preocupada por lo de Seattle como Charlie. Pensé que era sólo él quien se lo había tomado a la tremenda.
—Esto... eh...
La señora Newton dudó por un momento, jugueteando incómoda con el paquete de folletos publicitarios que estaba colocando al lado de la caja registradora.
Ya tenía una mano sobre la camiseta pero me detuve. Conocía esa mirada.
Cuando les hice saber a los Newton que no trabajaría allí ese verano, dejándolos de este modo plantados en la estación con más trabajo, comenzaron a enseñar a Katie Marshall para que ocupara mi lugar. Realmente no podían permitirse mantener los sueldos de las dos a la vez, así que cuando se veía que iba a ser un día tranquilo...
—Te iba a llamar —continuó la señora Newton—. No creo que vayamos a tener hoy mucho trabajo. Creo que podremos apañarnos entre Mike y yo. Siento que te hayas tenido que levantar y conducir hasta aquí.
En un día normal, este giro de los acontecimientos me habría hecho entrar en éxtasis, pero hoy... no tanto.
—Vale —suspiré. Se me hundieron los hombros. ¿Qué iba a hacer ahora?
—Eso no está bien, mamá —repuso Mike—. Si Bella quiere trabajar...
—No, no pasa nada, señora Newton. De verdad, Mike. Tengo examenes finales para los que debo estudiar y otras cosas... —no quería ser una fuente de discordia familiar cuando ya les había sorprendido discutiendo.
—Gracias, Bella. Mike, te has saltado el pasillo cuatro. Esto, Bella ¿no te importaría tirar estos folletos en un contenedor cuando te vayas? Le dije a la chica que los dejó aquí que los pondría en el mostrador, pero la verdad es que no tengo espacio.
—Vale, sin problemas.
Guardé la camiseta y me puse los folletos debajo del brazo, para salir de nuevo al exterior, donde lloviznaba. EI contenedor estaba al otro lado de Newton's Olympic, cerca de donde se suponía que aparcábamos los empleados. Caminé sin dirección precisa hacia allá, enfurruñada, dándole patadas a las piedras. Estaba a punto de tirar el paquete de brillantes papeles amarillos a la basura cuando captó mi interés el título impreso en negrita en la parte superior. Fue una palabra en especial la que me IIamó la atención.
Cogí los papeles entre las dos manos mientras miraba la imagen bajo el título. Se me hizo un nudo en la garganta.
SALVEMOS AL LOBO DE LA PENÍNSULA OLYMPIC
Majo las palabra había un dibujo detallado de un lobo frente a un abeto, con la cabeza echada hacia atrás aullándole a la luna. Era una imagen desconcertante; algo en la postura quejosa del lobo le hacía parecer desamparado. Como si estuviera aullando de pena.
Y luego eché a correr hacia mi coche, con los folletos aún sucios con firmeza en la mano.
Quince minutos, eso era cuanto tenía, pero bastaría. Sólo había quince minutos hasta La Push y seguramente cruzaría la frontera unos cuantos minutos antes de llegar al pueblo.
El coche arrancó sin ninguna dificultad.
Alice no podría estar viéndome hacer esto porque no lo había planeado. Una decisión repentina, ¡ésa era la clave!, y podría sacarle provecho si conseguía moverme con suficiente rapidez.
Con la prisa, arrojé los papeles húmedos al asiento del pasajero, donde se desparramaron en un brillante desorden, cien títulos en negrita, cien lobos negros aullándole a la luna, recortados contra el fondo amarillo.
Iba a toda pastilla por la autopista mojada, con los limpiaparabrisas a tope y sin hacerle caso al rugido del viejo motor. Lo máximo que podía sacarle a mi coche eran unos noventa por hora y recé para que fuera suficiente.
No tenía idea de dónde estaba la frontera, pero empecé a sentirme más segura cuando pasé las primeras casas en las afueras de La Push. Seguro que esto era lo más lejos que se le permitía llegar a Alice.
La telefonearía cuando llegara a casa de Angela por la tarde, me dije para mis adentros, para hacerle saber que me encontraba bien. No había motivo para que se preocupara. No necesitaba enfadarse conmigo, porque Edward ya estaría suficientemente furioso por los dos a su regreso.
Mi coche iba ya resollando cuando chirriaron los frenos al parar frente a la familiar casa de color rojo desvaído. Se me volvió a hacer un nudo en la garganta al mirar aquel pequeño lugar que una vez había sido mi refugio. Había pasado tanto tiempo desde que había estado aquí.
Antes de que pudiera parar el motor, Jacob ya estaba en la puerta, con el rostro demudado por la sorpresa.
En el silencio repentino que se hizo después de que el rugido del motor se detuviera, oí su respiración entrecortada.
—¿Bella?
—¡Hola, Jake!
—¡Bella! —gritó en respuesta y la sonrisa que había estado esperando atravesó su rostro como el sol en un día nublado. Los dientes relampaguearon contra su piel cobriza—. ¡No me lo puedo creer!
corrió hacia el coche, me sacó casi en volandas a través de la puerta abierta, y nos pusimos a saltar como niños.
—¿Cómo has llegado hasta aquí?
—¡Me he escapado!
—¡Impresionante!
—¡Hola, Bella! —Billy impulsó su silla hacia la entrada para ver a qué se debía toda aquella conmoción.
—¡Hola, Bill...!
Y en ese momento me quedé sin aire. Jacob me había sepultado en un abrazo gigante, tan fuerte, que no podía respirar y me daba vueltas en círculo.
—¡Guau, es estupendo tenerte aquí!
—No puedo... respirar —jadeé.
Él se rió y me puso en el suelo.
—Bienvenida de nuevo, Bella —me dijo con una sonrisa.
Y el modo en que lo dijo me sonó como «bienvenida a casa».
Empezamos a andar, demasiado nerviosos ante la perspectiva de quedarnos sentados dentro de la casa. Jacob iba prácticamente saltando mientras andaba y le tuve que recordar unas cuantas veces que yo no tenía piernas de tres metros.
Mientras caminábamos, sentí cómo me transformaba en otra versión de mí misma, la que era cuando estaba con Jacob. Algo más joven, y también algo más irresponsable. Alguien que haría, en alguna ocasión, algo realmente estúpido sin motivo aparente.
Nuestra euforia duró los primeros temas de conversación que abordamos: qué estábamos haciendo, qué queríamos hacer, cuánto tiempo tenía y qué me había traído hasta allí. Cuando le conté lo del folleto del lobo, de forma vacilante, su risa ruidosa hizo eco entre los árboles.
Pero entonces, cuando paseábamos detrás de la tienda y atravesamos los matorrales espesos que bordeaban el extremo más lejano de la playa Primera, llegamos a las partes más difíciles de la conversación. Desde muy pronto tuvimos que hablar de las razones de nuestra larga separación y observé cómo el rostro de mi amigo se endurecía hasta formar la máscara amarga que ya me resultaba tan familiar.
—Bueno, ¿y de qué va esto en realidad? —me preguntó Jacob, pateando un trozo de madera de deriva fuera de su camino con una fuerza excesiva. Saltó sobre la arena y luego se estampó contra las rocas—. O sea, que desde la última vez que... bueno, antes, ya sabes... —luchó para encontrar las palabras. Aspiró un buen trago de aire y lo intentó de nuevo—. Lo que quiero decir es que... ¿simplemente todo ha vuelto al mismo lugar que antes de que él se fuera? ¿Se lo has perdonado todo?
Yo también inspiré con fuerza.
—No había nada que disculpar.
Me habría gustado saltarme toda esta parte, las traiciones y las acusaciones, pero sabía que teníamos que hablar de todo esto antes de que fuéramos capaces de llegar a algún otro lado.
El rostro de Jacob se crispó como si acabara de chupar un limón.
—Desearía que Sam te hubiera tomado una foto cuando te encontramos aquella noche de septiembre. Sería la prueba A.
—No estamos juzgando a nadie.
—Pues quizá deberíamos hacerlo.
—Ni siquiera tú le culparías por marcharse, si conocieras sus motivos.
Me miró fijamente durante unos instantes.
—Está bien —me retó con amargura—. Sorpréndeme.
Su hostilidad me caía encima, quemándome en carne viva. Me dolía que estuviera enfadado conmigo. Me recordó aquella tarde gris y deprimente, hacía mucho ya, cuando, cumpliendo órdenes de Sam, me dijo que no podíamos seguir siendo amigos. Me llevó un momento recobrar la compostura.
—Edward me dejó el pasado otoño porque pensaba que yo no debía salir con vampiros. Pensó que sería mejor para mí si él se marchaba.
Jacob tardó en reaccionar. Luchó consigo mismo durante unos minutos. Lo que fuera que tenía planeado decir, claramente, había dejado de tener sentido. Me alegraba de que no supiera lo que había precipitado la decisión de Edward. Me podía imaginar qué habría pensado de haber sabido que Jasper intentó matarme.
—Pero volvió, ¿no? —susurró Jacob—. Parece que le cuesta atenerse a sus propias decisiones.
—Si recuerdas bien, fui yo la que corrió tras él y le trajo de vuelta.
Jacob me miró con fijeza durante un momento y después me dio la espalda. Relajó el rostro y su voz se había vuelto más tranquila cuando volvió a hablar.
—Eso es cierto, pero nunca supe la historia. ¿Qué fue lo que pasó?
Yo dudaba y me mordí el labio.
—¿Es un secreto? —su voz se tornó burlona— ¿No me lo puedes contar?
—No —contesté con brusquedad—. Además, es una historia realmente larga.
El sonrió con arrogancia, se giró y echó a caminar por la playa, esperando que le siguiera.
No tenía nada de gracioso estar con él si se iba a comportar de ese modo. Le seguí de manera automática, sin saber si no sería mejor dar media vuelta y dejarle. Aunque tendría que enfrentarme con Alice cuando regresara a casa... Así que pensándolo bien, en realidad no tenía tanta prisa.
Jacob llegó hasta un enorme y familiar tronco de madera, un árbol entero con sus raíces y todo, blanqueado y profundamente hundido en la arena; de algún modo, era nuestro árbol.
Se sentó en aquel banco natural y dio unas palmaditas en el sitio que había a su lado.
—No me importa que las historias sean largas. ¿Hay algo de acción?
Puse los ojos en blanco mientras me sentaba a su lado.
—La hay —concedí.
—No puede haber miedo de verdad si no hay un poco de acción.
—¡Miedo! —me burlé—. ¿Vas a escuchar o te vas a pasar todo el rato interrumpiéndome para hacer comentarios groseros sobre mis amigos?
Hizo como que se cerraba los labios con llave y luego como que tiraba la llave invisible sobre su hombro. Intenté no sonreír, pero no lo conseguí.
—Tengo que empezar con cosas que pasaron cuando tú estabas —decidí mientras intentaba organizar las historias en mi mente antes de comenzar.
Jacob alzó una mano.
—Adelante. Eso está bien —añadió él—. No entendí la mayor parte de lo que pasó entonces.
—Ah, vale, estupendo; es un poco complicado, así que presta atención. ¿Sabes ya que Alice tiene visiones?
Interpreté que su ceño fruncido era una respuesta afirmativa, ya que a los hombres lobo no les impresionaba que fuera verdad la leyenda de los poderes sobrenaturales de los vampiros, así que procedí con el relato de mi carrera a través de Italia para rescatar a Edward.
Intenté resumir lo más posible, sin dejarme nada esencial. Al mismo tiempo, me esforcé en interpretar las reacciones de Jacob, pero su rostro era inescrutable mientras le explicaba que Alice había visto los planes de Edward para suicidarse cuando escuchó que yo había muerto. Algunas veces Jacob parecía ensimismarse en sus pensamientos, tanto que ni siquiera estaba segura de que me estuviera escuchando. Sólo me interrumpió una vez.
—¿La adivina chupasangres no puede vernos? —repitió, en su rostro una expresión feroz y llena de alegría—. ¿En serio? ¡Eso es magnífico!
Apreté los dientes y nos quedamos sentados en silencio, con su cara expectante mientras esperaba que continuase. Le miré fijamente hasta que se dio cuenta de su error.
—¡Oops! —exclamó—. Lo siento —y cerró la boca otra vez.
Su respuesta fue más fácil de comprender cuando llegamos a la parte de los Vulturis. Apretó los dientes, se le pusieron los brazos con carne de gallina y se le agitaron las aletas de la nariz. No entré en detalles, pero le conté que Edward nos había sacado del problema, sin revelar la promesa que habíamos tenido que hacer ni la visita que estábamos esperando. Jacob no necesitaba participar de mis pesadillas.
—Ahora ya conoces toda la historia —concluí—. Es tu turno para hablar. ¿Qué ha ocurrido mientras yo pasaba este fin de semana con mi madre?
Sabía que Jacob me proporcionaría más detalles que Edward. No temía asustarme. Se inclinó hacia delante, animado al momento.
—Embry, Quil y yo estábamos de patrulla el sábado por la noche, sólo algo rutinario, cuando allí estaba, saliendo de ninguna parte, ¡bum!, una pista fresca, que no tenía ni quince minutos —alzó los brazos y remedó una explosión—. Sam quería que le esperásemos, pero yo ignoraba que tú te habías ido y no sabía si tus chupasangres estaban vigilando o no. Así que salimos en su persecución a toda velocidad, pero cruzó la línea del tratado antes de que pudiéramos cogerla. Nos dispersamos por la línea esperando que volviera a cruzarla. Fue frustrante, te lo juro —movió la cabeza y el pelo, que ya le había crecido desde que se lo había rapado tan corto cuando se unió a la manada, le cayó sobre los ojos—. Nos fuimos demasiado hacia el sur y los Cullen la persiguieron hacia nuestro sitio, pero sólo a unos cuantos kilómetros al norte de nuestra posición. Habría sido la emboscada perfecta si hubiéramos sabido dónde esperar.
Sacudió la cabeza, haciendo ahora una mueca.
—Entonces fue cuando la cosa se puso peligrosa. Sam y los otros le cogieron el rastro antes de que llegáramos, pero ella iba de un lado a otro de la línea y el aquelarre en pleno estaba al otro lado. El grande, ¿cómo se llama...?
—Emmett.
—Ese, bueno, pues él arremetió contra ella, pero ¡qué rápida es esa pelirroja! Voló detrás de ella y casi se estrella contra Paul. Y ya sabes, Paul... bueno, ya le conoces.
—Sí.
—Se le fue la olla. No puedo decir que le culpe, tenía al chupasangres grandote justo encima de él. Así que saltó... Eh, no me mires así. El vampiro estaba en nuestro territorio.
Intenté recomponer mi expresión para que continuara con su relato. Tenía las uñas clavadas en las palmas de las manos con la tensión de la historia, incluso sabiendo que había terminado bien.
—De cualquier modo, Paul falló y el grandullón regresó a su sitio, pero entonces, esto, la, eh, bien, la rubia...
La expresión de Jacob era una mezcla cómica de disgusto y reacia admiración mientras intentaba encontrar una palabra para describir a la hermana de Edward.
—Rosalie.
—Como quieras. Se había vuelto realmente territorial, así que Sam y yo nos retrasamos para cubrir los flancos de Paul. Entonces su líder y el otro macho rubio...
—Carlisle y Jasper.
Me miró algo exasperado.
—Ya sabes que me da igual cómo se llamen. Como sea, Carlisle habló con Sam en un intento de calmar las cosas. Y fue bastante extraño porque la verdad es que todo el mundo se tranquilizó muy rápido. Creo que fue ese otro que dices, que nos hizo algo raro en la cabeza, pero aunque sabíamos lo que estaba haciendo, no podíamos dejar de estar tranquilos.
—Ah, sí, ya sé cómo se siente uno.
—Realmente cabreado, así es como se siente uno. Sólo que no estás enfadado del todo, al final —sacudió la cabeza, confundido—. Así que Sam y el vampiro líder acordaron que la prioridad era Victoria y volvimos a la caza otra vez. Carlisle nos dio la pista de modo que pudimos seguir el rastro correcto, pero entonces tomó el camino de los acantilados justo al norte del territorio de los makah, donde la frontera discurre pegada a la costa durante unos cuantos kilómetros. Así que se metió en el agua otra vez. El grandullón y el tranquilo nos pidieron permiso para cruzar la frontera y perseguirla, pero se lo denegamos, como es lógico.
—Estupendo. Quiero decir que vuestro comportamiento me parece estúpido, pero estoy contenta. Emmett nunca tiene la suficiente prudencia. Podría haber salido herido.
Jacob resopló.
—Así que tu vampiro te dijo que los atacamos sin razón y que su aquelarre, totalmente inocente...
—No —le interrumpí—. Edward me contó la misma historia, sólo que sin tantos detalles.
—Ah —dijo Jacob entre dientes y se inclinó para coger una piedra entre los millones de guijarros que teníamos a los pies. Con un giro casual, la mandó volando sus buenos cien metros hacia las aguas de la bahía—. Bueno, ella regresará, supongo. Y volveremos a tenerla a tiro.
Me encogí de hombros; ya lo creo que volvería, pero ¿de veras me lo contaría Edward la próxima vez? No estaba segura. Debía mantener vigilada a Alice en busca de los síntomas indicadores de que el patrón de comportamiento volvía a repetirse...
Jacob no pareció darse cuenta de mi reacción. Estaba sumido en la contemplación de las olas con los gruesos labios apretados y una expresión pensativa en la cara.
—¿En qué estás pensando? —le pregunté después de un buen rato en silencio.
—Le doy vueltas a lo que me has dicho hace un rato. En cuando la adivina te vio saltando del acantilado y pensó que querías suicidarte, y en cómo a partir de aquello todo se descontroló... ¿Te das cuenta de que, si te hubieras limitado a esperarme, como se supone que tenías que hacer, entonces la chup... Alice no habría podido verte saltar? Nada habría cambiado. Probablemente, los dos estaríamos ahora en mi garaje, como cualquier otro sábado. No habría ningún vampiro en Forks y tú y yo... —dejó que su voz se apagara, perdido en sus pensamientos.
Era desconcertante su forma de ver la situación, como si fuera algo bueno que no hubiera vampiros en Forks. Mi corazón comenzó a latir arrítmicamente ante el vacío que sugería la imagen.
—Edward hubiera regresado de todos modos.
—¿Estás segura de eso? —me preguntó otra vez, volviendo a su aptitud beligerante en cuanto mencioné el nombre de Edward.
—Estar separados... no nos va bien a ninguno de los dos.
Comenzó a decir algo, algo violento a juzgar por su expresión, pero enmudeció de pronto, tomó aliento y empezó de nuevo.
—¿Sabías que Sam está muy enfadado contigo?
—¿Conmigo? —me llevó entenderlo un segundo—. Ah, ya. Cree que se habrían mantenido apartados si yo no estuvie-aquí.
—No. No es por eso.
—¿Cuál es el problema entonces?
Jacob se inclinó para tomar otra roca. Le dio vueltas una y otra vez, entre los dedos. No le quitaba ojo a la piedra negra mientras hablaba en voz baja.
—Cuando Sam vio... en qué estado estabas al principio, cuando Billy les contó lo preocupado que estaba Charlie porque no mejorabas y entonces, cuando empezaste a saltar de los acantilados...
Puse mala cara. Nadie iba a dejar nunca que me olvidara de eso.
Los ojos de Jacob me miraron de hito en hito.
—Pensamos que tú eras la única persona en el mundo que tenía tanta razón para odiar a los Cullen como él. Sam se siente... traicionado porque los volvieras a dejar entrar en tu vida, como si jamás te hubieran hecho daño.
No me creí ni por un segundo que Sam fuera el único que se sintiera de ese modo, y por tanto, el tono ácido de mi respuesta iba dirigido a ambos.
—Puedes decirle a Sam que se vaya a...
—Mira eso —Jacob me interrumpió señalándome a un águila en el momento en que se lanzaba en picado hacia el océano desde una altura increíble. Recuperó el control en el último minuto, y sólo sus garras rozaron la superficie de las olas, apenas durante un instante. Después volvió a aletear, con las alas tensas por el esfuerzo de cargar con el peso del pescado enorme que acababa de pescar—. Lo ves por todas partes —dijo con voz repentinamente distante—. La naturaleza sigue su curso, cazador y presa, el círculo infinito de la vida y la muerte.
No entendía el sentido del sermón de la naturaleza; supuse que sólo quería cambiar el tema de la conversación, pero entonces se volvió a mirarme con un negro humor en los ojos.
—Y desde luego, no verás al pez intentando besar al águila. Jamás verás eso —sonrió con una mueca burlona.
Le devolví la sonrisa, una sonrisa tirante, porque aún tenía un sabor ácido en la boca.
—Quizás el pez lo está intentando —le sugerí—. Es difícil saber lo que piensa un pez. Las águilas son unos pájaros bastante atractivos, ya sabes.
—¿A eso es a lo que se reduce todo? —su voz se volvió aguda—. ¿A tener un buen aspecto?
—No seas estúpido, Jacob.
—Entonces, ¿es por el dinero? —insistió.
—Estupendo —murmuré, levantándome del árbol—. Me halaga que pienses eso de mí —le di la espalda y me marché.
—Oh, venga, no te pongas así —estaba justo detrás de mí; me cogió de la cintura y me dio una vuelta—. ¡Lo digo en serio!, intento entenderte y me estoy quedando en blanco.
Frunció el ceño enfadado y sus ojos se oscurecieron enquistados entre sombras.
—-Le amo. ¡Y no porque sea guapo o rico! —le escupí las palabras a la cara—. Preferiría que no fuera ni lo uno ni lo otro. Incluso te diría que eso podría ser un motivo para abrir una brecha entre nosotros, pero no es así, porque siempre es la persona más encantadora, generosa, brillante y decente que me he encontrado jamás. Claro que le amo. ¿Por qué te resulta tan difícil de entender?
—Es imposible de comprender.
—Por favor, ilumíname, entonces, Jacob —dejé que el sarcasmo fluyera denso—. ¿Cuál es la razón válida para amar a alguien? Como dices que lo estoy haciendo mal...
—Creo que el mejor lugar para empezar sería mirando dentro de tu propia especie. Eso suele funcionar.
—¡Eso es... asqueroso! —le respondí con brusquedad—. Supongo que debería estar loca por Mike Newton después de todo.
Jacob se estremeció y se mordió el labio. Pude ver que mis palabras le habían herido, pero yo estaba demasiado enfadada para sentirme mal por ello.
Me soltó la muñeca y cruzó los brazos sobre el pecho, volviéndose para mirar hacia el océano.
—Yo soy humano —susurró, con voz casi inaudible.
—No eres tan humano como Mike —continué sin piedad—. ¿Sigues pensando que es la consideración más importante?
—No es lo mismo —Jacob no apartó los ojos de las olas grises—. Yo no he escogido esto.
Me eché a reír incrédula.
—¿Y crees que Edward sí? Él no sabía lo que le estaba ocurriendo más que tú. Él no eligió esto.
Jacob cabeceó de atrás adelante con un movimiento rápido y corto.
—¿Sabes, Jacob?, es terrible por tu parte que pretendas sentirte moralmente superior, considerando que tú eres un licántropo.
—No es lo mismo —repitió él, mirándome con el ceño fruncido.
—No veo por qué no. Podrías ser un poquito más comprensivo con los Cullen. No tienes idea de lo buenos que son, pero buenos de verdad, Jacob.
Frunció el ceño más profundamente.
—No deberían existir. Su existencia va contra la naturaleza.
Le miré con fijeza durante un largo rato, con una ceja alzada, llena de incredulidad. Pasó un tiempo hasta que se dio cuenta.
—¿Qué?
—Hablando de algo antinatural... —insinué.
—Bella —me dijo, con la voz baja, y algo diferente. Envejecida. Me di cuenta de que, de repente, sonaba mucho mayor que yo, como un padre o un profesor—. Lo que yo soy ha nacido conmigo. Es parte de mi naturaleza, de mi familia, de lo que todos somos como tribu, es la razón por la cual todavía estamos aquí. Aparte de eso —bajó la vista para mirarme, con sus ojos oscuros inescrutables—, sigo siendo humano.
Me cogió la mano y la presionó contra su pecho ardiente como la fiebre. A través de su camiseta, pude sentir el rápido latido de su corazón contra mi mano.
—Los humanos normales no arrojan motos por ahí, como haces tú.
Él sonrió ligeramente, con una media sonrisa.
—Los humanos normales huyen de los monstruos, Bella. Y nunca he proclamado ser normal. Sólo humano.
Continuar enfadada con Jacob resultaba muy cansado. Empecé a sonreír mientras retiraba la mano de su pecho.
—La verdad es que me pareces humano del todo —concedí—. Al menos de momento.
—Me siento humano.
Miró a lo lejos, y volvió el rostro. Le tembló el labio inferior y se lo mordió con fuerza.
—Oh, Jake —murmuré al tiempo que buscaba su mano.
Esa era la razón por la que estaba aquí. Ésa era la razón por la que no me importaba quedarme, fuera cual fuera la recepción que me esperase al regresar. Porque bajo toda esa ira y ese sarcasmo, Jacob sufría. Justo ahora, lo estaba viendo en sus ojos. No sabía ayudarle, pero sabía que tenía que intentarlo. No era por todo lo que le debía, sino porque su pena me dolía a mí también.

Jacob se había convertido en parte de mí y no había nada que pudiera cambiar eso.
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