domingo, 18 de abril de 2010

Amanecer-Cap.6 Distracciones

Distracciones
Mi entretenimiento se convirtió en la prioridad número uno de nuestra estancia en isla Esme. Hicimos snorkel, aunque más bien fui yo quien lo hizo puesto que él alardeó de su capacidad para pasar sin oxígeno de forma indefinida. Exploramos la pequeña sección de selva que rodeaba el pico rocoso. Visitamos los papagayos que vivían en el verde dosel formado por la jungla para ver qué había en el extremo sur de la isla. Contemplamos el crepúsculo desde una cueva rocosa que había en la tona occidental. Nadamos con las marsopas que jugaban en las cálidas y someras aguas. O al menos eso hice yo, porque cuando Edward estaba en el agua, las marsopas desaparecían como si hubiera un tiburón cerca.
Yo sabía qué era lo que pretendía, estaba intentando mantenerme ocupada, distraída, de modo que no pudiera continuar fastidiándole con el asunto del sexo. En el momento en que hacía el intento de abordarle sacaba uno de los millones de DVD que tenía bajo la pantalla gigante de plasma o me atraía fuera de la casa con palabras mágicas como «arrecifes de coral», «cuevas sumergidas» y «tortugas marinas». Estábamos todo el día de un lado para otro, de modo que cuando el sol se ponía me encontraba completamente famélica y exhausta.
Me quedaba casi dormida sobre el plato cuando terminaba de cenar todas las noches, incluso una vez me adormecí de verdad en la mesa y mi marido tuvo que llevarme a la cama en brazos. Parte del asunto era que Edward hacía demasiada comida para una sola persona, pero yo tenía tanta hambre después de nadar y escalar todo el día que me lo comía casi todo. Entonces, llena y molida, apenas podía mantener los ojos abiertos. Y esto formaba parte del plan, sin duda.
Mi agotamiento no ayudaba mucho a mis intentos de persuasión, pero no me rendía. Intentaba razonar con él, le suplicaba y rezongaba, todo ello en vano. Aunque la verdad es que generalmente estaba inconsciente antes de que pudiera llevar mi caso muy lejos. Y entonces mis sueños se convertían en algo tan real (en su mayoría pesadillas que se volvían más vividas, suponía yo, por los colores demasiado brillantes de la isla) que me levantaba cansada no importaba cuánto durmiera.
Una semana o así después de que llegáramos a la isla, decidí intentar alcanzar un compromiso, porque eso ya nos había funcionado en el pasado.
Ahora dormíamos en la habitación azul, porque el equipo de limpieza no llegaría hasta el día siguiente, así que la habitación blanca todavía estaba bajo una manta de plumón como la nieve. La habitación azul resultaba más pequeña, y la cama de unas proporciones más razonables. Las paredes lucían oscuras, cubiertas con paneles de madera de teca y los accesorios eran todos de una lujosa seda marina.
Me había acostumbrado a ponerme toda la colección de lencería de Alice para dormir por la noche, la cual ni siquiera era tan reveladora como los breves bikinis que, terminé por darme cuenta, me había puesto en la maleta. Me pregunté si habría tenido alguna visión en la que podría haber deducido que me iban a hacer falta cosas como ésas, y después me estremecí, avergonzada por la idea.
Comencé poco a poco, con inocentes prendas de satén color marfil, preocupada porque al mostrar mi piel obtuviera justo el resultado contrario al que buscaba, aunque la verdad es que estaba dispuesta a probarlo todo. Edward no pareció notar nada, como si siguiera llevando los viejos pantalones de chándal raídos que solía usar en casa.
Pasados unos días los cardenales habían mejorado mucho, amarilleando en unos sitios y desapareciendo completamente en otros, de modo que esa noche me puse una de las piezas más intimidantes mientras me preparaba en el cuarto de baño de panes. Era negro, de encaje, y daba vergüenza nada más verlo, incluso sin llevarlo puesto. Tuve cuidado de no mirarme al espejo antes de salir del baño, ya que no quería perder los ánimos.
Tuve la satisfacción de ver cómo se le ponían los ojos como platos justo un segundo antes de que consiguiera controlar su expresión.
—¿Qué te parece? —le pregunté, haciendo posturitas para que pudiera verlo desde todos los ángulos.
El carraspeó.
—Estás muy hermosa. Como siempre.
—Gracias —contesté en un tono algo amargo.
Estaba demasiado cansada para resistir la tentación de subir con rapidez a la cama blandita. Me envolvió en sus brazos y me apretó contra su pecho, pero esto ya era una rutina, y hacía demasiado calor para dormir sin su cuerpo frío tan cerca.
—Quiero hacer un trato contigo —le dije medio dormida.
—No voy a hacer ningún trato—repuso él.
—Ni siquiera has oído lo que iba a proponerte.
—No importa.
Suspiré.
—Maldita sea. Realmente quería... Bueno, vale.
Puso los ojos en blanco.
Yo cerré los míos y dejé que el cebo actuara. Bostecé.
Pasó un minuto escaso, ni siquiera el tiempo suficiente para que me quedara frita.
—De acuerdo, ¿qué es lo que quieres?
Apreté los dientes un segundo, luchando para reprimir una sonrisa. Si había algo que no podía resistir era la oportunidad de darme algo.
—Bueno, estaba pensando... Sé que toda la historia esta de Dartmouth se supone que es simplemente una cobertura, pero siendo sincera, creo que un semestre de facultad no me matará —le comenté, haciéndome eco de sus palabras hacía ya tanto tiempo, cuando intentaba quitarme la idea de convertirme en vampiro—. Y te apuesto a que Charlie se emocionará con el rollo ese de Dartmouth. Seguro que voy a pasar vergüenza si no puedo alcanzar el ritmo de todos esos cerebritos. Además... dieciocho, diecinueve... Tampoco es tanta diferencia. No es que me vaya a llenar de patas de gallo el año que viene.
Se quedó silencioso durante un buen rato. Después, en voz muy baja, me respondió:
—Estás dispuesta a esperar, a conservar tu humanidad.
Me sujeté la lengua, dejando que la oferta arraigara.
—¿Por qué me haces esto? —me preguntó entre dientes, en un tono súbitamente enfadado—. ¿Es que no es ya lo bastante duro? —cogió un puñado de encaje que se había arrugado en mi muslo. Durante un momento pensé que le iba a desgarrar las costuras, pero después su mano se relajó—. Pero no importa. No voy a hacer ningún trato contigo.
—Quiero ir a la facultad.
—No, no lo harás. Y no hay nada que merezca la pena tanto como para volver a arriesgar tu vida. Nada merece que te hagan daño.
—Pero yo quiero ir. Bueno, la cuestión no es exactamente el ir a la facultad, sino el hecho de que quiero seguir siendo humana un poco más.
Cerró los ojos y expiró por la nariz.
—Vas a conseguir volverme loco, Bella. ¿Acaso no hemos tenido esta discusión un millón de veces y tú siempre me estabas suplicando que te convirtiera en vampiro sin demora?
—Sí, pero... bueno, ahora tengo una razón para ser humana que no tenía antes.
—¿Cuál es?
—Adivina —respondí y me deslicé por las almohadas para besarle.
El me devolvió el beso, pero no de una manera que pudiera hacerme creer que había ganado. Era algo más bien destinado a tener cuidado con no lastimar mis sentimientos. Estaba completa y enloquecedoramente bajo control. Con dulzura, me apartó después de un momento y me acunó contra su pecho.
—Eres tan humana, Bella, siempre arrastrada por tus hormonas —se echó a reír entre dientes.
—Pues ése es el asunto, Edward. Me gusta este aspecto de ser humana y no quiero perderlo tan pronto. No quiero tener que esperar un montón de años convertida en un neófito enloquecido por el deseo de sangre antes de volver a vivir algo como  esto de nuevo.
Bostecé y él sonrió.
—Estás cansada. Duérmete, amor —y comenzó a tararear la nana que había compuesto para mí cuando nos conocimos.
—Me pregunto por qué estoy tan cansada —mascullé, en plan sarcástico—. No creo que esto forme parte de un plan ni nada parecido.
Soltó una sola risita y después volvió a tararear.
—Tú crees que cuanto más cansada esté, mejor dormiré.
La canción se detuvo de repente.
—Duermes como si estuvieras muerta, Bella. No has dicho ni una sola palabra en sueños desde que llegamos aquí. Si no fuera por los ronquidos me habría dado miedo que hubieras entrado en coma.
Ignoré esa burla respecto a los ronquidos. Yo no roncaba.
—¿Y no te he dado patadas? Qué extraño. Generalmente me muevo por toda la cama cuando tengo pesadillas, y grito.
—¿Tienes pesadillas?
—Unas muy vividas. Por eso me siento tan cansada —bostecé de nuevo—. No me puedo creer que no haya estado parloteando sobre eso toda la noche.
—¿De qué van?
—Cosas distintas, pero parecidas, ya sabes, por el colorido.
—¿Qué colorido?
— Todo es tan brillante, tan real. Generalmente cuando sueño sé quién soy, pero en éstas no sé que estoy dormida, lo que las hace más terroríficas.
Sonó algo molesto cuando volvió a hablar de nuevo.
—¿Qué es lo que te asusta?
Me estremecí un poco.
—Principalmente... —vacilé.
—¿Principalmente? —me urgió.
No estaba segura de por qué, pero no quería hablarle del niño que aparecía en mis pesadillas recurrentes, había algo que quería mantener en privado en ese horror en concreto. Así que en vez de darle una descripción completa, sólo le mostré uno de los elementos. Ciertamente suficiente para asustarme a mí o a cualquiera.
—Los Vulturis —murmuré.
Él me abrazó con más fuerza.
—No nos van a molestar nunca más. Pronto serás inmortal y no tendrán motivo para ello.
Le dejé que me consolara, sintiéndome un poco culpable porque él me había malinterpretado. Para ser exactos, mis pesadillas no tenían que ver con eso, porque yo no tenía miedo por mí misma, sino por el niño.
No era el mismo chico que el del primer sueño, el niño vampiro con los ojos de color sangre sentado sobre una pila formada por gente a la que yo amaba, muerta. El chico con el que había soñado al menos cuatro veces en la última semana era definitivamente humano; tenía las mejillas coloradas y sus grandes ojos eran verde claro. Pero al igual que el otro niño, temblaba de miedo y desesperación cuando se nos acercaban los Vulturis.
En este sueño, que era nuevo aunque parecido al anterior, yo lo único que tenía que hacer era proteger al chico desconocido. No había ninguna otra opción, pero al mismo tiempo, sabía que terminaría fallando.
Él vio la desolación retratada en mi rostro.
—¿Qué puedo hacer para ayudarte?
Sacudí la cabeza negando.
—Son sólo sueños, Edward.
—¿Quieres que te cante? Cantaré toda la noche si eso mantiene a raya tus pesadillas.
—No son tan malas, algunas son estupendas, tan llenas de... colorido, bajo el agua con los peces y el coral. Todo tiene el aspecto de estar sucediendo en la realidad y no sé que estoy soñando. Quizá el problema sea la isla, porque aquí todo es tan alegre...
—¿Quieres volver a casa?
—No, no todavía. ¿Podemos quedarnos aquí un poco más?
—Podemos quedarnos aquí todo el tiempo que tú quieras, Bella —me prometió.
—¿Cuándo comienza el semestre? No me he preocupado por ello antes.
Él suspiró. Quizás empezó a entonar la nana otra vez, pero antes de darme cuenta, ya estaba dormida.
Más tarde, cuando me desperté en la oscuridad, estaba aturdida por completo. El sueño que había tenido era tan real, tan vivido, tan sensorial... Jadeé con fuerza, ahora desorientada en la negra habitación. Sólo un segundo antes me encontraba bajo el sol brillante.
—¿Bella? —murmuró Edward, con los brazos apretados a mi alrededor, sacudiéndome con amabilidad—. ¿Te sientes bien, corazón?
—Oh —exclamé de nuevo, respirando con agitación; no había sido más que un sueño, algo no real. Las lágrimas se derramaron de mis ojos sin aviso previo, para mi profundo asombro, chorreando por mi cara.
—¡Bella! —exclamó él, en voz más alta, algo alarmada ahora—. ¿Qué es lo que va mal? —restañó las lágrimas de mis calientes mejillas con unos dedos fríos y frenéticos, pero éstas caían más y más.
—Era sólo un sueño —no podía contener el sollozo sordo que quebraba mi voz. Aquellas lágrimas sin sentido me molestaban, pero no podía controlar la pena asombrosa que se había apropiado de mí. Deseaba tanto que ese sueño fuera real...
—Todo va bien, cielo, estás bien, y yo estoy aquí —me acunó hacia atrás y hacia delante, quizás con demasiada rapidez como para que realmente me ayudara a calmarme—. ¿Has tenido otra pesadilla? No es real, no lo es.
—No era una pesadilla —sacudí la cabeza, frotando el dorso de mi mano contra los ojos—. Era un buen sueño —y mi voz se quebró de nuevo.
—Entonces, ¿por qué lloras? —me preguntó, perplejo.
—Pues porque me he despertado —gemí, envolviendo su cuello entre mis brazos con tanta fuerza que casi lo ahogaba y sollozando contra su garganta.
Él se echó a reír ante mi lógica, pero el sonido tenía un matiz de tensión, debido a su interés por mi angustia.
—Todo va bien, Bella. Respira hondo.
—Es que era tan real —lloré yo—. Y yo quería que fuese real.
—Cuéntamelo —me urgió él—. Quizás eso te ayude.
—Estábamos en la playa... —la voz se me desvaneció, devolviendo la mirada de mis ojos llenos de lágrimas a su rostro de ángel lleno de ansiedad, apenas discernible en la oscuridad. Le miré con amargura mientras aquella pena irracional comenzaba a disminuir.
—¿Y? —insistió él, finalmente.
Parpadeé para limpiarme los ojos de lágrimas, alicaída.
—Oh, Edward...
—Cuéntamelo, Bella —me suplicó él, con los ojos desencajados por la preocupación que le provocaba la pena que destilaba mi voz.
Pero yo no podía. En vez de eso, colgué mis brazos de nuevo en torno a su cuello y trabé mi boca en la suya con un afán casi febril. No era deseo en absoluto, era pura necesidad, agudizada por el dolor. Su respuesta fue instantánea, pero seguida a continuación por su rechazo.
Luchó por deshacerse de mí con tanta dulzura como pudo debido a la sorpresa, apartándome mientras me sujetaba por los brazos.
—No, Bella —insistió él, mirándome como si le preocupara que hubiera perdido la cabeza.
Dejé caer los brazos, derrotados, con aquellas lágrimas derramándose por mi rostro como un fresco torrente y con un nuevo sollozo alzándose en mi garganta. Él tenía razón, debía de estar loca.
Me miró con ojos confusos, llenos de angustia.
—Lo ss... ssiento —tartamudeé.
Pero él me abrazó de nuevo, apretándome con fuerza contra su pecho marmóreo.
—¡No puedo, Bella, no puedo! —su gemido sonaba lleno de angustia.
—Por favor —supliqué, con la voz sofocada contra su piel—, por favor, Edward...
No sé si fueron las lágrimas que temblaban en mi voz lo que le conmovió, o que no estaba preparado para resistirse a lo repentino de mi ataque, o simplemente, que su necesidad era tan insoportable en ese momento como la mía. Fuera cual fuera la razón, presionó sus labios contra los míos, rindiéndose con un gemido.
Y comenzamos allá donde había terminado mi sueño.
Me quedé muy quieta cuando me desperté por la mañana e intenté mantener mi respiración acompasada. Tenía miedo de abrir los ojos.
Estaba tumbada atravesada sobre el pecho de Edward, pero él permanecía completamente inmóvil y no me había ceñido con sus brazos. Eso era mala señal. Tenía miedo de admitir que estaba despierta y enfrentarme a su ira, sin importarme a quién la dirigiera en estos momentos.
Con cuidado, espié entre las pestañas. Tenía la mirada clavada en el techo oscuro. Con los brazos detrás de la cabeza. Me alcé apoyándome sobre un codo de modo que pudiera ver mejor su cara. Su expresión era tranquila, impasible.
—¿Estoy metida en un buen lío? —le pregunté en voz baja.
—En uno muy grande —me respondió, pero volvió la cabeza y dejó ver una sonrisita de suficiencia.
Suspiré algo aliviada.
—Lo siento —confesé—, yo no quería... Bueno, no sé exactamente cómo fue la cosa anoche —sacudí la cabeza ante el recuerdo de mis lágrimas irracionales y aquella pena apabullante.
—Al final, no me dijiste de qué iba tu sueño.
—Supongo que no, pero creo que te he mostrado más o menos de lo que iba —comenté y luego me eché a reír con nerviosismo.
—Oh —respondió él y después pestañeó—. Qué interesante.
—Era un sueño muy, muy bueno —murmuré yo. Él no hizo ningún comentario, así que unos cuantos segundos más tarde yo pregunté a mi vez—. ¿Me has perdonado?
—Me lo estoy pensando.
Me senté, planeando examinarme el cuerpo, aunque al menos esta vez no parecía estar llena de plumas. Pero cuando me moví, me asaltó un extraño mareo repentino. Me tambaleé y caí de nuevo contra las almohadas.
—Guau.,. Se me va la cabeza.
Sus brazos me envolvieron de nuevo.
—Has dormido un montón de horas. Doce.
—¿Doce? —qué raro.
Me eché una rápida ojeada mientras hablaba, intentando que no se notase el examen. Tenía buen aspecto. Los cardenales de mis brazos amarilleaban ya porque tenían una semana de antigüedad. Me estiré para probar y seguía sintiéndome bien. En realidad, mejor que bien.
—¿Está completo el inventario?
Asentí algo avergonzada.
—Y las almohadas parece que han sobrevivido también.
—Desafortunadamente, no podemos decir lo mismo de tu, esto, camisón —señaló con un asentimiento hacia los pies de la cama, donde se encontraban los restos de encaje negro destrozados sobre las sábanas de seda.
—Qué mal —repliqué—, ése me gustaba de verdad.
—A mí también,
—¿Hay alguna otra baja? —le pregunté con timidez.
—Tendré que comprarle a Esme un cabecero nuevo —confesó, echando una ojeada sobre su hombro. Seguí la dirección de su mirada y me quedé atónita cuando vi que faltaban unos trozos grandes de madera de la parte izquierda del cabecero, que parecían haber sido arrancados.
—Mmm —fruncí el ceño—, supongo que debería haber oído esto.
—Creo que, en gran medida, pierdes la capacidad de observar cuando tienes la atención fija en alguna otra cosa.
—Sí, puede que estuviera algo absorta —admití, enrojeciendo hasta alcanzar un rojo profundo.
Él acarició mis mejillas que parecían arder y suspiró.
—De verdad que voy a echar esto de menos.
Me quedé mirando su rostro, esperando encontrar los signos de ira o de remordimiento que tanto temía. Me devolvió la mirada tranquilamente, con la expresión serena pero a pesar de todo ilegible.
—¿Qué tal te sientes?
Él se echó a reír.
—¿Qué? —le exigí.
—Tienes un aspecto tan culpable... como si hubieras cometido un crimen.
—Es que me siento culpable —mascullé entre dientes.
—Sólo porque has seducido a un marido que por otro lado lo estaba deseando. Pues eso no parece un crimen capital.
Me dio la sensación de que estaba de broma.
Se me enrojecieron aún más las mejillas.
—La palabra «seducir» implica una cierta cantidad de premeditación.
—Quizás sea una palabra equivocada —concedió él.
—¿No estás enfadado?
Él sonrió con arrepentimiento.
—No estoy enfadado.
—¿Por qué no?
—Bueno... —de pronto, enmudeció—. No te he hecho daño, para empezar. Me ha resultado más fácil esta vez controlarme, canalizar los excesos —sus ojos regresaron de nuevo al cabecero dañado—. Quizá porque tenía una idea más exacta de lo que podía esperar.
Una sonrisa esperanzada comenzó a extenderse por mi rostro.
—Ya te dije que todo era cuestión de práctica.
Él puso los ojos en blanco.
Mi estómago rugió y él se echó a reír.
—¿Hora de desayunar para los humanos?
—Por favor —rogué yo, saltando de la cama. Pero me moví con demasiada rapidez y tuve que trastabillar como una borracha hasta recuperar el equilibrio. El me cogió antes de que me tropezara con el tocador.
—¿Te encuentras bien?
—Si no adquiero mejor sentido del equilibrio en mi próxima vida, plantearé una reclamación.
Esa mañana fui yo quien cocinó, y me freí unos huevos, ya que estaba demasiado hambrienta para hacer algo más elaborado. Con impaciencia, los puse en un plato apenas unos minutos después.
—¿Desde cuándo te gustan los huevos fritos sólo por un lado? —me preguntó. —Desde hoy.
—¿Sabes cuántos huevos te has comido durante la semana pasada? —sacó el basurero de debajo del fregadero que estaba lleno de contenedores azules vacíos.
—Qué extraño —repliqué después de tragarme un bocado que quemaba—, este sitio parece que me desarregla el apetito —y también parecía alterar mis sueños y mi ya dudoso equilibrio—. Pero me gusta estar aquí. Probablemente tendremos que irnos pronto, supongo, ¿no?, si queremos llegar a Dartmouth con tiempo. Guau, y también es de suponer que tendremos que buscar un sitio para vivir y todo eso.
Él se sentó justo a mi lado.
—Ya puedes dejar de fingir que quieres ir a la facultad, porque te has salido con la tuya. Y no llegamos a ningún tipo de trato al que tengas ahora que plegarte.
Resoplé.
—No estaba simulando nada, Edward. No me paso mi tiempo libre conspirando como hacen algunos. ¿Qué es lo que podemos hacer hoy para dejar rendida a Bella? —inquirí haciendo una pobre imitación de su voz. Él se echó a reír, sin rastro de culpabilidad—. Realmente me apetece seguir siendo humana un poco más —me incliné para recorrer con la mano su pecho desnudo—. Todavía no he terminado contigo.
El me dedicó una mirada cargada de suspicacia.
—¿Por esto? —preguntó, cogiéndome la mano que ahora se deslizaba hacia abajo por su estómago—. ¿El sexo ha sido siempre la clave de todo? —puso los ojos en blanco—. ¿Cómo no se me ocurrió? —masculló en tono sarcástico—. Me hubiera ahorrado una gran cantidad de discusiones.
Me eché a reír.
—Ah, sí, ya lo creo, casi seguro.
—Eres tan humana —insistió de nuevo.
—Ya lo sé.
Una sonrisa casi inexistente elevó ligeramente las comisuras de sus labios.
—¿Quieres que vayamos a Dartmouth? ¿De verdad?
—Es probable que me carguen en el primer semestre.
—Yo te daré clase —su sonrisa se amplió ahora—. Te va a encantar la facultad.
—¿Y crees que se podrá encontrar un apartamento a estas alturas?
Él hizo una mueca, con aspecto culpable.
—Bueno, ya tenemos una especie de casa allí. Ya sabes, sólo por si acaso.
—¿Has comprado una casa?
—La propiedad inmobiliaria es una buena inversión. Alcé una ceja pero decidí dejarlo estar.
—Así que estamos preparados, entonces.
—Tendré que ver si podemos mantener tu coche «de antes» un poco más de tiempo...
—Sí, no quiera el cielo que tenga un vehículo sin protección antitanque.
Sonrió con todas sus ganas.
—¿Cuántos días podemos quedarnos aquí? —le pregunté.
—Vamos bien de tiempo. Si quieres, unas cuantas semanas más. Y después, ir a visitar a Charlie antes de irnos a New Hampshire. Podríamos pasar las Navidades con Renée...
Sus palabras me pintaron un futuro inmediato muy feliz, uno libre de dolor para todos los implicados. El cajón donde estaba encerrado Jacob, aunque no lo había olvidado de ninguna manera, se agitó en mi memoria, así que corregí la idea, al menos para casi todos.
Pero esto no iba a ser nada fácil. Una vez que había descubierto lo bien que me podía ir siendo humana, tenía la tentación de posponer indefinidamente mis planes: hasta los diecinueve o los veinte o... ¿es que tenía alguna importancia en realidad? Y continuar siendo humana con Edward a mi lado... era algo que cada día se volvía más tentador.
—Unas cuantas semanas —accedí, y después como nunca parecía bastante, añadí—. Así que estaba pensando... ¿te acuerdas de lo que acabo de decirte acerca de la práctica?
Él se echó a reír.
—No creo que vayas a dejar que se me olvide... pero oigo una lancha. El equipo de limpieza debe de estar viniendo hacia aquí.
Él tampoco quería que le dejara olvidarse, o sea, ¿que no me iba a dar más problemas en cuanto a la práctica? La idea me hizo sonreír.
—Déjame que le explique el desastre de la habitación blanca a Gustavo, y después podemos salir. Hay un sitio en la selva, al sur...
—No quiero salir, no me voy a pasar todo el día de excursión por la isla. Deseo quedarme aquí y ver una película.
El apretó los labios, intentando contener la risa ante mi tono contrariado.
—De acuerdo, lo que tú quieras. ¿Por qué no vas escogiendo una mientras abro la puerta?
—No he oído llamar.
Él inclinó la cabeza hacia un lado, atento. Medio segundo más tarde, se escuchó un golpe ligero, tímido, en la puerta. Sonrió y se volvió hacia el vestíbulo.
Me entretuve revolviendo en las estanterías que había debajo de la gran televisión y comencé a leer los títulos. Era difícil decidir por dónde empezar, ya que había más DVD que en un videoclub.
Escuché la baja voz aterciopelada de Edward mientras se acercaba por el vestíbulo, conversando de forma fluida en lo que supuse sería un perfecto portugués. Otra voz humana, más áspera, le contestaba en la misma lengua.
Edward los hizo entrar en la habitación, señalando hacia la cocina. Los dos brasileños parecían muy bajitos y de piel muy oscura a su lado. Uno era grueso y la otra una mujer delgada, ambos con los rostros arrugados. Edward hizo un gesto señalándome con una sonrisa orgullosa y percibí mi nombre mezclado con un chorro de palabras poco familiares. Me ruboricé un poco cuando pensé en el desastre lleno de plumas de la habitación blanca, con el que se encontrarían pronto. El hombre bajito me sonrió educadamente.
Pero la pequeña mujer de piel color café no sonrió en absoluto. Se me quedó mirando con una mezcla de sorpresa, preocupación y sobre todo, con ojos dilatados por el espanto. Antes de que pudiera reaccionar, Edward les pidió que le siguieran hacia aquel gallinero lleno de plumas y se fueron.
Cuando regresó, venía solo. Caminó con rapidez hasta mi lado y me envolvió en sus brazos.
—¿Qué le pasa a la mujer? —le susurré alarmada, recordando su expresión llena de pánico.
Él se encogió de hombros, imperturbable.
—Kaure es en parte una india ticuna. Se ha criado de modo que es más supersticiosa, o quizás sería más apropiado decir más consciente de lo sobrenatural, que el resto de la gente que vive en el mundo moderno. Sospecha lo que soy o anda bastante cerca —sin embargo no sonaba preocupado—. Aquí también tienen sus propias leyendas, el libishomen, un demonio bebedor de sangre cuyas presas son exclusivamente mujeres hermosas —me dirigió una mirada procaz.
¿Sólo mujeres hermosas? Bueno, eso sin duda era adulación pura y dura.
—Parecía aterrorizada —repuse.
—Y lo está, pero sobre todo preocupada por ti.
—¿Por mí?
—Tiene miedo del motivo que tengo para retenerte aquí, sola —se echó a reír entre dientes con aspecto misterioso y después se dirigió hacia la pared llena de películas—. Oh, vale, ¿por qué no escoges una? Es algo que podemos hacer y es propio de humanos.
—Sí, seguro que una película la convencerá de que tú eres humano —me eché a reír y junté las manos con firmeza alrededor de su cuello, estirándome sobre las puntas de mis pies. Él se inclinó para que pudiera besarle y entonces sus brazos se tensaron a mi alrededor, alzándome del suelo de modo que no tuviera que inclinarse.
—La película, calla, la película —murmuré cuando sus labios se deslizaron por mi garganta abajo, y yo retorcía los dedos entrelazados en su pelo de color bronce.
Se oyó un jadeo violento y él me puso en el suelo con brusquedad. Kaure estaba paralizada en el pasillo, con unas cuantas plumas enredadas en su pelo negro, un saco grande lleno en los brazos, y una expresión de horror pintada en el rostro. Se me quedó mirando con fijeza, con los ojos saliéndosele de las órbitas, mientras yo me ruborizaba y bajaba la mirada. Entonces ella se recobró de la impresión y murmuró algo que sonaba claramente a disculpa, incluso en aquel idioma que me era tan poco familiar. Edward sonrió y le contestó en un tono amigable. Ella apartó los ojos oscuros y continuó avanzando por el vestíbulo.
—Está pensando lo que creo que está pensando, ¿no? —mascullé.
Él se echó a reír ante mi frase retorcida.
—Sí.
—Ésta —comenté, rebuscando con la mano al azar y cogiendo una película cualquiera—. Pon ésta y hagamos como que la vemos.
La portadilla mostraba un viejo musical lleno de rostros sonrientes y trajes de faldas ahuecadas.
—Muy típico de una luna de miel —aprobó Edward.
Mientras en la pantalla los actores bailaban al son de una animada canción introductoria, yo me apoltroné en el sofá acurrucada en los brazos de Edward.
—¿Nos vamos a mudar ahora a la habitación blanca? —le pregunté perezosamente.
—No lo sé... Ya he destrozado un cabecero sin remedio en la otra habitación... así que será mejor que limitemos los destrozos a una sola área de la casa, de modo que a Esme no le importe volver a invitarnos en otro momento.
Sonreí con todas mis ganas.
—¿Así que habrá más destrozos, eh?
Él se echó a reír al ver mi expresión.
—Creo que será más seguro si es premeditado que si dejamos que me tomes por asalto otra vez.
—Sería sólo cuestión de tiempo —admití como quien no quiere la cosa, pero el pulso se aceleraba en mis venas.
—¿Le pasa algo a tu corazón?
—No. Está sano como un caballo —hice una pausa—. ¿Quieres que vayamos ahora a explorar la zona en estado de demolición?
—Quizá sea más considerado si esperamos hasta que estemos solos. Puede que tú no te des cuenta de cuándo me pongo a destrozar muebles, pero probablemente a ellos les asustaría.
Siendo sincera, ya había olvidado a la gente que había en la otra habitación.
—¡Vale, vale!
Gustavo y Kaure se movían por toda la casa de modo silencioso mientras yo esperaba impaciente a que terminaran e intentaba prestar atención al final de la película en plan «vivieron felices y comieron perdices». Empecé a sentirme amodorrada, aunque según decía Edward, había dormido casi la mitad del día, pero me espabiló una voz brusca. Él se sentó, acunándome aún contra su pecho, y le contestó a Gustavo en un portugués fluido. El hombre asintió y caminó calladamente hacia la puerta principal.
—Han terminado —me dijo Edward.
—¿Y eso quiere decir que ya estamos solos?
—¿Qué te parece si almuerzas primero? —me sugirió él.
Me mordí el labio, ante el dilema. Tenía muchísima hambre.
Con una sonrisa, me cogió la mano y me llevó a la cocina. Conocía mi rostro tan bien, que no me importaba que no pudiera leerme la mente.
—Esto se me está yendo de las manos —me quejé cuando me quedé llena por fin.
—¿Quieres que vayamos a nadar con los delfines esta tarde para quemar las calorías? —me preguntó.
—Quizá más tarde, porque ahora tengo otra idea para quemar esas calorías.
—¿Y cuál es?
—Bueno, nos queda un montón de cabecero todavía...
Pero no pude terminar. Ya me había cogido en brazos y sus labios silenciaron los míos mientras me llevaba a una velocidad muy poco humana hacia la habitación azul.

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