jueves, 24 de marzo de 2011

Conflicto Eterno Cap. 24 Bella, mi novia



Bella, mi novia

No participar en la batalla contra los neófitos había sido lo que Bella me había pedido.
No fue difícil para mí tomar aquella decisión. Ya la había abandonado una vez pese a que ella me pidió que no lo hiciera. Muy caro había pagado por esa estúpida acción, no volvería a cometer dos veces la misma idiotez, no le volvería a abandonar.

Por eso no pude oponerme cuando ella, sin mirarme a los ojos me lo había pedido.
Que ocultase su mirada sólo podía significar que se sintiera culpable por pedirlo siquiera, comprendía el enorme esfuerzo que hacía cuando pedía que no luchara.

Sin pensarlo tomé el móvil y llamé a Alice.

—¿Puedes venir un rato para hacer de “canguro" con Bella? —. Clavé mis ojos en ella, sabía que esa palabra no era una de sus favoritas pero no la dejaría sola mientras corría a casa para hablar con Jasper.

—Es tan típico de Bella y es tan típico de ti que hagas todo lo que ella quiere—. Había respondido mi hermana.

Ella pudo ver mi decisión en cuanto la tomé, ella informó a mi familia mi decisión, decisión que a nadie sorprendió. Entendían que no podía abandonar a Bella prácticamente a su suerte, dejándola sola, bajo el cuidado de dos lobos recién transformado, unos niños prácticamente…. O por lo menos lo comprendía la mayoría de mi familia.


—Wow… Nos divertiremos de lo lindo Rose—. Había gritado Emmett.

“—Lo único que no necesitamos es que uno deserte de nuestras filas—“. Había pensado Jasper.

—No estoy desertando—. Le aclaré en voz alta lo que atrajo la atención de mi familia hacia mí. —No estoy diciendo que no quiera estar ahí, pero ella no puede quedarse en la retaguardia.
Estoy seguro que les haré mucha falta…— Y dicho esto Emmett hizo una mueca de contrariedad.

—A mi no me harás falta, además te perderás toda la acción. ¿ Te das cuenta que es la primera lucha verdadera que hemos tenido? ¿Cómo puedes quedarte fuera?
Este chico si que esta mal de la cabeza—

—Claro, la diversión. Se me había olvidado que lo hacemos por eso—. Le respondí.

—No seas injusto con tu hermano. Él sólo trata de ver el lado bueno de todo esto. Si es que hay algún lado bueno en todo esto—. Agregó Carlisle.

—Creo que Emmett tiene razón en algo, no soy indispensable para ustedes. En cambio para Bella si lo soy—.

—Será mejor así querido. Estoy segura que no nos hubieras servido de mucho con tu mente en otro lugar.
Podrás cuidar de ella. Si algo le llega a pasar… —. Esme me comprendía, ella también creía que era muy fácil que algo saliera mal.

—No puedo vivir sin ella—. Le respondí como simple defensa, pero para mi era más que suficiente. Ella me necesitaba a su lado y ahí estaría para ella.

—Magnifico—. Dijo Jasper

—Es una verdadera irresponsabilidad de tu parte Edward. No lo puedo creer—. Fue la respuesta de Rosalie mientras cruzaba sus brazos sobre su pecho y me reclama tal y cual yo había previsto.

—¡Si! — Exclamó Emmett lleno de alegría. —Genial, ahora si que esto se pone interesante—.

—Claro, será todo un reto para ti, o para cualquiera de nosotros—. Le respondió Jasper sarcásticamente.

—No seas exagerado—. Contraatacó el aludido. —¿Que gracia tiene si Edward se nos adelanta todo el tiempo?.

—¿La gracia de salir “Vivos”? —. Dijo Rosalie aun más enojada.

—No lo necesitamos amorcito. ¿No me dirás que le tienes miedo a unos cuantos vampiritos? — Le preguntó Emmett acercándose a ella, tomándola por la cintura para luego besarle el cuello.

—Algo podría salir mal…. Cualquier cosa—.

—Exacto—. Respondí.



¿Por que mi hermana no podía ver que ella y Bella compartían el mismo sentimiento?.

Rosalie temía por mi familia pero era por Emmett por quien más lo hacia. ¿ Y si sentía aquella ansiedad a pesar de ser una criatura con la fuerza y la resistencia de 100 hombres, por que no podía Bella que era sólo una frágil humana?

—Edward hará lo que él crea que es conveniente. No podemos obligarle a permanecer junto a nosotros si el siente que Bella lo necesita.
¿Acaso cualquiera de nosotros podría hacer lo contrario?

¿Serias tu Jasper, capaz de dejar a Alice al cuidado de unos jóvenes lobos mientras se pelea una batalla por su vida? Crees tu que te exigiríamos estar junto a nosotros en vez de estar con ella?

¿Rosalie, lo harías tú en su lugar?
Si Esme fuera igual de vulnerable y ella me pidiese que no le abandonara yo no lo haría y estoy seguro que todos los presentes en esta sala harían lo mismo.

Dejemos a Edward que haga lo que él crea que es lo mejor ya que no ha venido aquí a pedir nuestra autorización, él ya sabe que hacer, él hará lo correcto—.

“—Ve tranquilo hijo mío, no debemos ser una carga para ti. Tú ya haz elegido llevar una mucho más pesada sobre tus hombros—” Agregó Carlisle con su voz mental. “— Solo procura tenerlo en mente mañana por la noche, cuando nosotros no estemos en casa—“

“Mañana por la noche” Recordé mientras salía de casa y comenzaba a correr por el bosque en dirección hacia donde mi corazón estaba.

Al día siguiente volví a casa, esta vez con Bella a mi lado.

Mi familia se había marchado, era necesario que cazaran para alcanzar la plenitud de su fuerza corpórea, aunque todos estaban concientes que nunca podríamos estar suficientemente preparados para luchar contra los neófitos, nuestra dieta jamás competiría contra la de ellos, nosotros siempre estaríamos en desventaja numérica y proteica.
Pero no había nada que yo o cualquiera de ellos pudiera hacer, éramos las criaturas que éramos y quería dejar de lado todos aquellos cuestionamientos y preocupación por lo menos por algunas horas.
Ayudaba a ello que todo estuviera ya dispuesto, el padre de Bella estaría seguro en la reserva donde el padre de Jacob le mantendría ocupado.
Bella logró hacer que sus amigos no estuvieran en el pueblo, aparentemente se sentía más tranquila, dentro de lo que podía estarlo.
Le había pedido que nos olvidásemos de todo y todos.

—Parece que nunca tenemos tiempo para nosotros. Necesito estar a solas contigo. Sólo contigo—. Le dije.

Necesitaba hacer las cosas bien, necesitaba poder decirle cuanto quería que fuera mi compañera en su vida humana y… y en la otra… cuando llegase ese día.

No insistí en tomar el volante, no estaba en mis planes discutir por algo tan superficial como lo era la velocidad de su coche.
Me senté a su lado disfrutando del silencio de su compañía, eso era suficiente para mi… por ahora.

No quería que mis nervios me traicionaran, había esperado ese momento y había imaginado tantas veces en mi mente de cómo sería, que agradecí el silencio momentáneo, necesitaba encontrar mi centro, mi paz interior, estar tranquilo y controlarme.

El crepúsculo había quedado atrás cuando llegamos a casa de mis padres, ansioso me baje del coche en cuanto apagó el motor, abrí la puerta del copiloto y le tomé entre mis brazos.
Entonces hambriento de ella, como siempre, le besé.

Que bien se sentía tenerle así contra mi cuerpo, la suave caricia de sus brazos alrededor de mi cuello, su corazón latiendo contra mi pecho, su aliento entrando en mi boca, sus labios acariciando los míos, suaves en un principio, devoradores luego. Dejándose llevar también, entregándose, siendo mía como siempre lo había sido.
Era mi Bella, mi novia, mi compañera, mía, mía y de nadie más.

Así, sin dejar de besarle avanzamos hacia la casa, quería que esa noche fuese memorable, quería, si era posible, que permaneciera en su memoria por siempre.
Separé nuestros labios y apreté mis dientes mientras le alejaba de mí, no fue un tarea fácil, sentía como nuestros cuerpos eran atraídos por un invisible fuerza, sin embargo lo logré.

—Bienvenida a casa —. Dije fascinado completamente mientras le dejaba suavemente en el suelo.

—Eso suena bien —. Respondió casi jadeando.

Por ese simple gesto le habría tomado nuevamente entre mis brazos ahí junto a la escalera.
Le ordené a cada uno de mis músculos que se relajaran, aquella sería una noche solemne. ¿En que estaba pensando? ¿Acaso las cosas no eran ya suficientemente complicadas?
Yo era mucho más fuerte que eso, yo debía, por sobre todas las cosas mantenerme firme, sobre todo ahora que estábamos tan cerca.

Me abrazó con todo su cuerpo pero esta vez no me permití soñar despierto con lo exquisito que sería besarla nuevamente.

—Tengo algo para ti —. Dije en cambio.

—¿Qué? —.

—Un objeto usado. Dijiste que podías aceptar regalos de ese tipo, ¿te acuerdas? —. Pregunté esperando que recordara sus palabras.

—Ah, ya. Supongo que lo dije—.

Su actitud reticente no me sorprendió, por alguna razón ya me esperaba una respuesta como esa. Bella se acordaba perfectamente de sus palabras al igual que yo.

—Está en mi habitación—. Anuncié un tanto expectante. —¿Subo a cogerlo? —.

—Claro. Vamos—. Respondió luego de tomar mi mano entre las suya.

El brillo de sus ojos, su dulce, seguro y seductor tono de voz logró generar un escalofrío que recorrió mi espalda.

Me tomó sólo una fracción de segundo el tomarle entre mis brazos y llegar con ella ante la puerta de mi dormitorio.
Me detuve conciente de lo peligroso de la situación, si quería que esa noche todo saliera de forma perfecta debía calmar mi entusiasmo y tomar las cosas con mesura.

Le dejé ahí, de pie en el umbral de mi puerta y corrí en busca de la joya. Tomé la delicada pieza cuidadosamente y la deposité en la palma de mi mano, que frágil era a pesar de ser uno de los materiales mas resistentes conocidos por el hombre, pensé entonces que nada mejor para representarme que ese diamante, en muchos aspectos era como yo, frío, duro, resistente y mi piel reflejaba la luz al igual que el, era sin lugar a dudas el mejor y más adecuado regalo que yo podía hacerle.
Antes de que ella pudiera pestañear volví a su lado, sin embargo me ignoró completamente, sin siquiera levantar la vista para mirarme a los ojos. Avanzó hacia el centro de la habitación donde se encontraba la gran cama…. Donde se encontraba su gran cama después de todo.
Se sentó en un bordé de esta y luego retrocedió lentamente subiendo una pierna y luego la otra hasta que se encontró en el centro mismo de la cama, abrazó sus rodillas y levantando la mirada al fin me dijo:

—¿Y bien?. Enséñamelo—.

Que peligrosa era Bella para mí.
Estaba jugando con mis reacciones y lo más peligro de todo era que ella no tenía miedo, el único que tal vez tendría que tenerlo era yo.

“He ahí un vampiro temeroso de una humana”, era yo sin duda un caso sin igual.
Al pensar en lo ridículo de la situación no pude evitar soltar unas cuantas carcajadas, luego de lo cual subí también junto a ella que pese a todos los esfuerzos que hacia por mostrarse calmada y relajada, su acelerado corazón me decía que era todo lo contrario.
¿Nerviosismo? ¿Expectación? No estaba seguro, pero fuera lo que fuera estaba feliz de que mi familia no estuviera en casa, aquel sonido no pasaría desapercibido para un grupo de vampiros y no estaba de humor esa noche para soportar los comentarios de mis hermanos.

—Es un objeto usado —. Le aclaré al llegar a su lado.
No quería que existieran malos entendidos, me había costado demasiado lograr que aceptara.

Tomé su muñeca prestando atención en la pulsera de la cual colgaba la figura del lobo de madera y al otro extremo de donde este se encontraba colgué el diamante que pertenecido a mi madre.

Bella lo observó con atención, parecía perpleja. ¿Le gustaba? ¿Lo aprobaba?
Estaba seguro que era su primer diamante, pero yo me aseguraría que no fuera el último si ella sentía fascinación por ese tipo de objetos.

Traté de recordar la reacción de mi madre al momento de recibir el obsequio de manos de mi padre pero aquel recuerdo estaba demasiado lejos, ya sea por mi corta edad al momento de aquellos sucesos o simplemente habían desaparecido tras el velo de los recuerdos de mi humanidad.

Luego de unos minutos Bella continuaba en silencio, observando la joya. Le aclaré que era de mi madre pero no quise atar su decisión a mis sentimentalismos. En vez de decir “Tiene un gran significativo para mi Bella, perteneció a la única mujer que ame antes de amarte a ti” No, no quería que ella se sintiera forzada o comprometida a aceptarlo, quería que fuera libre de expresar su parecer.

Entonces fingí indiferencia.

—Heredé de ella un puñado de baratijas como ésta. Ya les he regalado unas cuantas a Esme y a Alice, así que, como ves, no tiene tanta importancia.
Aun así, se me ha ocurrido que podría ser un buen símbolo. Duro y frío. Y a la luz del sol se ve el arco iris—.

Ella levantó los ojos buscando los míos.

—Olvidas que se te parece en algo mucho más importante… Es precioso—. Agregó.

Precioso, pero carente de vida.
Le dije que mi corazón era idéntico a ese que colgaba ahora de su muñeca, silencioso, sin vida, sin embargo, aun así, le pertenecía ahora y siempre.
Entonces contempló la joya un momento más bajo la luz de la lámpara y me dio las gracias por los dos.
Ella me agradecía por darle el diamante y mi corazón mas era yo el agradecido, había aceptado mi regalo sin chistar.

—No te viene mal como práctica —. Le dije en tono de broma y sonreí feliz.

Por que no todo podía ser así de simple con ella.
Ahora que me permitía ser más humano que nunca podía apreciar de una forma nueva las emociones y sentimientos que Bella despertaba en mí.
Frustración, anhelos, alegría. Si yo quería que ella permaneciera humana unos cuantos años más debía ser yo también más humano que nunca, tal vez como nunca antes lo fui.
Emociones, frustraciones nuevas, deseos, sensaciones humanas que me hacían sentir vivo… Y celos, celos también, celos que siente un hombre al disputar el cariño del ser amado con otro hombre, no un vampiro contra otro vampiro o un vampiro contra un hombre lobo, no, celos de hombre a hombre, de igual a igual.
Todas esas sensaciones se despertaban en mi cuando veía a Bella cerca de Jacob, cuando ella acariciaba su pelaje mientras este permanecía en su forma lobuna, cuando él le miraba a esos ojos que eran los espejos de mi alma mientras yo servia de interprete entre la manada y mi familia.
¿Que más podía hacer? Sólo alejarme. Ella no era mi prisionera, el único cautivo era yo.
Mas no tendría que pasar una sola noche más cerca de él, ahora no nos quedaba más que prepararnos para lo que pronto sucedería.

Y ahí esta yo, otra vez divagando, dejándome llevar por ensoñaciones, tantos pensamientos en tan pocos segundos, soñando con sucesos que aun no llegaban.

Vi como se inclinaba levemente contra mi cuerpo
Le rodee con mis brazos atrayéndola hasta que su cuerpo quedó pegado al mío.
No era tiempo de negros pensamientos, no era tiempo de nadie más, ahí, en la noche éramos solo ella y yo.
Entonces cerré mis ojos apoyando mi cabeza contra la suya escuchando el irregular latido de su corazón.
¿En que estaba pensando ella en ese momento?

—¿Podemos hablar de una cosa? —. Dijo de pronto. —De entrada, te agradecería que empezaras abriendo un poco tu mente—.

Mmm... “Cuidado” Me decía una voz en mi cabeza “Cuidado”

—Lo intentaré. — Le respondí cauteloso.

Bella prometió no romper ninguna regla. Aparentemente el “Asunto” sólo nos involucraba a nosotros dos.

—Esto... —. Dijo nerviosamente. — Verás, la otra noche me impresionó la facilidad con que fuimos capaces de llegar a un acuerdo. He pensado que me gustaría aplicar ese mismo principio a una situación diferente—.

Llamó mi atención la formalidad de su vocabulario. Jamás en todo el tiempo que llevábamos juntos le había escuchado expresarse de esa forma.

—¿Qué quieres negociar? —. Le pregunté intrigado.

Sin duda que debía tratarse de un asunto sumamente serio. Además su frecuencia cardiaca había sufrido un incremento significativo al punto inquietarme.

—Escucha a qué velocidad te late el corazón. Parece un colibrí batiendo las alas. ¿Te encuentras bien? —. Interpelé.

No obstante, contestó que se encontraba perfectamente y le invité a continuar.

Al parecer Bella pretendía hablar sobre… sobre, según ella, la “Ridícula” condición de nuestro matrimonio si es que quería que yo la convirtiese.
Sin embargo aquello no era algo que yo pudiese llamar “Ridículo”, por el contrarío para mi no era una condición, más bien era un requerimiento y no era negociable.
Para ella podría ser ridícula, mas no para mí. Además, ¿Qué tenía de malo?

—Me preguntaba si... si se trata de una cuestión negociable—.

—Ya he cedido en lo más importante, al aceptar cobrarme tu vida en contra de mi propio criterio. Lo cual me otorga el derecho a arrancarte a ti ciertos compromisos—. Le respondí enfáticamente.

Definitivamente no era negociable.
Había aceptado a cometer el acto más infame que yo pudiera realizar. Y con ello la condenaba eternamente a estar a mi lado, privándola de una vida llena de felicidades humanas. Pero había cedido, estaba conciente que si no era yo, seria cualquier otro quien lo hiciera, Alice, Emmett, hasta Carlisle.

—No —. Respondió Bella. —Ese trato ya está cerrado. Ahora no estamos discutiendo mi... transformación. Lo que quiero es arreglar algunos detalles—.

¿Detalles? Si lo que quería era aplazar la fecha, pues por mi estaba bien, en realidad estaba más que bien. A menos que no fuera eso…

—¿A qué detalles te refieres, exactamente? —. Quise saber ahora verdaderamente intrigado.

—Primero, aclaremos cuáles son tus condiciones—.

Bella intentó aclarar mis condiciones, pero ella sabía muy bien cuales eran.
Yo no la convertiría sin que antes fuera mi esposa y eso era sólo la primera de mis condiciones.

—¿Es que hay más? —. Expresó ella sorprendida.

—Bueno —. Le contesté sopesando la situación. Si ella se convirtiera en mi esposa entonces, todo lo mío sería legalmente suyo, absolutamente todo.
Ya no habrían excusas para que rechazara mi ayuda económica y después de todo yo no la estaría ayudando, técnicamente ella estaría haciendo uso de lo que corresponde por derecho. —Por ejemplo,—. Continué. —el dinero para tus estudios. Así que no debería haber problema con lo de Dartmouth—.

—Puestos a ser absurdos, ¿se te ocurre algo más? —.

Por supuesto que se ocurrían unas cuantas pero le comenté sólo la más importante para mí...Por ahora y esa era tiempo, yo le pedía tiempo.

—No. Nada de tiempo. Ahí sí que no hay trato—.

No esperaba mucho en realidad, era fácil preveer su reacción, sin embargo nunca dejaría de probar, de intentar alargar su vida, lo intentaría hasta el último momento. Nunca dejaría de luchar por los latidos de su corazón.

—Sólo sería un año, como mucho dos... —. Traté de convencerla, una vez más traté.

Si era constante, si lo intentaba un poco más Bella terminaría viendo que era lo mejor para ella pero nuevamente se mostró inamovible sobre ese tema y apretando los labios negó silenciosamente moviendo la cabeza.

Ante su actitud intenté bromear sobre la situación pero al parecer no era el mejor momento para sacar a colación su viejo y deslavado coche.
Algo le preocupaba, la expresión en su rostro lo gritaba. ¿De que quería hablar? ¿Qué intentaba negociar? Debía ser algo delicado, algo que le costaba expresar.

Tomé su mano entre las mías y acaricié sus dedos mientras meditaba en ello.
Tal vez, después de todo, había algo que Bella quisiera hacer antes de transformarse. ¿Pero que podría ser. ¿Que podía ser tan embarazoso?
¿Algo que yo no pudiera darle? ¿A eso se debía su actitud? ¿Bella quería algo que estaba más allá de mi alcance? Eso era ridículo, yo no escatimaría gastos para complacerla.

Entre más analizaba la situación y su comportamiento, aumentaba de grado sumo mi curiosidad. No me gustaba el sentimiento, la sensación que producía en mí el saber que había algo que ella deseaba y que no era capas de compartir conmigo, hacia que me sintiera impaciente. Y yo le conocía muy bien como para saber que entre más le presionase menos accesibles serian esos pensamientos para mí.

—No me había dado cuenta de que quisieras algo más, aparte de transformarte en un monstruo como yo—. Le dije. —Siento una enorme curiosidad por saber de qué se trata—.

Ocultó sus ojos de mí.
Me sentía inútil. Si, efectivamente había algo que ella quería y lo peor de todo era que temía expresarlo.

Alcanzaba a ver su perfil, miraba hacia abajo, miraba mis manos o tal vez la suya entre las mías.
Entonces vi la sangre fluyendo hacia sus mejillas tiñéndolas levemente de sonrosado.

—¿Te estás ruborizando? —. Pregunté sorprendido ¿Que estaba pensando Bella?
Y continuó en silencio con la mirada baja lo que hacía que mi curiosidad aumentara desesperadamente a cada segundo. —Por favor, Bella, no me gusta el suspenso—.

Pero ella sólo se mordió el labio.

Cuanto odiaba no poder acceder a sus pensamientos más íntimos. Bella sabía lo mucho que me angustiaba cuando los ocultaba de mi y aun así de todas maneras lo hacía y lo hacia intencionalmente.
¿Movida por vergüenza, por temor? Era completamente injusto.
Le había pedido que no lo hiciera, que no temiera nunca compartirlos conmigo fueran cuales fueran.

—Bella... —. Comencé a decir a modo de reproche pero entonces ella habló. Lo hizo con vacilación pero lo hizo.

Dijo que le preocupaba lo que pasara después.
En un principio no entendí muy bien a que se refería pero era algo delicado, lo leía en sus ojos cuando se atrevió a levantarlos.

Ella creía que a mi familia y a mi lo único que nos preocupaba era que ella pudiese exterminar a los habitantes del pueblo.

—Me da miedo estar tan preocupada por contener mis impulsos violentos que no vuelva a ser yo misma... —. Continuó insegura. —Y también me da... me da miedo no volver a desearte como te deseo ahora—.

A si que de eso se trataba todo.
Tanto le había recalcado los inconvenientes de ser un monstruo sediento de sangre que después de todo algo había entendido. Mas ella no debía temer, aquel fuego no le quemaría por mucho tiempo. ¿Que era un año dentro de la eternidad después de todo?.
Y no estaría sola, yo estaría con ella, conteniéndola, apoyándola.

Traté de tranquilizarla, Bella no se daría cuenta, el tiempo pasaría rápido. Esa fase no duraba eternamente.

—Edward —. Dijo y entonces volvió a bajar la mirada. —Hay algo que me gustaría hacer antes de dejar de ser humana—.

¡Por fin!.
No podía creer lo que estaba escuchando. Ella al fin se había dado cuenta que habían experiencias dignas de explorar.

—Lo que quieras —. Expresé infundiéndole valor.

—¿Me lo prometes? —.

Claro que lo prometía.
Haría todo para que viviese todo lo que quisiera, no tendría reparo alguno. No escatimaría en gastos, ni le pondría travas. Si quería ver el mundo con sus ojos mortales, así sería. Todo, todo, todo. Yo le daría todo.

—Sí —. Respondí y Bella levantó sus ojos hacia mí. Tanta ilusión y la vez tanto temor había en ellos. No debía temer, yo nunca le negaría nada. —Dime lo que quieres, y lo tendrás—.

—Te quiero a ti —.

Mi adorable Bella. Yo era y siempre sería suyo.
Trate de reconfórtala con una sonrisa. Ella no debía temer.
Desvió nuevamente su mirada de la mía, luego sobre la cama, frente a mi se puso de rodillas, y me besó.
Había algo más ahí, oculto en sus palabras, lo sentía. Su actuar, la dificultad con la cual…

Estaba tan absorto tratando de dilucidad este verdadero misterio que no fui conciente de sus actos.
Demasiado tarde me dí cuenta.
Sus manos bajando por mi nuca, rozando mis hombros. Sus manos tratando de desabrochar los botones de mi camisa. Me congelé en el acto y comprendí.
¿A eso se refería al decir que me quería a mí?

Era… Ridículo. Eso no podía suceder.
No podía darme el lujo de pensar en ello siquiera.
Menos hoy, menos en esas condiciones.

Le pedí que fuera razonable, entonces Bella me recordó que yo se lo había prometido.
Sin embargo aquello estaba fuera de discusión, todo lo que se relacionara a mantener su alma inmaculada estaba estrictamente fuera de negociación.
Abroché los botones que me había soltado mientras me miraba perpleja al mismo tiempo hacia rechinar sus dientes.

—Pues yo digo que sí vamos a discutirlo —.

Casi violentamente comenzó a desabrochar los botones de su blusa. Era perturbador ver un brillo salvaje en sus ojos, ver aquella determinación. Bella no era así, ella no se comportaba de esa forma.
Estaba a punto de arruinarse nuestra noche por completo.
Tomé sus muñecas entre mis manos y le inmovilice.

—Y yo te digo que no—. Le contradije.

El silencio se sintió entre nosotros. Yo me sentía molesto. ¿Por qué estaba haciendo esto?

—Tú querías saber —. Dijo rabiosamente.

Jamás se me pasó por la cabeza que algo como esto pudiera suceder. ¿Por qué me pedía lo único en el mundo que yo no quería, que no podía darle?

—Creí que se trataba de un deseo vagamente realista—. Respondí en el mismo tono de voz.

Comenzó a escupir envenenadas palabras, estaba conciente que no era ella quien hablaba, ahora esta más seguro que nunca, sus hormonas estaban causando todo este embrollo.

—De modo que tú puedes pedir cualquier estupidez que te apetezca, por ejemplo, casarnos, pero yo no tengo derecho ni siquiera a discutir lo que... —.

No pude seguir escuchando sus reproches.
Yo no quería frustrarla, pero ya era demasiado pesado para mí tener que soportar el deseo que sentía por ella para que de pronto me lanzara el suyo en pleno rostro.
En un acto completamente irracional de mi parte sujeté sus dos brazos asiéndolos por arriba de su cabeza con una de mis manos y con la que quedó libre tapé su boca.
Era absurdo, completamente absurdo tener que llegar a esos extremos, pero me sentí sobrepasado. Necesitaba que Bella se calmara. ¿En que momento se había desvanecido la magia y nos habíamos sumergido en esta pelea sin sentido? Yo no cedería y estaba seguro que ella tampoco.

—No —. Dije zanjando la discusión por completo mi decisión era inamovible.

Su violenta respiración quemaba la palma de mi mano mientras su pecho subía y bajaba al ritmo de su acelerada respiración.

Ante mi negación su ira disminuyó lentamente.
Con cada inhalación su corazón aminoraba sus frenéticos latidos y se tranquilizaba. La sangre bajó de su rostro y fue recuperando su color habitual, poco a poco vi como la ira se desvanecía.

¿Dónde estaba la impertinente de mi hermana cuando se le necesitaba? Ella habría sabido distraer la tensa situación, me habría dado tiempo para que Bella se calmara completamente.
Pero estábamos solos y sumidos en una lucha ridícula.

Odiaba tener que brusco o parecer desalmado pero no tenía otra opción.
Ella no tenía derecho a presionar de esa forma, no tenía derecho a ser intransigente, a pedir imposibles.
¿Por que se empeñaba, por que estaba ansiosa de condenarse, en perder la vida?.
Traté yo también de calmarme.
Bella estaba en su derecho. Acaso no era yo quien le impulsaba a vivir experiencias humanas?
Apreté mis dientes, era tan injusto para ambos.

Algo llamó mi atención entonces. Bella estaba calmada por completo, había vuelto a bajar la mirada y su rostro se teñía nuevamente de rojo, pero esta vez no era rabia. Bella estaba ruborizada.

Suspiré resignado mientras retiraba mi mano de su boca y le pregunte que le pasaba, mas ella sólo contesto que nada pasaba.
Mentía, lo leí en su rostro, lo vi en la forma en la cual ocultaba sus ojos de mí.
¿Estaba avergonzada nuevamente? Debería estarlo sin duda, pero había algo más.

Era una mujer inteligente, en el fondo sabía que era por su seguridad, que solamente intentaba protegerla. ¿Y si era así, si ella lo sabía entonces por que sus ojos comenzaban a ponerse cristalinos? ¿Era una lágrima eso que asomaba?
¡No!. ¿Pero por que? ¿Había sido un poco brusco pero no como para herirla, le había tomado firmemente mas no fuertemente, estaba seguro de eso. No había duda, no había herido sus brazos o su boca. No había presionado, era un hecho. No le… No le herí fisicamen…te…

—¿He herido tus sentimientos? —. Pregunté incrédulo.

—No —. Dijo apenas.

¡Rayos! Rayos! Rayos!
¡Pero que idiota, que estúpido! ¿Como podía ser tan estúpido?
Claro que lo había hecho.

Sin esperar un sólo segundo más le tomé entre mis brazos acunándola y acariciar su rostro con la yema de mis dedos.

—Sabes por qué tengo que decirte que no —. Le asegure rozando su frente con mis labios. —Y también sabes que te deseo.

Ella dudó de mí y a continuación le aclaré que no debía dudar, era absurdo que desconfiara. Era irrisorio que lo creyera y sin querer lancé una sonora risotada.
Ese día Bella se encontraba verdaderamente hipersensible empero me arrepentí de reír de esa manera y recobré la compostura.
Que ella dudase de esa forma de si misma era un tema delicado. ¿No veía lo aterradoramente exquisita que era?

—Todo el mundo te desea. Sé que hay una cola inmensa de candidatos detrás de mí, todos maniobrando para colocarse en primera posición, a la espera de que yo cometa un error...
Eres demasiado deseable para tu propia seguridad—.

Si yo no estuviera tan determinado… Si yo no le amara de la forma en la cual lo hacia…

—¿Quién es el tonto ahora? —. Expresó a modo de respuesta.

¿No me creía? ¿Tenia que darle más pruebas?
¿Cuantas veces había estado yo a punto de cruzar la línea de lo seguro para ella? ¿Cuantas veces el deseo me había golpeado como grandes olas bañando mi cuerpo por completo con tan sólo rozar su piel?
Ella no estaba al tanto de lo perturbadora que podía llegar a ser y no era solamente yo quien era afectado por sus encantos, no, muy a mi pesar eso no era así.

Era necesario que le digiera todos los nombres de mis contrincantes?
Estaba seguro que ella conocía muy bien algunos de esos nombres, era imposible que no se diera cuenta.
Eric Yorkie en su momento, Tyler Crowley, Mike Newton, eran sólo el principio de la larga lista y claro, no podía dejar de lado al molesto e insistente de Jacob Black. El resto de la nomina seguramente le sorprendería.
Lógicamente ella no creyó mis palabras, pensaba que sólo quería distraerle.
¿Como podía estar tan ciega?

Por alguna extraña razón Bella creía que mi negación se debía a que ella había hecho algo mal, luego enumeró las condiciones que yo anteponía para su transformación sin poder evitar hacer un gesto de repulsión al hacer alusión a nuestro matrimonio y continuo con otras que en realidad nada significaban para mí, eran simples sugerencias realmente. Universidad, dinero, tiempo.

—Además, no te importaría que mi vehículo fuera un poco más rápido. ¿Se me olvida algo? Es una lista considerable—. Agregó.

¿Lo era? No me había detenido a considerarlo siquiera. Para mi eran cosas sin importancia, para mi la única exigencia era la primera en su lista, el resto no eran más que peticiones.

—A cambio, mi pequeña y solitaria exigencia es... —. Dijo ella.

¿Exigencia?. ¿Había dicho exigencia?.

—Sí, he dicho exigencia—.

Tenía que ser una broma.

Aunque aparentemente no lo era, quedó muy claro luego que digiera que casarse sería como una condena para ella y que no pensaba aceptar, a menos que recibiera algo a cambio.
Y suponía que ese “Algo” significaba poner punto final a su virginidad y de paso la mía también.
El precio era muy alto, no estaba en condiciones de pagar algo como aquello. Era demasiado frágil, era demasiado peligroso. Bella tenía que ser paciente.
Estaba conciente de que todo esfuerzo por hacerla entrar en razón sería inútil. Mas estaba seguro que llegaría un punto en el cual ella por fin comprendería, sopesaría el esfuerzo y la fuerza de voluntad de la cual tuve que hacer acopio para que siguiera respirando, viviendo.
Pero hoy no me rendiría, hoy no cedería.

—Ahí está el problema. Cuando sea menos frágil, ya nada será igual. ¡Yo no seré la misma persona! Ni siquiera estoy segura de quién seré para entonces—.

Que equivocada estaba, ella continuaría siendo la misma. Los mismos buenos sentimientos, su esencia se mantendría intacta, continuaría siendo mi Bella.

—Si cambio lo bastante como para querer matar a Charlie, o chupar la sangre de Jacob o de Ángela si tengo ocasión, ¿cómo voy a seguir siendo la misma? —.

—Se te pasará—. Le prometí. Si de algo podía estar seguro era de que jamás le apetecería beber sangre de perro. —Aunque seas una renacida, una neófita, seguro que tienes mejor gusto—.

—Pero eso será lo que más voy a desear siempre, ¿verdad?. ¡Sangre, sangre y más sangre! —.

Sus palabras estaban muy lejos de la realidad. Que ella siguiese con vida era la prueba de ello. En todos mis años de vida jamás sentí o pude ser testigo de otra sangre que cantase tan fuerte como lo hacia la de Bella para mi. Era un llamado tan claro, tan seductor y avasallante que cualquier otro se habría rendido de inmediato ante el.
Pero yo no era cualquier vampiro, era un vampiro enamorado y el único canto que quería oír era el de su corazón latiendo fuerte y claro por la mayor cantidad de años que me fuera posible.

—Eso es fácil de decir sólo por que han pasado más de ochenta años para ti. Yo estoy hablando de algo físico—. Respondió Bella. Era una chica inteligente, sabía que con el tiempo volvería a ser ella misma.—. Pero en lo puramente físico, siempre tendré sed, por encima de cualquier otro deseo, así que seré distinta—. Y su inteligencia se igualaba a su intuición—.

Aquella sensación será como un dolor lacerante y desgarrador, llenará cada uno de sus sentidos y no dejará lugar para nada más. Yo lo sabía, todos lo sabíamos y ella, sin ser de los nuestros lo sabía también. ¿Qué podía hacer? Negarlo? Decirle que sería simple de sobre llevar? No lo sería, por lo menos no el primer año, pero en el tiempo aquella sensación se mantendría, la diferencia estaría en que su tolerancia al dolor se haría más resistente.

—Porque ahora mismo lo que más deseo eres tú—. Continuó. —Más que la comida o el agua o el oxígeno. Mi mente tiene una lista de prioridades ordenada de forma algo más racional, pero mi cuerpo... —.

Su cuerpo…
Su cuerpo, al igual que el mío, ansiaba calmar el apetito que sentía el uno por el otro. Rotó levemente su cabeza para besar la palma de mano y sentí como la piel me quemaba al entrar en contacto con sus tersos labios.
Traté de respirar hondo para hacer caso omiso a esta sensación pero al hacerlo su olor se coló hacía mi interior y de pronto la sentía completamente en todo mi cuerpo, en mi ser, en mi mente, llenando cada célula, cada sentido pero luché y le recordé que era peligroso, que podría matarle, aunque ella creía que yo no sería capaz.

Fueron las palabras adecuadas, sacudí mi mente. Hacía mal en creer eso.
Si yo me dejaba llevar, si me entregaba a la pasión que sentía por ella no sería capaz de detenerme.
Había probado su sangre hace mucho tiempo atrás pero aun recordaba su sabor. El horror de creerla muerta había arrebatado de mi ser todo deseó de beber su sangre, el renunciar a desear su cuerpo era otro asunto y cuando se posee una fuerza descomunal es estúpido dejarse llevar si se quiere mantener a salvo al ser amado, sobre todo si es delicado e indefenso como lo era Bella para mi.

Dejé de acariciar su rostro y retiré mi mano para coger una de las muchas flores de hierro que formaban el intrincado adorno que formaba parte del dosel de la cama. Arrancarla fue fácil, la tomé como si fuese una flor verdadera que era arrancada de su fino tallo. La sostuve frente a sus ojos un segundo y luego empuñé mi mano aplicando sólo una pequeña fracción de mi fuerza, aquello fue suficiente para que quedase reducida a cenizas y volví a abrir mi mano para que ella la observase.
Aquel acto no obtuvo el resultado deseado para mí ya que me lanzó una furibunda mirada.

—No me refería a eso. Ya sé cuánta fuerza tienes, no hace falta que destroces los muebles—.

¿A que se refería entonces? Una vez más no le comprendía y eso me frustraba de sobremanera.
Molesto lancé las cenizas que permanecían en mi mano y esperé que me contestase.

—Obviamente, no me refiero a que no pudieras herirme si lo desearas... Es más importante que eso: se trata de que no quieres hacerme daño. Por eso creo que no serías capaz—.

Comprendí entonces que quería decir.
Bella apostaba todo a mi insuficiente fuerza de voluntad, creía que yo, haciendo acopio de todo mi amor, sabría como refrenar cualquier impulso por herirla. Y de eso podía estar segura, siempre lo intentaría, pero no me fiaría de algo que yo no conocía, de algo que no estaba seguro que poder o no controlar.
Traté de explicarle que tal vez las cosas no funcionasen de esa forma pero sólo conseguí que ella se burlase de mí.

—Tienes tanta idea de lo que estás diciendo como yo—.

Claro que la tenía. ¿Acaso pensaba que yo correría un riesgo así de grande con ella?
No pretendía probar cuales eran mis limites con ella, había quedado claro, nunca debía dar nada por sentado con ella. Además no era mi conejillo de indias, era la luz de mis días y no estaba dispuesto a apagar su vida por un simple experimento.
No cedería ante sus peticiones, hacerlo era una locura.

Nos contemplamos un momento.
Sus ojos brillaban y supe que su mente trabajaba a mil revoluciones por minuto pensando en como rebatir mis palabras. Pero no había nada que ella pudiese decir que me hiciese cambiar de idea.
Me preparé entonces para una nueva discusión.

—Por favor —. Imploró de pronto y una mueca de desesperación se dibujo en su rostro.
Aquella mirada, aquella angustia, la había visto no hace mucho, aquel rostro.
Lo recordaba muy bien. Su rostro cubierto por una mueca de dolor cuando me rogaba que abriese mis ojos y viera que ella estaba viva.
Entonces le vi, el mismo brillo en sus ojos, el mismo dolor. Ahora volvía a rogar, esta vez por algo completamente diferente. —Es lo único que quiero. Por favor... —. Terminó de decir.

La evocación de aquel recuerdo caló hondo en mi pecho.
Ella había corrido un riesgo mortal por mí y yo no podía siquiera…

—Por favor... —. Volvió a decir suavemente y yo no sabía como decirle no nuevamente. —No tienes que darme ninguna garantía. Si no funciona, vale, no pasa nada. Sólo te pido que lo intentemos. Únicamente intentarlo, ¿vale? A cambio te daré lo que quieras. Me casaré contigo. Dejaré que me pagues la matrícula en Dartmouth y no me quejaré cuando les sobornes para que me admitan. Hasta puedes comprarme un coche más potente, si eso te hace feliz. Pero sólo... Por favor... —.

Las palabras salieron disparadas de su boca. Ella me daba todo, absolutamente todo lo que yo antes tanto le había pedido, a cambio sólo me pedía que yo, haciendo acopio de toda mi sobrenatural fuerza de voluntad intentase no matarle mientras nos entregábamos el uno al otro.

Me dejé llevar, le tomé entre mis brazos y le hablé al oído mientras se estremecía por completo.

—Esta sensación es insoportable. Hay tantas cosas que he querido darte... Y tú decides pedirme precisamente esto. ¿Tienes idea de lo doloroso que me resulta negarme cuando me lo suplicas de esta forma? —.

—Entonces, no te niegues —.

Y ella volvió a suplicar sensualmente y mis defensas cayeron al suelo, desechas, derretidas por tu calor.
Intenté pensar pero sin darme cuenta mis labios ya recorrían su cuello mientras su corazón acelerado hasta el momento rompía a latir aun más aprisa.
Podía escuchar su sangre viajando violentamente por su torrente sanguíneo, podía ver cada poro, cada diminuto bello erizarse mientras contemplaba la línea de su mandíbula.
¿Podría hacerlo? ¿Era tan fuerte como para entregarme a ella y mantener el control en todo momento? ¿Podría mantenerla viva?
Aun no sabía muy bien, aun dudaba o por lo menos lo hacia hasta que Bella dobló su cuerpo y se aferró a mi cuello buscando mis labios.
Aquella reacción frenética, terminó por borrar todo.

Sus labios eran una invitación a dejarme llevar, me decían “ Ven, ven, yo también tengo hambre de ti”
Estaba agotado de luchar contra el sentimiento, quería dejarme llevar, quería ser de ella completamente de ella.
Fundirme en ella, fundirnos para siempre
Sentí mi piel incendiándose con cada roce con cada toque de su piel.
¿Acaso no sabía que le adoraba, no sabía que haría todo por ella? ¿Entonces por que me pedía justo lo que no podía darle?.

No quería ser débil, quería luchar con todas mis fuerzas, pero sentía mis piernas débiles, sentía un nudo en el estomago que me impedía moverme del lugar en el cual me encontraba.
No podía hacer otra cosa más que abrazarle un poco más fuerte, atraerle a mi cuerpo un poco más.
Quería estar junto a ella. Atreverme, entregarme y entonces le besé. Le besé como nunca me atreví.
Mi boca devoraba la suya y sentía fuego líquido quemándome de pies a cabeza mientras mi deseo hacia eco en su cuerpo, alimentando nuestra pasión como si fuera un gran fuego en el cual podíamos perdernos por completo y entonces tuve la certeza, yo no podría contenerme. Si me dejaba llevar, si bajaba la guardia tan sólo un segundo Bella no sobreviviría para ver otro amanecer.
Separó sus labios de los míos, me negué en un principio pero luego recordé que debía respirar. Segundo error, había olvidado que debía respirar, el primero había sido sin duda dejarme llevar. No debía cometer un tercero.
Pero era difícil mantenerme centrado, una parte de mi quería por sobre todas las cosas pasar por alto toda lógica, pero mi parte racional, me llamaba al orden, clamaba que antepusiera la lógica al deseo.
¿Era capaz de hacerlo? No podía darme el lujo de vacilar.
Mientras bajaba por su cuello me concentré en el alocado palpitar de su corazón. “Canta tu hermosa canción” Le pedí silenciosamente. “Canta para mi y dame fuerzas hasta poder amarte para siempre”.
Pero era tan difícil.
Desabrochó los botones de mi camisa, era increíble lo segura y confiada que se mostraba, yo no era más que un muñeco en sus manos.
Era una sensación indescriptible, entregarse era placentero, de pronto una negativa me parecía tan lejana, tan ridícula. ¿Por que no todo podía ser así de simple?
En cosa de segundos mi pecho quedó al descubierto y cerré los ojos entregándome a la suave caricia de su mano sobre mi cuerpo.
Deje que el placer me llenase, que creciera dentro de mí con cada roce con cada caricia despertando mi sexo, llenando cada uno de los rincones de mi cuerpo.
Buscó otra vez mi boca y respondí, nuestras lenguas entraron en contacto sin titubeos, sin temores, explorando la suave humedad que irradiaba calor intenso.
Le atraje un poco más hacia mí, quería perderme en ella, sin embargo no podía.

Me contenté con saborear aquel momento lleno de gloria teniendo en cuenta y presente que esa noche ella no perdería la pureza de su alma; y que Bella tratase de desprenderse de su blusa no hacía diferencia alguna, mas no debía permitir que siguiera adelante.
Me había pedido que lo intentase y yo lo había hecho. Lo había intentado y ella estaba viva… Aun.
Había logrado desplazar el ardiente deseo y en su lugar reinaba el amor puro, desinteresado y devoto que yo sentía por ella.
Sin esperar que llegase más lejos tomé sus puños entre mis manos y le detuve inmovilizándola en el acto.
Sin duda que en otras circunstancias me habría entregado a aquel erótico juego pero esta vez yo no jugaba.
No obstante, después de todo me complacía comprobar que podía parar cuando así lo estimase prudente, no había sido victima de un frenesí que dominase cada uno de mis sentidos, me alegraba saber que mi amor por ella se mantenía por sobre todo los demás sentimientos y necesidades que mi cuerpo pudiese llegar a percibir. ¿Hasta que punto sería dueño de mi actos? No estaba seguro, pero esa noche no era la propicia para averiguarlo.
Entonces, sosteniendo aun sus brazos sobre su cabeza el dije suavemente al oído:

—Bella. Por favor, ¿te importaría dejar de desnudarte? —.

—¿Quieres hacerlo tú? —.

Pero esa noche no llegaríamos más lejos y tranquilamente acaricié su rostro rozándolo simplemente con mis labios, inspirando profundamente el aroma que exudaba su piel.
Además había otro motivo por el cual debía calmarme, Bella decía aceptar a todo lo propuesto por mi y era un buen anzuelo pero que pasaría luego, que pasaría después?

Bella trató de oponerse pero le tranquilicé diciendo que no estaba diciendo que no, solamente que “esta noche no”.
Cuando estuviéramos casados sin duda que lo intentaría con mayor fuerza y convicción que hoy.

Sopesó un momento mis palabras mientras su frecuencia cardiaca y su respiración disminuían.

—Dame una razón convincente para que yo comprenda por qué esta noche no es tan buena como cualquier otra—. Expresó a duras penas.

Me habría alegrado que ella intentase en la misma medida mostrarse tan cooperadora como yo, sobre todo con lo relacionado a nuestro futuro noviazgo.
Yo… por decirlo de alguna forma, no había nacido ayer. Y al decir esto reí silenciosamente junto a su oído, pero la situación no era para reírse, muy por el contrarío. Había llegado la hora de hablar sinceramente y retomar el control de la situación. No dejaría que las hormonas de Bella dominasen otra vez mis torpes actos.

—¿Cuál de nosotros dos se resiste más a dar al otro lo que quiere? Acabas de prometer que te casarás conmigo, pero si cedo a tus deseos esta noche, ¿quién me garantiza que por la mañana no saldrás corriendo a los brazos de Carlisle? Está claro que yo soy mucho menos reacio a darte a ti lo que deseas. Por lo tanto... Tú primero—.

Me lanzó una incrédula mirada y luego resopló por la nariz sin poder creer mis palabras.

—¿Tengo que casarme antes contigo? —.
Ese era exactamente el trato. Ahora dependía de ella tomarlo o dejarlo.

—El compromiso, ¿recuerdas? —.

Y sin esperar respuesta de su parte la tomé entre mis brazos nuevamente y le bese más apasionadamente que hace unos minutos atrás, casi como si quisiese devorar su boca pero ahora era diferente, era yo quien le besaba, era yo quien había puesto la ultima condición y Bella aceptaría, sin embargo, le besé otra vez y otra vez para derribar sus dudas y tapujos sobre el tema.
Ya no había duda alguna, era por fin mi novia.

Sólo me separé de ella cuando fue imperante que volviese a respirar.

—Creo que no es buena idea —. Dijo cuando volvió a llenar sus pulmones de oxigeno.

Aun mantenía su terca actitud y no me sorprendía, pero ya nada podía hacer, era oficialmente mi novia.

—Pero ¿se puede saber qué ha pasado?. Por una vez pensé que esta noche era yo quien tenía el control, y de repente... —.

—...estás comprometida —. Dije completando la frase.

—¡Eh! Por favor, no digas eso en voz alta—. Se quejó casi ofendida.

No había duda que la situación era delirante. Era yo un viejo vampiro tratando de mantener la virginidad de mi amada en vez de ser un vampiro despiadado tomando lo que tanto deseaba.
Era sin duda un espécimen para analizar.

—¿Vas a romper tu promesa? —. Pregunté presionando un poco más la situación.
Habíamos llegado demasiado lejos ya para dejar que se retractara. —¿La vas a romper? —. Agregué insistentemente.

Me alejé de ella para poder observarla mejor.

—¡No! . No voy a romperla. ¿Ya estás contento? —.

¿Que si estaba contento? ¿Como podía dudar de eso? Me encontraba, en ese momento, sumamente contento. Estaba tan feliz que no me importó que prácticamente me gruñera y volví a preguntar juguetonamente.

—¿Es que tú no estás contenta? —. Y sin esperar su respuesta le besé otra vez.

Sabía que si lo estaba, que no temía al matrimonio, que temía otras cosas, cosas sin importancia y sin sentido. Temía al que dirán, a los comentarios. ¿Pero que importaban los comentarios? Cuando estuviéramos juntos ante Dios y ante los hombres ya no importaría nada salvo nosotros… para siempre.

Separamos nuestros labios y contestó:

—Un poco, pero no por lo de casarnos—.

No era necesario que digiera lo que yo ya sabía. Y sellé su boca con un nuevo beso.
Sentía su corazón latiendo en su lengua, vibrando en su boca. Abracé sus labios con los míos otra vez disfrutando su alucinante sabor.
Me estaba comportando de forma verdaderamente indecente, pero no sentía vergüenza alguna, ella no era una mujer común y corriente, no lo era, era mi novia y creo que podía dejar de lado los viejos convencionalismos.
Volvía a ser esta una situación completamente irrisoria.

—¿No tienes la sensación de que todo está al revés?. Tú deberías querer casarte y yo no. Es lo convencional—. Dije riendo suavemente riendo en su oído.

Aunque ella tuvo razón en una cosa, nuestra relación no tenia nada de convencional o de normal siquiera, que inteligente era mi hermosa novia.

Me lancé otra vez sobre sus labios y lentamente introduje la punta de mi lengua en su boca, suavemente hasta hacer contacto con la suya.
Era increíble ver lo fácil que ahora era poder besarla, temí tantas veces dejarme llevar, nos privamos tantas veces el uno al otro. Ahora era distinto, ahora estaba seguro que si existía el cielo posiblemente tendría que ser muy parecido a esto y seguí besándola sin temor. Mis labios recorrieron su rostro luego su cuello, acaricié sus hombros, bajé por sus brazos hasta llegar a sus manos y las besé también. Eran tan pequeñas, sin embargo tenían el tamaño perfecto para sostener mi corazón y entre ellas estaría seguro y tibio por todo la eternidad.
Mientras besaba una de ellas Bella me dijo:

—Escucha, Edward. He dicho que me casaría contigo, y lo haré. Te lo prometo. Te lo juro. Si quieres, te firmo un contrato con mi propia sangre—. Pero eso no tenía la menor gracia para mí.

Aparentemente, lo que quería decir era que no pensaba engañarme, pensaba que yo le conocía demasiado bien y que debido a eso no había razón para esperar.

—Estamos completamente solos: ¿cuántas veces ocurre eso? Además, tenemos esta cama tan grande y tan cómoda... —.

—Esta noche, no —. Volví a decir.

—¿No confías en mí? —. Preguntó sorprendida Y de hecho si lo hacia. ¿Necesitaba más pruebas de eso?
Entonces quiso saber cual era el problema, que al final de cuentas yo ganaría, que yo siempre ganaba.
Pero sólo cubría mis apuestas y la decisión ya estaba tomada. No había motivo para acelerar las cosas, no ahora que estábamos oficialmente comprometidos.

—Hay algo más —. Dijo luego de un segundo. —¿Acaso tienes tú la intención de faltar a tu palabra? —.

Le prometí que eso no sucedería, que lo intentaríamos, pero que lo haríamos después que se casara conmigo, ni un sólo día antes. Si lo que quería era seguir presionando pues era mejor que abandonase esa idea.
¿Era acaso tan difícil de entender? No era sólo su seguridad física lo que me preocupaba, también quería proteger su alma inmortal.

—Me haces sentir como el malo de la película, que se retuerce el bigote mientras trata de arrebatarle la virginidad a la pobre protagonista—.

Me ví a mi mismo retorciéndome dichos bigotes mientras Bella yacía recostada sobre un diván llevando un hermoso vestido blanco. Era yo el demonio de la noche queriendo poseer lo único eterno y divino que ella poseía.
Había sido siempre mi mayor lucha y ahora ella bromeaba al respecto.
Oculté mi rostro sombrío y besé su clavícula.

—De eso se trata, ¿verdad? —. Dijo de pronto Bella y lanzó una carcajada.

Creía que yo tan sólo intentaba proteger mi virginidad. ¿Por que siempre se empeñaba en ponerme a prueba?

—No, niña boba —. Le respondí. —Estoy intentando proteger la tuya. Y me lo estás poniendo muy difícil—.

—De todas las cosas ridículas que... —. Comenzó a decir, pero no había lugar para la palabra ridículo en este asunto.

Tal vez le parecieres que así era y también sabía que lo habíamos discutido muchas veces anteriormente, pero ella debía comprender y le pedí que cooperara.

—¿Cuántas personas en esta habitación tienen alma, y la oportunidad de ir al cielo, o lo que haya después de esta vida? —. Le pregunté.

—Dos —. Respondió inmediatamente sin titubear.

Ok. Estaba en su derecho de pensar así, inclusive podría tener razón, pero en todas las religiones, en todas las culturas se repetían las mismas normas para acceder al cielo.

—¿No te basta con las normas vampíricas? ¿Es que tienes que preocuparte también de las humanas? —.

¿Y que mal hacía al creer en ello? Además no estaba mal tomar todas las medidas pertinentes, sólo por si ello fuera cierto.
Aunque para mí ya era tarde, de eso yo estaba seguro.

—No, no es tarde —.

Si, si lo era. Había matado. No una o dos veces, lo había hecho muchas, muchas veces disfrutándolo. De nada importaba que fueran asesinos, violadores, pederastas. Aunque Bella pensaba que si hacia una diferencia aquel detalle. Pero la verdad absoluta era que una vida era una vida y yo había acabado con muchas y ella no. Su alma era inmaculada, así debía permanecer, no sería yo quien le arrebatase algo tan preciado como eso y no terminaría tampoco con lo único puro que yo aun poseía.

—¿No puedo dejar al menos una regla sin romper? —. Le pregunté.

—¿Una? —.

Ella estaba al tanto de mis robos, de mis mentiras y le aclaré que también codicié bienes ajenos y lo que solamente me quedaba como única virtud era mi castidad.

—Yo miento constantemente—. Dijo tratando de hacerme sentir bien, pero sus mentiras no podían contarse como tales, era tan mala haciéndolo que nadie se las creía.

—Espero que te equivoques. De lo contrario, Charlie debe de estar a punto de echar la puerta abajo con una pistola cargada en la mano—.

Y la verdad sobre eso era que su padre era feliz engañándose a si mismo, era feliz cuando no pensaba demasiado en que Bella le mintiera o no.

—Pero ¿qué bien ajeno has codiciado tú?. Lo tienes todo—. Me preguntó incrédula.

La respuesta era muy simple. Yo le había codiciado a ella.
Le había deseado, le había codiciado y sin tener ningún de derecho a hacerlo le tomé alejándola para siempre de una vida normal de un futuro, de su humanidad. Ahora estaba atascada ahí conmigo, intentando seducir por todos los medios a un vampiro. No era algo con lo cual se pudiera reír pero eso hice. Bromee por no poder llorar.

—Tienes derecho a codiciar lo que ya es tuyo. Además, creía que lo que te preocupaba era mi castidad—. Respondió.

Efectivamente lo era. Si resultaba demasiado tarde para mi, si a Sus Ojos, si antes los ojos de Dios yo no era digno de entrar en su reino, prefería mil veces arder en el infierno antes de impedir a Bella la oportunidad de ingresar en el cielo

—No puedes pretender que entre en un sitio donde tú no vayas a estar. Esa es mi definición del infierno. De todas formas, tengo una solución muy fácil: no vamos a morirnos nunca, ¿de acuerdo? —.

Sus palabras lograron disipar la negra nube que cubría mi corazón, de nada servía lamentarse por las decisiones ya tomadas, no podíamos modificar el pasado, ahora lo único que nos quedaba era el futuro y no cometería más errores.

—Suena bastante sencillo. ¿Por qué no se me había ocurrido? —. Le respondí sonriendo, ahora me encontraba, gracias a ella, nuevamente de mejor animo.

—Así que te niegas a dormir conmigo hasta que no estemos casados—. Agregó luego de unos minutos pero dormir era un término que yo no utilizaría en este caso, sobre todo teniendo en cuenta que yo nunca podría dormir con ella, pero quitando ese pequeño detalle, ella tenía razón, mi única condición para que hiciéramos el amor era que estuviéramos casados.
Creí entonces que todo estaba claro pero volvió a presionar creyendo nuevamente que había otro motivo detrás de mis palabras.

—¿Otro motivo? —. Pregunté sin saber muy bien a que se refería esta vez y luego me explicó que tal vez eso aceleraría las cosas.

Era increíble como su mente desmenuzaba cada una de mis palabras.
Y aunque posiblemente tenía razón, esta vez no había segundas intenciones, había sólo una cosa que yo quería acelerar y eso era nuestro matrimonio. Las demás, el resto podían esperar por siempre.

—Pero, la verdad, tus impacientes hormonas humanas son mi más poderoso aliado en este sentido.

Estaba tan indignada, no podía creer que mi condición fuera casarnos.

—Cuando pienso en Charlie... ¡O en Renée! ¿Te imaginas lo que van a decir Ángela o Jessica? ¡Arg! Ya estoy viendo sus cotilleos—.

No entendía por que le importaba tanto lo que digieran, sobre todo por que dentro de poco dejaría de verlos para siempre.
¿Le temía a lo que pensaran sus padres? Era un proceso natural de la vida humana, ellos se repondrían, todos los padres lo hacían.
Ahora bien, había algo más en ese miedo y esa reserva. Sus excusas eran demasiado superficiales, no terminaban de convencerme.
Estaba seguro que me amaba y las excusas no eran más que eso, simples excusas. A menos que ella temiera… A menos que todo se debiera a…

—No hace falta que sea un bodorrio—. Solamente ese tenía que ser el motivo. Estaba completamente seguro que lo único capaz de atemorizar realmente a Bella era ser el centro de toda atención. —No necesito tanta fanfarria. No tienes que decírselo a nadie ni cambiar tus planes. ¿Por qué no vamos a Las Vegas? Puedes ponerte unos vaqueros. Hay una capilla que tiene una ventanilla por la que te casan sin que te bajes del coche. Lo único que quiero es hacerlo oficial, y que quede claro que me perteneces a mí y a nadie más—. Le dije aunque ella afirmaba que ya lo era y que eso no podía ser más oficial pero eso aun estaba por verse y sonreí pensando en lo que faltaba.

—Supongo que no querrás aún el anillo de compromiso—. Dije poniendo el tema solapadamente sobre la mesa y aunque sabía de antemano cual sería su reacción necesitaba tirar la carnada.

—Supones bien—. Contestó y por un momento su rostro perdió todo rastro de color pero en vez de sentirme herido me largué a reír de buena gana.

—De acuerdo—. No tenía que ponerme sentimental, después de todo, tarde o temprano terminaría por deslizar la sortija por su dedo, paciencia tenía de sobra.

Quedó perpleja un momento por mis palabras y luego aun incrédula agregó:

—Hablas como si ya tuvieras un anillo—. Y así era.

—Tengo el anillo listo para ponértelo al menor signo de debilidad—.

Bella estaba sorprendida, tan sorprendida como yo.
Era increíble ver como podía yo hablar de forma tan ligera sobre un asunto tan importante para mí, sin embargo era la forma más adecuada y al ver que no palidecía con la afirmación decidí mostrar todas mis cartas de una vez por todas y sin esperar más le pregunté si quería verlo.

—¡No! —. Exclamó Bella automáticamente con una expresión de verdadero terror en el rostro.

Esperé un titubeo de su parte, esperaba que nerviosamente tratase de escaparse de la situación, pero no esperé nunca una reacción tan dramática como esa. Traté de no dejar mis sentimientos a flor de piel, era demasiado patético y no había nada más miserable que un novio rogando para que su prometida aceptase su sortija, lo sabía ahora, lo estaba viviendo en carne propia.

—No pasa nada —. Respondí.

Tragué el amargo trago del rechazo tratando de mantener una actitud relajada y desinteresada mientras me decía a mi mismo que no importaba, que se perdía una batalla mas no la guerra, yo sabía ser paciente, yo podía esperar.

—Enséñame el maldito anillo, Edward—. Dijo luego de suspirar resignada, pero me negué a hacerlo.

Yo quería que ella quisiese ver el anillo no que fuera una obligación y además no era un simple y maldito anillo.
Significaba mucho, mucho para mí, significaba no sólo el amor que yo sentía por ella si no que también el amor que sintieron mis padres el uno por el otro, un amor sincero, fiel que se profirieron hasta el ultimo día de sus días. Yo sentía un amor tan o más grande que ese por Bella y todo mi amor estaba reflejado en esa pequeña sortija.

—Por favor... —. Pidió Bella luego de un momento. No había vuelto a formular palabra alguna, en cambio no apartaba los ojos de mi rostro. ¿Lograba leer en el la desilusión que me había causado? Pposiblemente había fallado en mi intento por ocultarla y ante mi silencio agregó: — Por favor, ¿puedo verlo? —.

¿Como podía negarle algo si me lo pedía de esa forma? No comprendía como aun mantenía mi castidad. ¿Como fue posible que lograse negarle algo?
Era verdaderamente la criatura más peligrosa que yo hubiera conocido en mi “vida”.
Y sin tener ganas o fuerzas para volver a discutir con ella me levanté de la cama y fui por la sortija.
Traté de no temblar cuando dejé la pequeña caja sobre su rodilla, le había abrazado y ahora en silencio esperaba que la abriese.

—Adelante, échale un vistazo —. Dije de pronto para animarla.

Lentamente la tomó entre sus dedos y la sostuvo en el aire contemplándola.
Su corazón volvía a latir rápidamente aunque su rostro estaba pálido como el papel nuevamente, veía como sus manos tiritaban levemente y fui conciente del esfuerzo que estaba haciendo en ese momento.

—¿No te habrás gastado mucho dinero? — Preguntó. —Si lo has hecho, miénteme—. Agregó acariciando la negra y suave tela que recubría la caja.

—No me he gastado nada. Se trata de otro objeto usado—. Confidencié. —Es el mismo anillo que mi padre le dio a mi madre—.

Aquello sorprendió a Bella, posiblemente esperaba otro tipo de sortija.
Que tonto había sido al esperar que le gustase algo tan viejo, seguramente el diseño de joyas experimentó un salto enorme desde los días en que mi padre compró la joya, pero ya no servia de nada lamentarse, la caja estaba en sus manos, pronto lo abriría movida por mi presión a hacerlo.

¿Por que rayos siempre tenia que hacer mal las cosas?

—Supongo que es demasiado anticuado —. Dije antes que lo abriese. No quería que se llevase una desilusión. —Está tan pasado de moda como yo. Puedo comprarte otro más moderno. ¿Qué te parece uno de Tiffany's? —. Eso era, Tiffany’s… ¿Por que no se me ocurrió antes?

—Me gustan las cosas pasadas de moda —. Y entonces lo abrió.

En completo silencio lo contempló un momento, la postura de su cuerpo se relajó mientras acariciaba los pequeños diamantes que llenaban el gran óvalo y luego dijo que era muy bonito.

¿Verdaderamente le gustaba o lo hacia sólo por no herir aun más mis sentimientos?

—Es precioso —. Contestó desganadamente adoptando otra vez su actitud indiferente. —A cualquiera le gustaría—. Añadió luego de alzar los hombros en desdeñosa actitud.

¿Por que se comportaba de esa forma?
Claro que le había gustado, mucho más de lo que estaba dispuesta a demostrar y una carcajada alegre salió de mi boca para luego incitarla a probar la sortija en su dedo, únicamente para ver si le quedaba bien, claro esta.
Yo, al igual que ella, sabía jugar a la indiferencia y ese era el mejor camino para que cooperara pero al escuchar mis palabras cerró su mano izquierda de golpe.

—Bella, no voy a soldártelo al dedo—. Lamentablemente no podía hacerlo… le heriría.

Y le dije que mi intención era solamente ver si le quedaba o no.
Posiblemente le quedaría un poco grande aunque no recordaba muy bien las manos de mi madre, pero era muy posible que quedase grande, luego podría quitárselo.

Ella accedió y vi como su mano se acercaba a coger la sortija, horrorizado le detuve y tomé su mano entre las mías tomando rápidamente el anillo de su caja lo deslicé en su dedo.
Alcé su mano hacia arriba para poder ver el contraste de los diamantes sobre su blanca piel.

—Te queda perfecto —. Expresé casi eufóricamente muy a mi pesar luego de contemplar la joya en su dedo. Era hermosa, los diamantes daban reflejos multicolores que rebotaban sobre su piel…. Y claro, el anillo también lo era, pero era Bella quien repentinamente parecía brillar ante mis ojos. —Eso está bien: así me ahorro un paseo a la joyería—.
Agregué recobrando otra vez la compostura y fingiendo indiferencia.

—Te gusta, ¿verdad? —. Preguntó perspicazmente mientras movía sus dedos en el aire.

¿Tan obvio era? Traté de sonar despreocupado cuando le respondí. Pero era difícil hacerlo, yo estaba tan feliz que quería tomarla en mis brazos apretarla, llenarla de besos.

—Claro. Te sienta muy bien—.

Me miró entonces clavando sus grandes ojos en los míos y lo que vi reflejados en ellos era un hombre feliz, mis esfuerzos por ocultarlo eran absurdos, sin duda que ella sabía lo mucho que me gustaba y entonces decidí no fingir más. Yo sabía que ella sabía y ella sabía que sabía que ella sabía….. Estaba casi trastornado por la emoción que incluso mis pensamientos estaban alborotados, sentía en el pecho una alegría tan grande que si no la dejaba salir por mi boca posiblemente mi pecho estallaría en mil pedazos. En ese momento si yo hubiera podido llorar de alegría lo habría hecho.
Entonces sentí que ya no tenía fuerzas para seguir con la apática fachada.

—Sí, me gusta. No sabes cuánto—. Confesé.

Bella reía ahora, pero no se burlaba y dijo que me creía.

Ahora era libre de reír yo también, de abrazarla fuertemente, quería darle las gracias, llenarla de besos pero antes… pero antes…

—¿Te importa que haga una cosa? —. Le pregunté.

—Lo que quieras—. Respondió automáticamente. ¿Lo que quiera? Seguramente se retractaría. —Lo que quieras, excepto eso —. Quiso corregir pero ya era tarde.


Sin hacer caso a sus palabras tomé su mano y nos levantamos de la cama.
Había sólo una forma de hacer esto correctamente y me alegraba que después de tantos años esa costumbre se mantuviera.
Una vez en el suelo, parados uno frente al otro le tome por los hombros y le dije que yo quería hacer las cosas como Dios mandaba y le pedí que recordara que ya había dicho que si, le pedí que no estropeara el momento.

—Oh, no —. Se quejo mientras bajaba mi rodilla derecha.

—Pórtate bien —. Dije a media voz, era una ocasión solemne y no quería que nada la arruinara y sin esperar más, me arrodillé frente a ella y mirando a sus ojos dije:

—Isabella Swan.
Prometo amarte para siempre, todos los días de mi vida.
¿Quieres casarte conmigo? —.

Me miró a los ojos también y luego de un segundo ella contestó:

—Sí—.

¿Cuanta alegría puede contener esa pequeña palabras?

—Gracias —. Le respondí.

Luego tomé su mano entre las mías y bese la yema de sus dedos y luego la sortija de mi madre que ahora era suya y lo sería por siempre.

Me incorporé lentamente sin desprender mis ojos de los suyos, puse su mano, que aun sostenía entre las mías, sobre mi pecho donde alguna vez latió mi corazón para luego besarla lenta, suave y delicadamente.

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