domingo, 29 de mayo de 2011

La Segunda Vida de Bree Tanner: Parte 2

Parte 2

-Bien hecho -le dije.
-Gracias por tu ayuda. ¿Volvemos a casa de Riley? Fruncí el ceño. La casa de Riley era el último sitio donde quería pasar lo que me quedaba de noche. No deseaba ver la estúpida expresión del rostro de Raoul ni oír el constante chillar y pelear. No quería tener que apretar los dientes y esconderme detrás de Fred elFreaky para que la gente me dejase en paz. Y me había queda­do sin libros.
-Aún tenemos tiempo -dijo Diego al leerme la expre­sión de la cara-. No tenemos por qué ir ahora mismo.
-Podría hacerme con algo para leer.
-Y yo con algo de música -sonrió-. Vamonos de compras.
Nos desplazamos rápidamente por la ciudad -de nuevo por los tejados y a toda prisa por la penumbra de las calles cuando los edificios distaban mucho unos de otros- camino de una barriada más agradable. No nos llevó demasiado tiempo encontrar un centro comercial con una tienda de las grandes cadenas de librerías. Hi­ce saltar el candado de la trampilla de acceso del tejado para poder entrar. El centro estaba vacío y las únicas alarmas se hallaban en las ventanas y en las puertas. Me fui directa a la «h» mientras que Diego se dirigió a la sección de música, al fondo. Acababa de terminar con Hale, y me hice con la siguiente docena de libros de la lista: eso me mantendría ocupada un par de días.

Miré alrededor en busca de Diego y lo vi sentado a una de las mesas de la cafetería, estudiando la contra­portada de sus nuevos CD. Hice una pausa y después me uní a él.
Me sentía rara por lo familiar que resultaba, de un modo inquietante, incómodo. Me había sentado antes de esa manera, con alguien enfrente, al otro lado de la mesa; había mantenido una charla informal con aquella persona, había pensado en cosas que no fueran la vida y la muerte o la sed y la sangre. Pero eso había sido en otra vida, diferente, borrosa.
La última vez que me había sentado a una mesa con alguien, ese alguien había sido Riley. Resultaba difícil recordar aquella noche por multitud de razones.
-¿Cómo es que nunca te veo por la casa? -preguntó Diego de sopetón-. ¿Dónde te escondes?
Me reí e hice una mueca al mismo tiempo.
-Me suelo meter detrás de Fred el Freaky vaya por donde vaya.
Arrugó la nariz.
-¿Lo dices en serio? ¿Cómo lo soportas?
-Te acostumbras. Detrás de él no es tan terrible co­mo delante. De todas formas, es el mejor escondite que he encontrado, nadie se acerca a Fred.
Diego asintió, sin perder aún el aspecto de estar as­queado.
-Eso es cierto. Es una forma de seguir vivo. -Me en­cogí de hombros, y él prosiguió-: ¿Sabías que Fred es uno de los preferidos de Riley? -me preguntó.
-¿En serio? ¿Cómo?
Nadie podía soportar a Fred el Freaky. Yo era la única que lo había intentado y sólo por puro instinto de su­pervivencia.
Diego se inclinó hacia mí con aire conspiratorio. Ya estaba tan acostumbrada a su misteriosa conducta que ni me inmuté.
-Le oí hablar por teléfono con ella. -Sentí un esca­lofrío-. Ya lo sé -prosiguió, de nuevo en tono compren­sivo. Por supuesto que no había misterio alguno en el hecho de que pudiéramos compadecernos mutuamente en lo que a ella se refería-. Fue hace unos meses. El caso es que Riley estaba hablando de Fred, muy emocio­nado. Por lo que decían, deduje que algunos vampiros son capaces de hacer cosas. Más cosas aparte de lo que podemos hacer los vampiros normales, quiero decir. Yeso es bueno... algo que ella está buscando. Vampi­ros con habilidades.
Arrastró el sonido de la «s» de modo que pudiera oír cómo la pronunciaba mentalmente.
-¿Qué tipo de habilidades?
-De todo tipo, según parece. Leer la mente, rastrear e incluso ver el futuro. -Venga ya.
-No estoy bromeando. Me da la sensación de que, de algún modo, Fred puede repeler a la gente a propó­sito. Está todo metido en nuestra cabeza, hace que sin­tamos repulsión ante la idea de hallarnos cerca de él.
Fruncí el ceño.
-¿Cómo va a ser eso algo bueno? -Le mantiene vivo, ¿no crees? Y me parece que tam­bién te mantiene viva a ti. Asentí.
-Supongo que sí. ¿Dijo algo sobre alguien más?
Intenté pensar en cualquier cosa extraña que hu­biera visto o sentido, pero Fred era único. Los payasos del callejón de esta noche que fingían ser superhéroes no habían hecho nada que no pudiésemos hacer los demás.
-Habló de Raoul -dijo Diego torciendo el gesto de la boca.
-¿Qué habilidad tiene Raoul? ¿Superestupidez? Diego resopló.
-si
-Eso sin duda. Pero Riley piensa que posee alguna forma de magnetismo: la gente se siente atraída por él, le sigue.
-Sólo quienes van justitos de capacidades mentales.
-Sí, Riley hizo referencia a eso. No parecía causar efecto en los -adoptó un tono que imitaba de un modo bastante decente la voz de Riley- «más mansos».
-¿Mansos?
-Deduje que se refería a gente como nosotros, los que somos capaces de pensar de vez en cuando.
No me gustaba que me llamasen «mansa». No sona­ba como algo bueno dicho así, sin más. La interpreta­ción de Diego sonaba mejor.
-Era como si Riley necesitase del mando de Raoul por algún motivo... Algo se cuece, creo yo.
Un extraño hormigueo me recorrió la espalda cuan­do dijo aquello, y me enderecé en la silla.
-¿Como qué?
-¿Has pensado alguna vez en por qué Riley va siem­pre detrás de nosotros para que no llamemos la aten­ción?
Vacilé durante apenas medio segundo antes de res­ponder. No era ésta la línea de interrogatorio que me hu­biera esperado de la mano derecha de Riley. Era prácti­camente como si estuviese cuestionando lo que Riley nos había dicho. A menos que Diego lo estuviese preguntan­do para Riley, como un espía, para saber qué pensaban de él los «chicos». Pero no me daba esa impresión. Los oscuros ojos de Diego se mostraban bien abiertos y con­fiados. ¿Y por qué iba a importarle a Riley? Puede que la manera en que los demás se referían a Diego no tuviese ninguna base real, que tan sólo fuesen habladurías.
Le respondí con sinceridad.
-Sí, en realidad estabajusto pensando en eso.
-No somos los únicos vampiros en el mundo -afir­mó Diego con solemnidad.
-Ya lo sé. Riley suelta cosas a veces, pero tampoco puede haber muchos. Quiero decir, ¿no nos habríamos dado cuenta antes?
Diego asintió.
-Eso es lo que yo creo, también. Y ésa es la razón de que resulte tan extraño que ella siga haciendo más de no­sotros, ¿no te parece?
Fruncí el ceño.
-Aja, porque no es que le gustemos precisamente a Riley ni nada por el estilo... -Hice una nueva pausa, a la espera de ver si él me contradecía. No lo hizo. Se limi­tó a esperar con un leve gesto de asentimiento, así que proseguí-: Y ella ni siquiera se ha presentado. Tienes ra­zón. No lo había contemplado desde ese punto. Bueno, en realidad ni siquiera había pensado en ello. Pero en­tonces, ¿para qué nos quieren?
Diego levantó una ceja.
-¿Quieres saber lo que pienso?
Asentí con cautela, pero mi inquietud nada tenía que ver con él en ese momento.
-Como he dicho antes, algo se está cociendo. Creo que ella quiere protección y ha puesto a Riley a cargo de la creación de la primera línea del frente.
Valoré aquello con un hormigueo que de nuevo me recorría la espalda.
-¿Y por qué no nos lo iban a decir? ¿No nos manten­dría eso, no sé, alerta o algo parecido?
-Eso sería lo más lógico -reconoció él.
Nos miramos en silencio durante unos intermina­bles segundos. No se me ocurría nada más y no parecía que se le ocurriese a él tampoco.
Finalmente, hice una mueca y dije:
-No sé si me lo trago... la parte esa de que Raoul sea bueno en nada, eso es todo.
Diego se rió.
-Eso es difícil de rebatir. -Y entonces dirigió la mira­da a las ventanas, al final de la oscura noche-. Se acabó el tiempo. Será mejor que volvamos antes de que nos quedemos tiesos.
-Cenizas, cenizas, todos caemos -canturreé para el cuello de mi camisa mientras me ponía en pie y recogía mi montón de libros.
Diego soltó una risotada.
Hicimos una nueva parada rápida en nuestro cami­no: nos metimos en la puerta de al lado, en los grandes almacenes Target -que estaban desiertos- en busca de bolsas de plástico con cierre hermético y dos mochilas. Protegí todos mis libros con bolsas dobles, me fastidia­ba mucho que el agua estropease las páginas.
Nos dirigimos entonces de regreso hacia el agua, por los tejados, principalmente. El cielo estaba empe­zando a teñirse de un tenue gris por el este. Nos zambu­llimos en la ensenadajusto delante de las narices de dos incautos vigilantes nocturnos junto al gran ferry -qué bueno para ellos que estuviese saciada, o habrían esta­do demasiado cerca para mi autocontrol- y nos despla­zamos a toda prisa por el agua turbia camino de la casa de Riley.
Al principio no sabía que se tratase de una carrera. Nadaba rápido tan solo por que el cielo estaba clareando.No tenía la costumbre de apurar tanto el tiempo. Si había de ser sincera conmigo misma, en menudo peda­zo de vampira pringada me había convertido: seguía las normas, no causaba problemas, iba por ahí con el chico más impopular del grupo y siempre llegaba a casa tem­prano.
Pero entonces Diego sí que cambió de marcha. Me sacó varios cuerpos de ventaja, se volvió hacia mí con una sonrisa que venía a decir: « ¿Qué pasa, es que no puedes mantener el ritmo?». Y se puso de nuevo a darle caña.
Bien, yo no iba a aceptar aquello. No era capaz de recordar si había sido competitiva antes -todo parecía tan lejano e irrelevante-, pero puede que lo fuera, por­que respondí de inmediato a su desafío. Diego era un buen nadador, pero yo era más fuerte, en especial justo después de haberme nutrido.
«Nos vemos», gesticulé con los labios al adelantarle, aunque no estaba segura de que lo hubiese visto.
Lo dejé atrás en la oscuridad del agua, y no perdí ni un instante en detenerme a ver por cuánto le ganaba. Atravesé la ensenada a toda velocidad hasta que alcancé el extremo de la isla donde se encontraba el más recien­te de nuestros hogares. El anterior había consistido en una gran cabana en medio de la nada, rodeada de nie­ve, en la ladera de una montaña en la cordillera de las Cascadas. Al igual que aquella casa, la actual estaba ais­lada, contaba con un amplio sótano y sus propietarios habían fallecido recientemente.
Me apresuré a llegar a la playa rocosa y poco profun­da, y a continuación hundí los dedos en el acantilado de arenisca y salí volando. Oí a Diego salir del agua jus­to al tiempo que me agarraba del tronco de un pino descolgado y pasaba por encima del borde del acan­tilado.
Cuando aterricé con suavidad sobre los dedos de los pies, dos cosas me llamaron la atención. Primera: había mucha luz allí fuera. Segunda: la casa había desapa­recido.
Bueno, no había desaparecido del todo, parte de ella aún era visible, pero el espacio que antes ocupaba la casa estaba ahora vacío. El techo se había venido aba­jo y se había convertido en porciones irregulares y an­gulosas de madera negra, carbonizada, hundida por de­bajo de la altura que antes tenía la puerta principal.
Estaba amaneciendo con rapidez. Los oscuros pinos dejaban entrever rastros de su verde perenne. Las copas más pálidas pronto destacarían contra la oscuridad del fondo y, llegados a ese punto, yo estaría muerta.
O muerta de verdad, o quién sabe qué. Esta sedienta segunda vida de superhéroe se iría al garete en una sú­bita llamarada. Y lo único que me imaginaba era que se­ría muy, muy dolorosa.
No era la primera vez que veía nuestro refugio des­truido -con tanta pelea y tanto fuego en los sótanos, la mayoría sólo duraba unas semanas-, pero era la prime­ra vez que me encontraba ante la escena de la destruc­ción con la amenaza de los primeros y débiles rayos de la luz del sol.
Aspiré en un jadeo de aturdimiento cuando Diego aterrizó a mi lado.
-¿Y si nos metemos bajo el tejado? -susurré-. ¿Sería eso lo bastante seguro o...?
-No te ralles, Bree -me dijo Diego, que sonaba de­masiado tranquilo-. Conozco un sitio. Vamos.
Dio una voltereta muy elegante hacia atrás por enci­ma del borde del acantilado.
Yo no pensaba que el agua fuese filtro suficiente para la luz del sol, aunque tal vez no pudiésemos arder si nos encontrábamos sumergidos, ¿no? A mí me pare­cía un plan realmente pobre.
No obstante, en lugar de escarbar un túnel bajo la chamuscada estructura de la casa siniestrada, me lancé detrás de él por el acantilado. No estaba en absoluto se­gura de mi razonamiento, y ésa era una sensación extra­ña. Por lo general hacía siempre lo mismo: seguía la ru­tina, actuaba según la lógica.
Alcancé a Diego en el agua. Volvía a echar una ca­rrera, pero esta vez no era porque sí. Una carrera con­tra el sol.
A toda velocidad, dobló un cabo de la pequeña isla y se sumergió muy profundo. Me sorprendió que no se golpease contra el fondo rocoso de la ensenada, y me sorprendí aún más cuando pude sentir el flujo de una corriente más cálida. Surgía de lo que había pensado que no era sino un saliente en la roca.
Muy hábil por parte de Diego el contar con un sitio como éste. Sin duda, no iba a resultar divertido quedar­nos sentados en una cueva submarina todo el día -el he­cho de no respirar provocaba irritación pasada unas horas-, pero era mejor que reventar hecha cenizas. Te­nía que haber pensado como Diego. Pensar en algo más aparte de la sangre, quiero decir. Tenía que haber esta­do preparada para lo inesperado.
Diego continuó avanzando a través de una estrecha grieta en las rocas. Allí dentro estaba oscuro, negro como el carbón. A salvo. No podía seguir nadando -el espacio era demasiado estrecho-, así que avancé como pude, igual que Diego, trepando por la tortuosa abertura. Se­guí esperando a que se detuviese, pero no lo hizo. De re­pente me percaté de que estábamos ascendiendo de ver­dad, y entonces oí a Diego salir a la superficie.
Yo salí apenas medio segundo después que él.
La cueva apenas era algo más que un pequeño agu­jero, una madriguera del tamaño de un Volkswagen Es­carabajo, aunque no tan alta. Una segunda abertura con­ducía al exterior desde el fondo, y podía percibir el aire fresco procedente de aquella dirección. Distinguí la for­ma de los dedos de Diego repetida una y otra vez en la textura de las paredes de piedra caliza.
-Bonito lugar -le dije.
Diego sonrió.
-Mejor que la espalda de Fred elFreaky. -Eso no te lo discuto. Mmm. Gracias. -De nada.
Nos miramos en la oscuridad durante un minuto. Su semblante, relajado y tranquilo. Con cualquier otro, Kevin, Kristie o quien fuese de entre los demás, habría sido aterrador: el espacio reducido, la proximidad for­zosa. El modo en que podía oler su rastro a todo mí al­rededor. Eso habría significado una muerte rápida y do-lorosa en cualquier instante. Pero Diego era tan sereno. Nada parecido a ningún otro.
-¿Qué edad tienes? -me preguntó de pronto.
-Tres meses, ya te lo he dicho.
-No me refería a eso. Supongo que la forma apro­piada de preguntártelo sería... mmm, ¿ qué edad tenías?
Me aparté, incómoda, cuando me di cuenta de que me estaba preguntad por rollos humanos. Nadie  hablaba de eso. Nadie quería pensar en ello. Pero yo tam­poco quería poner fin a la conversación. Se trataba de que mantener siquiera una conversación era una expe­riencia nueva y distinta. Vacilé, y él aguardó con una ex­presión de curiosidad.
-Tenía, mmm, quince años, creo. Casi dieciséis. No me acuerdo del día... ¿había pasado mi cumpleaños? -Intenté hacer memoria, pero aquellas últimas sema­nas de hambre eran como una gran mancha borrosa, y los esfuerzos por conseguir aclararlas hacían que la ca­beza me doliese de un modo muy extraño. Negué con un gesto, lo dejé-. ¿Y tú?
-Acababa de cumplir los dieciocho -me dijo él-. Qué cerca.
-¿Cerca de qué?
-De salir -me dijo, pero no continuó. Durante un minuto se produjo un silencio incómodo y a continua­ción cambió de tema-. Lo has hecho realmente bien desde que llegaste -me dijo conforme iba recorriendo con la mirada mis brazos cruzados, las piernas encogi­das-. Has sobrevivido, has evitado atraer la atención inapropiada, estás entera.
Hice un gesto de indiferencia y me remangué la ca­miseta hasta el hombro, de forma que pudiese ver la lí­nea delgada e irregular que me circundaba el brazo.
-Este me lo arrancaron una vez -admití-. Me lo vol­vieron a poner antes de quejen lo pudiese flambear. Riley me enseñó cómo recolocármelo.
Diego sonrió de forma irónica y se tocó la rodilla de­recha con un dedo. Sus vaqueros oscuros cubrían la ci­catriz que debía de haber ahí.
-Le pasa a todo el mundo.
-Ouch -dije yo. El asintió.
-En serio. Pero como te estaba diciendo, eres una vampira bastante decente.
-¿Se supone que debería darte las gracias?
-Sólo estoy pensando en voz alta, intentando hallar­le el sentido a las cosas.
-¿A qué cosas?
Frunció ligeramente el ceño.
-A lo que está pasando en realidad. A qué pretende Riley, por qué sigue trayéndole a ella unos chicos tan al azar. Por qué a Riley no parece importarle si se trata de alguien como tú o de alguien como ese idiota de Kevin.
Sonaba como si él no conociese a Riley mejor que yo en absoluto.
-¿Qué quieres decir con alguien como yo? -le pregunté.
-Tú eres del tipo que Riley debería estar buscando, i de los listos, y no esa banda de malotes estúpidos que no deja de traer Raoul. Apostaría a que tú no ibas de buscona drogata cuando eras humana.
Me sentí incómoda ante la última palabra. Diego se quedó esperando mi respuesta, como si no hubiera dicho nada raro. Respiré hondo y volví a pensar.
-No andaba muy lejos -admití tras unos segundos de paciente observación por su parte-. No había llegado a eso, pero en unas pocas semanas más... -Me encogí de hombros-. Ya sabes, no me acuerdo de mucho, pero sí recuerdo que pensaba que no había nada más fuerte en este planeta que el hambre de antes. Ahora  resulta que la sed es peor.
Se rió.
-Ni que lo digas, hermana.
-¿Y qué hay de tí? ¿No eras tú un jovencito fugitivo y problemático como el resto de nosotros?
-Oh, sí que era problemático, a base de bien. Dejó de hablar.
Pero yo también sabía quedarme sentada y esperar las respuestas a unas preguntas inapropiadas. Me limité a mirarle fijamente.
Suspiró. El olor de su aliento era agradable. Todo el mundo olía dulce, pero Diego tenía una pizca de algo más: alguna especia como la canela o el clavo.
-Intenté mantenerme lejos de toda esa mierda. Es­tudié mucho. Iba a salir del gueto, ya sabes, ir a la uni­versidad. Convertirme en alguien. Pero había un tío no muy diferente de Raoul: únete o muere, ése era su lema. Yo no quería ninguna de las dos opciones, así que me mantenía lejos de su grupo, tenía cuidado, seguía vivo.
Se detuvo y cerró los ojos.
Yo no había terminado de presionarle.
-¿Y?
-Mi hermano menor no tuvo el mismo cuidado. Estaba a punto de preguntarle si su hermano se ha­bía unido o había muerto, pero la expresión de su ros­tro hizo innecesaria la pregunta. Desvié la mirada, no sabía cómo reaccionar. La verdad es que no podía en­tender su pérdida, el dolor que aún le hacía sentir de una forma tan clara. Yo no había dejado atrás nada que añorase todavía. ¿Era ésa la diferencia? ¿Era ésa la razón por la cual él se detenía a pensar en unos recuerdos que los demás rehuíamos?
Seguía sin ver cómo encajaba Riley en todo aquello. Riley y la dolorosa hamburguesa con queso. Quería oír  aquella parte de la historia, pero entonces me sentí mal por empujarle a responder.
Afortunadamente para mi curiosidad, Diego prosi­guió un minuto después.
-Me descontrolé, digámoslo así. Le robé un arma a un amigo y me fui de caza. -Se rió de forma siniestra-. No se me daba tan bien por aquel entonces, pero acabé con el tío que se cargó a mi hermano antes de que él me liquidase a mí. El resto de su gente me tenía acorralado en un callejón. Y luego, de repente, allí estaba Riley, en­tre ellos y yo. Recuerdo haber pensado que era el tipo más pálido que jamás había visto. Ni siquiera miró a los otros cuando le dispararon, como si las balas fueran mos­cas. ¿Sabes lo que me dijo? Pues esto:
« ¿Quieres una nue­va vida, chaval?».
-¡Ja! -Me reí-. Eso es mucho mejor que lo mío. To­do lo que yo obtuve fue: «Eh, chica, ¿quieres una ham­burguesa?».
Aún me acordaba del aspecto que Riley tenía aque­lla noche, aunque la imagen estuviese toda borrosa por­que mi vista era un asco en aquella época. Era el tío más bueno que había visto nunca, alto, rubio y tan perfecto, cada rasgo. Sabía que sus ojos habían de ser igual de bo­nitos debajo de las gafas de sol oscuras que no se quitó en ningún momento, y su voz tan agradable, tan dulce. Creí que sabía lo que deseaba a cambio de la comida, y también se lo habría dado. No porque fuese tan agrada­ble a la vista, sino porque no había comido nada excep­to basura en dos semanas. Y sin embargo, resultó que lo que quería era otra cosa.
Diego se rió con la frase de la hamburguesa.
-Debías de estar bastante hambrienta.
-Que te mueres.
-¿Y por qué pasabas tanta hambre?
-Porque fui estúpida y me largué huyendo antes de sacarme el carné de conducir. No podía conseguir un trabajo de verdad, y era una ladrona penosa.
-¿De qué estabas huyendo?
Vacilé. Los recuerdos se iban aclarando poco a poco conforme me iba concentrando en ellos, y no estaba se­gura de desear tal cosa.
-Venga, vamos -insistió-. Yo te he contado lo mío.
-Es cierto, lo has hecho. Vale. Estaba huyendo de mi padre, que solía zurrarme bastante. Es probable que le hiciese lo mismo a mi madre antes de que ella se larga­se. Yo era muy pequeña entonces y apenas me enteraba de nada. La cosa fue a peor y pensé que si esperaba de­masiado acabaría muerta. El me decía que si alguna vez me iba, me moriría de hambre. En eso tenía razón, lo único en lo que acertó en cuanto a mí se refiere. No pienso mucho en ello.
Diego hizo un gesto de asentimiento.
-Es duro recordar ese rollo, ¿verdad? Es todo tan confuso y oscuro.
-Es como intentar ver con barro en los ojos.
-Una buena comparación -me halagó; entrecerró los ojos como si estuviese intentando ver, y se los frotó.
Nos volvimos a reír juntos. Muy raro.
-Me parece que no me he reído con nadie desde que conocí a Riley -dijo él dando así voz a mis pensamien­tos-. Es agradable. Tú eres agradable, no como los otros. ¿Has intentado alguna vez mantener una conversación con alguno de ellos?
-No, en absoluto.
-No te estás perdiendo nada, que es a donde yo voy. ¿No disfrutaría Riley de un nivel de vida un poco más alto si se rodease de vampiros decentes? Si se supone que hemos de protegerla a ella, ¿no debería él buscárse­los listos?
-Así que Riley no necesita cerebros -razoné-. Nece­sita cantidad.
Diego frunció los labios al valorarlo.
-Si se tratase de ajedrez, no estaría creando alfiles y caballos.
-No somos más que peones -caí en la cuenta.
Nos quedamos mirándonos el uno al otro durante un minuto eterno.
-Yo no quiero pensar eso -afirmó Diego.
-¿Qué hacemos entonces? -le pregunté, utilizando el plural de manera automática, como si ya formásemos un equipo.
Meditó sobre mi pregunta un instante, con aspec­to de estar incómodo, y lamenté aquella primera perso­na del plural. Pero entonces dijo:
-¿Qué vamos a poder hacer si no sabemos lo que está pasando?
Así que no le importaba lo del equipo, y eso me hizo sentir realmente bien, de un modo que no recordaba haberme sentido nunca.
-Supongo que mantener los ojos bien abiertos, pres­tar atención, intentar deducirlo.
Asintió.
-Tenemos que pensar en todo lo que nos haya di­cho Riley, en todo lo que ha hecho. -Hizo una pausa, pensativo-. Una vez intenté hablar con él sobre esto, pero a Riley no pudo haberle importado menos. Me dijo que me centrase en cuestiones de mayor relevan­cia, como la sed. Que por otro lado era lo único en lo que podía pensar entonces, por supuesto. Me hizo salir de caza y dejé de preocuparme...
Observé cómo pensaba en Riley. Tenía la mirada perdida mientras revivía el recuerdo, y yo tenía mis du­das. Diego era mi primer amigo en esta vida, pero yo no era el suyo.
De golpe, me volvió a sobresaltar su razonamiento.
-¿Qué hemos aprendido de Riley, entonces?
Me concentré y fui recorriendo mentalmente los tres últimos meses.
-La verdad es que no nos cuenta mucho, ya lo sabes. Sólo los fundamentos de los vampiros.
-Tenemos que escuchar con mayor atención.
Permanecimos sentados en silencio, valorando aque­llo último. Yo pensaba en lo mucho que aún ignoraba, principalmente, y en por qué no me había preocupado hasta ahora por todo lo que no sabía. Era como si hablar con Diego me hubiese aclarado las ideas. Por primera vez en tres meses, la sangre no era lo más importante.
El silencio se prolongó durante un rato. El orificio negro a través del cual yo había notado que entraba aire fresco en la cueva ya no era tan negro. Ahora era de co­lor gris oscuro y a cada segundo que pasaba se iba acla­rando de manera infinitesimal. Diego se percató de que lo observaba nerviosa.
-No te preocupes -me dijo-. En los días soleados se cuela aquí una luz muy tenue. No te hace nada -e hizo un gesto de indiferencia.
Escruté más de cerca la abertura en el suelo, donde el agua iba desapareciendo a medida que la marea bajaba.
-En serio, Bree. Ya he estado aquí abajo otras veces durante el día. Le hablé a Riley de esta cavidad y de que estaba llena de agua en su mayoría, y él dijo que era un buen sitio para cuando necesitase salir de esa casa de lo­cos. De todas formas, ¿tengo aspecto de haberme cha­muscado?
Vacilé al pensar en lo diferente que era su relación con Riley de la mía. Arqueó las cejas a la espera de una respuesta.
-No -dije finalmente-. Pero...
-Mira -me interrumpió con impaciencia. Reptó ve­loz para llegar al túnel y metió allí el brazo hasta el hom­bro-. Nada.
Asentí una vez.
-¡Tranquilízate! ¿Quieres que pruebe a ver hasta qué altura puedo llegar?
Fue metiendo la cabeza en el conducto conforme hablaba y empezó a ascender.
-No lo hagas, Diego. -Había desaparecido ya de mi vista-. Estoy tranquila, lo juro.
Se estaba riendo, y sonaba como si ya hubiese avan­zado varios metros por el túnel. Quería ir tras él, aga­rrarle del pie y tirar de él para traerlo de vuelta, pero es­taba petrificada por la ansiedad. Sería estúpido arriesgar mi vida para salvar la de un completo extraño. Pero no había tenido nada semejante a un amigo en la eterni­dad. A esas alturas ya iba a resultarme duro volver a es­tar sin nadie con quien hablar, tras una sola noche.
-No me estoy quemando1 -voceó desde arriba en tono de guasa- Espera... ¿Qué...? ¡Ah!
-¿Diego?
Atravesé la cueva de un salto e introduje la cabeza en el túnel. Su rostro estaba allí mismo, a centímetros del mío.
-¡Bu!
Retrocedí de un respingo ante su proximidad; un acto reflejo sin más, un viejo hábito.
-Muy divertido -dije con sequedad al tiempo que me apartaba y él se deslizaba de nuevo en el interior de la cueva.
-Chica, necesitas relajarte. Esto ya lo he investigado, ¿vale? La luz indirecta del sol no causa ningún daño.
-¿Me estás diciendo entonces que me puedo poner a la maravillosa sombra de un árbol sin que me pase nada?
Dudó unos instantes, como si se estuviese debatien­do entre contarme algo o no hacerlo, y entonces me di­jo en voz baja:
-Yo lo hice una vez.
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