domingo, 29 de mayo de 2011

La Segunda Vida de Bree Tanner: Parte 1

Este libro de Stephenie Meyer no viene por capitulos, asi que lo subiremos por partes.

 Parte 1

El titular del periódico me fulminaba desde una peque­ña máquina expendedora metálica: SEATTLE EN ES­TADO DE SITIO - VUELVE A ASCENDER EL NÚME­RO DE VÍCTIMAS MORTALES. Éste no lo había visto aún. Algún repartidor habría pasado a reponer la má­quina. Afortunadamente para él, no se encontraba ya por los alrededores.

Genial. Riley se iba a poner hecho una furia. Ya me aseguraría yo de no estar a su alcance cuando viese el pe­riódico y que fuera a otro a quien le arrancase el brazo.
Me hallaba de pie en la sombra que proporcionaba la esquina de un destartalado edificio de tres pisos, en un intento por pasar desapercibida mientras aguardaba a que alguien tomase una decisión. No deseaba cruzar la mirada con nadie, tenía los ojos clavados en la pared que había a mi lado. Los bajos del edificio habían alber­gado una tienda de discos cerrada hacía mucho; los cristales de las ventanas, víctimas del tiempo o de la vio­lencia callejera, habían sido sustituidos por tableros de contrachapado. En la parte alta había apartamentos, va­cíos -supuse-, dada la ausencia de los habituales soni­dos de los humanos cuando duermen. No me sorpren­dió, aquel lugar parecía que fuese a venirse abajo al primer golpe de viento. Los edificios al otro lado de la oscura y estrecha calle se hallaban en un estado igual­mente lamentable.
El escenario habitual de una salida nocturna por la ciudad.          
                                            
No quería abrir la boca y llamar la atención, pero deseaba que alguien decidiese algo. Estaba realmen­te sedienta y no me importaba mucho que fuésemos a la derecha, a la izquierda o por la azotea, lo único que quería era encontrar a algún desafortunado al que no le diese tiempo siquiera de pensar «el peor lugar, en el peor momento».
Por desgracia, Riley me había hecho salir esa noche con los dos vampiros más inútiles sobre la faz de la tie­rra; nunca parecía importarle a quién mandaba en los grupos de caza, ni tampoco se le veía particularmente molesto cuando el hecho de enviar juntos a los integran­tes equivocados suponía que un menor número de gen­te regresase a casa. Esa noche me habían encasquetado a Kevin y a un chico rubio cuyo nombre desconocía. Am­bos formaban parte del grupo de Raoul; por tanto, ni que decir tiene que eran estúpidos. Y peligrosos. Pero en aquel momento, principalmente estúpidos.
En lugar de escoger una dirección para irnos de caza, de repente se hallaban inmersos en una discusión acer­ca de qué superhéroe sería el mejor cazador de entre los favoritos de cada uno de ellos. Era el rubio sin nombre quien ahora exponía su alegato a favor de Spiderman y ascendía deslizándose por el muro de ladrillo del ca­llejón mientras tarareaba la sintonía de los dibujos ani­mados. Suspiré de frustración. ¿Llegaríamos a irnos de caza en algún momento?
A mi izquierda, un leve indicio de movimiento cap­tó mi atención. Era el otro integrante del grupo de caza enviado por Riley: Diego. No sabía mucho de él, sólo que era mayor que casi todos los demás. La «mano de­recha» de Riley, ése sería el término apropiado. Eso no hacía que él me gustase más que el resto de aquellos im­béciles.
Diego me estaba mirando. Tuvo que haber oído el suspiro. Desvié la mirada.
Mantén la cabeza baja y la boca bien cerrada: ésa era la forma de seguir vivo con la gente de Riley.
-Spiderman es un llorón fracasado -gritó Kevin al chico rubio-. Yo te enseñaré cómo caza un verdadero superhéroe -añadió con una amplia sonrisa, y sus dien­tes centellearon con el brillo de la luz de las farolas.
Kevin cayó de un salto en mitad de la calle justo cuando los faros de un coche giraban para iluminar el pavimento agrietado con un destello azul blanquecino. Abrió los brazos, flexionados hacia abajo, y a continua­ción los fue cerrando lentamente como hacen los pro­fesionales de la lucha libre para lucirse. El coche siguió avanzando, quizás en la suposición de que se quitaría de en medio de una puñetera vez como haría una per­sona normal. Como debería.
-¡Hulk se enfada! -vociferó Kevin-. ¡Y Hulk va... y MACHACA!
Dio un salto hacia delante para toparse con el coche antes de que éste pudiese frenar, lo agarró por el para­choques delantero y lo giró por encima de su cabeza de manera que golpeó boca abajo contra el pavimento en un estruendo de metal retorcido y cristales hechos añi­cos. En el interior, una mujer comenzó a gritar.
-Venga ya, tío -dijo Diego meneando la cabeza. Era guapo, con un denso y oscuro pelo rizado, ojos grandes y muy abiertos, y unos labios realmente carnosos, pero bueno, ¿quién no era guapo allí? Incluso Kevin y el res­to de los imbéciles de Raoul eran guapos-. Kevin, se su­pone que tenemos que pasar inadvertidos. Riley ha di­cho que...
-¡Riley ha dicho! -le imitó Kevin con una desagrada­ble voz de pito-. Ten agallas, Diego. Riley no está aquí ahora.
Kevin dio la vuelta al Honda de forma brusca y rom­pió de un puñetazo la ventanilla del conductor, que, no se sabe muy bien cómo, había permanecido intacta has­ta ese momento. Metió la mano a través del cristal roto y el airbag desinflado en busca de la conductora.
Le di la espalda y contuve la respiración en el mayor esfuerzo que pude hacer para conservar la capacidad de pensar.
No podía ver a Kevin alimentarse, estaba demasiado sedienta para eso y bajo ningún concepto deseaba ini­ciar una pelea con él. Tampoco me hacía ninguna falta ingresar en la lista de objetivos de Raoul.
El chico rubio no tenía los mismos problemas. Se soltó de los ladrillos de lo alto y aterrizó con suavidad a mi espalda. Oí los gruñidos que Kevin y él se dedicaban mutuamente y, a continuación, el sonido viscoso de un desgarrón al tiempo que cesaban los gritos de la mujer. Lo más probable es que la hubieran partido por la mitad.
Intenté no pensar en ello, aunque podía sentir el calor y escuchar cómo se desangraba a mi espalda y aque­llo hacía que me quemase la garganta de un modo terri­ble, por mucho que contuviese la respiración.
-Me largo de aquí -oí mascullar a Diego.
Se metió por una abertura que había entre los oscu­ros edificios y de inmediato seguí sus pasos. Si no me alejaba rápido de allí, me iba a meter en una pelea con los matones de Raoul por un cuerpo al que, de todas formas, no le podía quedar mucha sangre ya. Y enton­ces tal vez fuese yo quien no regresase a casa.
Ah, pero ¡me ardía la garganta! Apreté con fuerza los dientes para evitar un grito de dolor.
Diego atravesó veloz un callejón lateral repleto de basura y, a continuación -cuando llegamos al fondo sin salida-, prosiguió muro arriba. Fui hundiendo los de­dos en los surcos entre los ladrillos y me apresuré a se­guirle.
Una vez en la azotea, Diego se elevó en el aire y se desplazó en ligeros saltos por los tejados camino de las luces que brillaban resplandecientes en la ensenada. Me mantuve cerca. Era más joven que él, y por tanto más fuerte; estaba muy bien que los más jóvenes fuése­mos los más fuertes, de otro modo no habríamos sobre­vivido a nuestra primera semana en la casa de Riley. Po­día haberle adelantado con facilidad, pero quería ver adonde se dirigía y no deseaba tenerlo detrás de mí.
Diego no se detuvo en kilómetros; casi habíamos lle­gado a los muelles de carga. Podía percibir cómo mas­cullaba en un tono prácticamente inaudible.
-¡Idiotas! Como si Riley no nos hubiese dado ins­trucciones por un buen motivo. Instinto de superviven­cia, por ejemplo. ¿Es mucho pedir un simple ápice de sentido común?
-Eh -levanté la voz-. ¿Vamos a tardar mucho en ir de caza? Me quema la garganta.
Diego aterrizó en el alero del tejado de una enorme nave industrial y se giró. Retrocedí varios metros de un salto, en guardia, pero no realizó ningún movimiento agresivo hacia mí.
-Sí-me dijo-. Sólo quería alejarme un poco de esos pirados.
Sonrió de un modo del todo amistoso, y yo le miré fijamente.
Este tal Diego no era como los demás. Era... tranqui­lo, supongo que sería la expresión. Normal. No ahora -normal quiero decir-, sino como antes. Sus ojos eran de un rojo más oscuro que los míos. Debía de llevar una buena temporada por aquí, tal y como había oído.
Desde abajo, en la calle, llegaban los sonidos noc­turnos de los barrios más bajos de Seattle. Algún coche, música con unos graves potentes, un par de personas que caminaban a paso ligero y nervioso, el canturreo de­safinado de algún borrachuzo en la distancia.
-Eres Bree, ¿verdad? -me preguntó Diego-. Una novata.
No me gustaba eso. Novata. Qué más daba.
-Sí, soy Bree. Pero no he venido con el último gru­po. Tengo casi tres meses.
-Cuánta elegancia para tan sólo tres meses -me dijo-. No muchos habrían sido capaces de largarse así de la escena del accidente -añadió a modo de cumpli­do, como si estuviese realmente impresionado.
-No quería liarme a golpes con la panda de zumba­dos de Raoul.
Diego asintió.
-Amén, hermana. Los de su clase no traen más que problemas.
Extraño. Diego era extraño. Que sonase como una persona que mantenía una conversación normal y co­rriente, de las de antes. Sin hostilidad, sin recelos; como si no estuviese valorando lo fácil o difícil que le resul­taría matarme allí mismo. Estaba charlando conmigo, sin más.
-¿Cuánto tiempo hace que estás con Riley? -le pre­gunté con curiosidad.
-Va para los once meses ya.
-¡Vaya! Eso es más tiempo del que lleva Raoul.
Diego puso los ojos en blanco y escupió ponzoña por encima del bordillo del edificio.
-Sí, recuerdo cuando Riley trajo a esa basura. Las cosas no han dejado de empeorar desde entonces.
Permanecí en silencio por un instante, peguntándome si consideraría una basura a todo aquel que fue­se más joven que él. No es que me importase. Ya no me preocupaba lo que pensara nadie. No tenía por qué. Tal y como dijo Riley, ahora era un dios. Más fuerte, más rá­pida, mejor. No contaba nadie más.
Entonces Diego susurró un silbido.
-Allá vamos. Sólo se requiere un poco de cerebro y de paciencia -dijo y señaló hacia abajo, al otro lado de la calle.
Medio escondido a la vuelta de la esquina de un ca­llejón oscuro, un hombre insultaba y abofeteaba a una mujer mientras que otra observaba en silencio. Por su vestimenta supuse que se trataba de un chulo y dos de sus empleadas.
Eso era lo que Riley nos había dicho que hiciéra­mos: que cazásemos de entre la escoria, que cayésemos sobre los humanos a los que nadie iba a echar en falta,
Quienes no se dirigían de vuelta a un hogar donde los aguardaba una familia, aquellos cuya desaparición no fuera a ser denunciada.
Era el mismo modo en que él nos eligió a nosotros: alimento y dioses, ambos procedentes de la escoria.
A diferencia de algunos otros, yo seguía haciendo lo que Riley me había dicho. No porque él me gusta­se. Aquel sentimiento había desaparecido mucho tiem­po atrás. Era porque sus indicaciones sonaban lógicas. ¿Qué sentido tenía llamar la atención sobre el hecho de que una panda de vampiros novatos reclamase Seat-tle para sí como coto de caza? ¿Cómo iba a servimos de ayuda tal cosa?
Yo ni siquiera creía en vampiros antes de serlo, de manera que, si en el resto del mundo tampoco se creía en vampiros, el resto de los vampiros debía de estar ca­zando con inteligencia, al modo en que Riley nos ha­bía indicado. Es probable que tuviesen sus buenas ra­zones.
Y como había dicho Diego, para cazar con inteligen­cia bastaba con un poco de cerebro y con ser paciente.
Por supuesto que todos nosotros metíamos mucho la pata, y Riley nos leía la cartilla, se quejaba, nos grita­ba y rompía cosas como la consola de videojuegos favo­rita de Raoul, por ejemplo. Entonces Raoul se ponía he­cho una fiera, se llevaba a alguien aparte y le prendía fuego. A continuación, Riley se mosqueaba y hacía una búsqueda para confiscar todos los mecheros y las ceri­llas. Unas pocas rondas de este tipo, y Riley traía a casa a otro grupo de chavales de entre el despojos, conver­tidos en vampiros para sustituir a los que había perdido. Era un ciclo interminable.
Diego tomó aire por la nariz una larga inhalación, grande-y vi cambiar su cuerpo. Se agazapó sobre el te­jado con una mano asida al alero. Toda aquella mis­teriosa simpatía había desaparecido y ahora era un ca­zador.
Eso era algo que yo reconocía, algo con lo que me sentía cómoda porque lo entendía.
Desconecté el cerebro. Era el momento de cazar. Respiré profundamente y atraje el aroma de la sangre del interior de los humanos de allá abajo. No eran los únicos que había en la zona, pero sí los que se encontra­ban más próximos. A quién ibas a dar caza era el tipo de decisión que tenías que tomar antes de olfatear a tu pre­sa. Ahora era ya demasiado tarde para escoger nada.
Diego se dejó caer desde el borde sin ser visto. El so­nido de su aterrizaje fue demasiado contenido como para llamar la atención de la prostituta que gritaba, de la que estaba como ausente o del iracundo chulo.
Un gruñido soterrado se escapó de entre mis dien­tes. Mía. La sangre era mía. El ardor se avivaba en mi gar­ganta y no era capaz de pensar en otra cosa.
Me lancé desde el tejado para llegar al otro lado de la calle, de manera que aterricé junto a la rubia que llo­riqueaba. Pude sentir a Diego muy cerca, detrás de mí, así que le lancé un gruñido de aviso al tiempo que aga­rraba a la sorprendida chica por el pelo. Me la llevé a tirones hacia la pared del callejón para apoyar allí mi espalda. A la defensiva, por si acaso.
Entonces me olvidé por completo de Diego, porque podía sentir el calor bajo la dermis de la chica, oír el so­nido de su pulso que martillaba a flor de piel.
Abrió la boca para gritar, pero mis dientes le destrozaron  la tráquea antes de que pudiese emitir sonido algu­no. Tan sólo el gorgoteo del aire y la sangre en sus pulmo­nes y los leves gemidos que no fui capaz de controlar.
La sangre era cálida y dulce, sofocó la quemazón en mi garganta, aplacó el acuciante vacío que me irritaba el estómago. Absorbí y tragué, con la sola vaga concien­cia de cualquier otra cosa.
Oí el mismo sonido procedente de Diego, que esta­ba con el hombre. La otra mujer se encontraba incons­ciente en el suelo. Ninguno había hecho ruido, Diego era bueno.
El problema con los humanos era que nunca había en ellos la suficiente sangre. Apenas me pareció que hu­biesen transcurrido unos segundos cuando la chica se agotó. Frustrada, sacudí su malogrado cuerpo. La gar­ganta ya comenzaba a arderme de nuevo.
Lancé el cadáver exhausto al suelo y me encorvé contra el muro; me preguntaba si sería capaz de agarrar a la chica inconsciente y largarme con ella antes de que Diego pudiese echarme el guante.
El ya había terminado con el hombre. Me miró con una expresión que sólo podría describir como... com­pasiva. Pero también me podía estar equivocando de plano. No conseguía recordar que nadie hubiese senti­do jamás compasión por mí, de manera que no estaba muy segura de la apariencia que tenía.
-Adelante -me dijo con un gesto de asentimiento en dirección al cuerpo tullido de la chica, tendida en el asfalto.
-¿Me estás tomando el pelo?
-Qué va, yo estoy bien por ahora. Tenemos tiempo de cazar alguno más esta noche.
Sin dejar de observarle con atención en busca de al­guna señal de que se tratase de una trampa, salí dispara­da y enganché a la chica. Diego no movió un dedo para detenerme. Se volvió ligeramente y elevó la mirada al cielo negro.
Hundí los dientes en el cuello de la chica sin quitar­le ojo a él. Esta fue aún mejor que la anterior. Su sangre estaba del todo limpia. La de la rubia dejaba el amargo regusto que acompaña a las drogas; tan acostumbra­da estaba yo a aquello que apenas me había percatado. Me resultaba raro conseguir sangre verdaderamente lim­pia, ya que me atenía a la norma de los bajos fondos, y Diego parecía seguir también las reglas: tuvo que haber percibido el olor de lo que me estaba cediendo.
¿Por qué lo había hecho?
Sentí mejor la garganta cuando el segundo cuerpo se quedó vacío. Había una gran cantidad de sangre en mi organismo. Era probable que no me volviese a que­mar de verdad en unos pocos días.
Diego aún aguardaba; susurraba un silbido entre dientes. Cuando dejé caer el cuerpo al suelo con un gol­pe seco, se volvió hacia mí y me sonrió.
-Mmm, gracias -le dije.
El asintió.
-Tenías pinta de necesitarlo más que yo. Recuerdo lo duro que resulta al principio. -¿Se vuelve más fácil? Se encogió de hombros.
-En ciertos aspectos. -Nos quedamos mirándonos el uno al otro durante un segundo-. ¿Qué te parece si nos deshacemos de estos cuerpos en la ensenada? -su­girió. Me incliné hacia delante, agarré a la rubia muerta y me eché su cadáver al hombro. Estaba a punto de ir has­ta la otra, pero Diego ya se encontraba allí, cargado con el chulo a la espalda.
-Ya la tengo -me dijo.
Le seguí muro del callejón arriba y, a continuación, nos desplazamos por las vigas bajo la autopista. Las lu­ces de los coches que cruzaban más abajo no nos alcan­zaban. Pensé en lo estúpida que era la gente, cuan aje­na vivía, y me alegré de no formar parte del grupo de los ignorantes.
Ocultos en la oscuridad, hicimos nuestro recorrido hasta un muelle vacío, cerrado durante la noche. Diego no vaciló un instante al llegar al final del hormigón, fue directo a saltar por encima del bordillo con su corpulen­ta carga y desapareció en el agua. Me zambullí tras él.
Nadó con la elegancia y la velocidad de un tiburón, cada vez más lejos y más profundo en la total oscuridad de la ensenada. Se detuvo de forma repentina cuando encontró lo que estaba buscando: una roca gigantesca cubierta de limo en el lecho del océano, con estrellas de mar y basura que colgaba de los costados. Debíamos de es­tar a más de treinta metros de profundidad, y aquí un humano se encontraría en la oscuridad más absoluta. Diego soltó sus cadáveres, que se bambolearon con par­simonia junto a él, al son de la corriente, mientras es­carbaba con la mano en la arena asquerosa de la base de la roca. Un instante después, halló donde agarrarse y arrancó la roca del lugar en el que descansaba. El peso de la mole hizo que se hundiese hasta la cintura en el oscuro fondo marino.
Levantó la vista y me hizo un gesto con la cabeza.
Descendí nadando hasta él y enganché con una mano sus cadáveres por el camino. Metí a la rubia de un empujón en el negro agujero bajo la roca, después em­pujé a la otra chica y, tras ella, metí al chulo. Les di unos ligeros toques con los pies para asegurarme de que es­taban bien adentro y me quité de en medio. Diego de­jó caer la roca, que se tambaleó un poco al ajustarse al nuevo desnivel de su asiento. Luego se liberó a coces de la mugre del fondo, nadó hasta la parte superior de la roca y la empujo hacia abajo con el objeto de allanar las irregularidades sobre las que se apoyaba.
Retrocedió a nado unos pocos metros para observar su obra.
«Perfecto», articulé moviendo los labios. Aquellos tres cuerpos nunca reflotarían. Riley jamás se enteraría de su historia a través de las noticias.
Diego sonrió y sostuvo la mano en alto. Me costó un minuto comprender que esperaba a que se la chocase. Nadé hacia él sin saber a qué atenerme, choqué la pal­ma de mi mano contra la suya y me alejé a golpes de pierna para poner algo de distancia entre nosotros.
El rostro de Diego adoptó una expresión rara, y se dirigió como un tiro hacia la superficie. Arranqué dis­parada detrás de él, confusa. Cuando salí a cielo abier­to, él casi se estaba ahogando de la risa.
-¿Qué?
No pudo responderme al menos durante un minu­to. Por fin, me soltó:
-El peor «choca esos cinco» de la historia. Irritada, le dije con desdén:
-No podía estar segura de que no me fueses a arran­car el brazo o algo así.
Diego resopló. -Yo no haría eso.
-Cualquier otro sí lo haría -contesté.
-Eso es cierto -reconoció, repentinamente no tan divertido-. ¿Te hace un poco más de caza?
-¿Es que hace falta que lo preguntes?
Salimos del agua debajo de un puente y tuvimos la fortuna de toparnos con dos mendigos que dormían en unos sacos viejos y asquerosos sobre un colchón de pe­riódicos que compartían. Ninguno de los dos se desper­tó. Su sangre estaba agriada por el alcohol, pero seguía siendo mejor que nada. También los enterramos en la ensenada, debajo de otra roca diferente.
-Bueno, me he saciado para unas semanas -dijo Diego cuando volvimos a salir del agua y chorreábamos al final de otro muelle vacío.
Suspiré.
-Me imagino que esa parte es la más fácil, ¿verdad? En un par de días volveré a sentir que me quemo y pro­bablemente Riley me hará salir de nuevo con más de esos monstruos de Raoul.
-Yo puedo ir contigo, si quieres. Riley me deja hacer bastante lo que quiero.
Medité sobre la oferta, recelosa por un instante, pero Diego no se parecía de verdad a ninguno de los otros. Con él me sentía distinta, como si no tuviese tan­ta necesidad de guardarme las espaldas.
-Eso me gustaría -admití.
Decir aquello me hizo sentir incómoda. Demasiado vulnerable o algo por el estilo.
Pero Diego apenas respondió con un «vale» y me sonrió.
-¿Y cómo es que Riley te deja la correa tan suelta? -le pregunté con la mente puesta en la relación que ha­bría entre ellos.
Cuanto más tiempo pasaba con Diego, más difícil me resultaba imaginármelo como íntimo de Riley. Die­go era tan... agradable. Nada que ver con Riley, aunque quizá fuese uno de esos rollos de la atracción de los po­los opuestos.
-Riley sabe que puede confiar en que yo me encar­go de arreglar mis líos. Y ahora que hablamos de esto, ¿te importa si hacemos un recado rápido?
Este chico tan extraño estaba empezando a entrete­nerme. Despertaba mi curiosidad. Quería ver qué iba a hacer.
-Claro -dije.
Atravesó el muelle en dirección a la carretera que recorría el puerto. Y yo fui detrás. Percibí el olor de algu­nos humanos, pero sabía que estaba muy oscuro y que éramos demasiado rápidos para que pudiesen vernos.
Escogió de nuevo ir por los tejados y, tras unos po­cos saltos, reconocí nuestros olores. Estaba desandando nuestro anterior recorrido.
Y entonces nos hallamos de vuelta en aquel primer callejón, donde Kevin y el otro chico se habían puesto a hacer el imbécil con el coche.
-Increíble -gruñó Diego.
Cuadro de texto:
Al parecer, Kevin y compañía acababan de marchar­se. Otros dos coches estaban apilados sobre el techo del primero, y unos cuantos observadores se habían añadi­do a la lista de víctimas. La policía aún no había llegado, tal vez porque cualquiera que hubiese podido informar de aquel caos ya estaba muerto.

-¿Me ayudas a arreglar esto? -preguntó Diego.
-Vale. Nos dejamos caer y de inmediato Diego lanzó los coches en una disposición diferente, para que en cierto modo pareciese que habían chocado los unos contra  los otros en lugar de haber sido apilados por un bebé gigante enrabietado. Yo agarré los cuerpos sin vida aban­donados sobre el pavimento y los embutí en el lugar del supuesto impacto.
-Un golpe muy feo -comenté.
Diego sonrió. Extrajo un mechero de una bolsa de plástico con cierre a presión que llevaba en el bolsillo y comenzó a prender fuego a la ropa de las víctimas. Yo tomé el mío -Riley los repartía de nuevo cuando íba­mos de caza; de hecho, Kevin debió de haber usado el suyo- y me puse con la tapicería. Los cadáveres, secos e impregnados de ponzoña inflamable, prendieron con mucha rapidez.
-Atrás -me advirtió Diego, y vi que había dejado abierta la trampilla de la gasolina del primer coche y ha­bía desenroscado el tapón del depósito.
Ascendí de un salto la pared más cercana y me apos­té un piso por encima para observar. Retrocedieron unos pasos y encendió una cerilla. Con una puntería perfec­ta, la introdujo por el pequeño orificio. En el mismo instante, dio un salto para situarse a mi lado.
El estruendo de la explosión sacudió toda la calle y comenzaron a encenderse luces a la vuelta de la es­quina.
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