sábado, 12 de septiembre de 2009

Muérdeme, Muérdeme mucho???!!!!!!!!!

Basada en la primera entrega de una serie de novelas exitosas, autoría de una ama de casa mormona, Crepúsculo resulta una película valiosa por más de un motivo.  La mayor filiación con su original literario queda evidenciada (más allá del gigantesco aparato publicitario) en la voz en off de Bella, su protagonista.  Lejos de ser un defecto, una sobre-explicación de la imagen, su voz permite intensificar lo mejor del relato: la aproximación al mundo adolescente.  Visto desde una perspectiva muy original, de más está decir: el enamoramiento de la joven, pero de un vampiro...
La muchacha decide irse a vivir un tiempo con su padre, al pequeño pueblo de Forks.  La relación con su entorno es un tanto apática al comienzo.  La realizadora Catherine Hardwicke se toma el tiempo necesario para hacer una pintura de las relaciones sociales a través de la cotidianidad de los compañeros de la secundaria y la forma en la que se perciben los unos a los otros.  Por fortuna, el guión no apela a maniqueísmos, si bien los jóvenes se agrupan en torno a gustos y afinidades, como es de suponer en cualquier grupo adolescente.  Los más “señalados” son los hermanos Cullen, pálidos y recluidos en sí mismos.  Lo que nadie sabe (más allá de que circule alguna que otra leyenda) es que son integrantes de una estirpe de vampiros que no mata a humanos, bien distinta a la de los vampiros “malos”, mucho menos amables con aquellos.
El resto del film sigue los convencionalismos de un romance, con las particularidades del caso, obviamente.  Aquí el mayor conflicto pasa por saber si Edward Cullen se abstendrá de beber la sangre de su enamorada. 
Hardwicke se instala en la intimidad de la pareja con una estética que podríamos denominar cool: ralentis, acordes de guitarra eléctrica y una fotografía casi publicitaria.  Si bien son procedimientos altamente artificiales, singularizan el encuentro entre ambos, y gracias a la versatilidad de los intérpretes (en especial de Kristen Stewart) confluyen en un romance verosímil e intenso.
En sintonía con Entrevista con el vampiro (pero sin el homoerotismo que la recorría), el film está teñido de una melancolía en estado puro.  Melancolía por la imposibilidad natural de amar, pero por sobre todo por cuestiones generacionales y de raza.  Ese costado más “social” no se resiente con el intimismo del film.  Por el contrario, se nutre del mismo y viceversa. 
Crepúsculo es, finalmente, una película de diseño, con un casting riguroso y un guión un tanto previsible.  Pero el resultado final deja puntos a favor tanto en la puesta como en las actuaciones.
Fuente: EC

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